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Domingo, 1 de septiembre de 2013

BUENOS AIRES TURISMO RURAL Y TERMAL EN CARHUé-EPECUéN

Lo que el agua se llevó

Un centro termal histórico, un balneario que conoció el destino trágico de ser literalmente devorado por las aguas durante una inundación que duró dos décadas, un mundo fantasmal revelado tras el paso de las aguas y un circuito por los años de la Campaña del Desierto que toca la ruta del arquitecto Salamone.

 Por Graciela Cutuli

El lago Epecuén es un liso espejo que reverbera todos los tonos celestes del cielo. Al mismo tiempo, luce salpicado por decenas y decenas de manchitas rosadas: son grupos de flamencos, que forman una de las mayores colonias conocidas de esas aves. Es un verdadero paisaje de ensueño, escondido en un rincón alejado de las inmensas pampas, cerca del límite entre las provincias de Buenos Aires y de La Pampa, no muy lejos de donde las sierras de Pigüé se sumergen poco a poco en la tierra para desaparecer. Pero hay que recorrer este paisaje de postal junto con un lugareño para tomar conciencia de la tragedia que ocurrió allí mismo el 10 de noviembre de 1985, el día en que las aguas de este lago –que eran conocidas en todo el país por sus dotes curativas– se transformaron en una trampa siniestra. El lago, que había dado todo, ese día también se llevó todo de vuelta. Una fecha que marcará para siempre un antes y un después en la vida de esta tranquila comunidad rural, que recién ahora está logrando volver a hacer planes y creer en el futuro, porque las aguas poco a poco bajaron y dejaron de ser una amenaza presente a cada instante.

El agua dio, el agua quitó. Gastón Partarrieu es un hombre alto y fuerte que parece poder hacer frente a cualquier adversidad. Pero ni él ni los demás pudieron hacer nada frente a las aguas aquel día de noviembre. Casi veinte años más tarde, es el historiador de la comunidad, edita una revista y es el director del Museo de Carhué: en otras palabras, es la memoria de todo el pueblo y de la comarca. Por su trabajo en el Museo y como editor de la revista histórica Sin olvido, no deja de volver sobre ese día una y otra vez. “Las aguas rompieron un pequeño dique de contención e invadieron el balneario de Villa Lago Epecuén mientras todos se preparaban para una nueva temporada de verano. Hay que recordar que en los años ’60 y ’70 era el segundo destino turístico más importante de la provincia luego de Mar del Plata. Aquí vivían unas mil personas, pero había más de 5000 plazas entre hoteles, casas de huéspedes y departamentos. La villa trabajaba sólo unos meses al año, entre diciembre y marzo, pero de manera muy intensa.” En lugar de las risas, de zambullidas, de gritos, de música y de la alegría que acompañan durante el verano a cualquier centro de vacaciones, se abatió una chapa de silencio y de aguas barrosas.

Gastón sigue contando. “A principio del siglo XX, Carhué fue el primer pueblo de la laguna en convertirse en un centro de turismo. Las aguas no son termales pero sí mineralizadas y muy saladas. Los especialistas comparan nuestro lago con el Mar Muerto de Israel, y el lago era conocido por sus virtudes curativas de enfermedades de la piel y reumatismos mucho antes de la llegada de los primeros colonos a la zona. Los tehuelches, que fueron los habitantes originarios de nuestra región, ya aprovechaban sus aguas.”

Carhué quiere decir “lugar verde” y era una zona muy transitada por estos grupos nómades que aprovechaban el agua de las lagunas encadenadas para abastecerse y cazar los animales que vivían en los alrededores del espejo de agua. Con frecuencia se encuentran piedras talladas para boleadoras, como las que se exhiben en el Museo Dr. Adolfo Alsina. Y a pesar del significado del nombre, no se puede dejar de pensar en una tragedia de dimensiones bíblicas: de algún modo, allí la mujer de Lot es recordada en decenas y decenas de troncos de eucaliptos blanqueados por los veinte años que pasaron bajo las aguas saladas del lago.

Mientras tanto, Gastón Partarrieu nos trae de vuelta a la historia del balneario, cuando Carhué empezó a hacerse conocido, allá por los años ’20, luego de la llegada del tren. “En aquellos tiempos se llevaba a los turistas y los curistas hasta el agua a lomo de mula, hasta que unos emprendedores armaron las primeras construcciones en lo que se convirtió en el balneario de Epecuén, a orillas mismas del lago. En muy poco años, esta nueva villa vivió un verdadero boom, con su propia estación de ferrocarril, y en los años ’50 ya no quedaba ningún hotel en Carhué. Todo el turismo se concentró en el balneario, mientras el pueblo se concentraba en sus actividades agropecuarias y un par de fábricas. Pero las aguas que le dieron todo a Epecuén le quitaron todo aquel funesto día de 1985...”

Escalera a la nada: al bajar las aguas, quedaron al aire libre las ruinas de Villa Lago Epecuén.

ATLANTIDA DE LA PAMPA Hoy día el balneario –o mejor dicho lo que queda de él– es un sitio histórico. Desde hace un par de años, el lago vive un nuevo proceso de contracción y sus aguas están bajando, ya retiradas de la mayor parte de lo que era Villa Lago Epecuén. La avenida Colón, que era la principal, ya está totalmente transitable de nuevo, bordeada por manzanas de escombros, como si hubiera sido el escenario de una guerra. Las mañanas de invierno, cuando la niebla de las aguas del lago lo cubre todo, la visión es aún más apocalíptica. Parece una batalla perdida contra el agua, ese enemigo invencible.

Podría ser Sarajevo, Bagdad o alguna de esas ciudades cuyos escombros ocuparon tanto tiempo los noticieros de la televisión. Y podrían ser también las ruinas de Ys, de Lyonesse o de Atlantis, las míticas ciudades sumergidas. A diferencia de aquéllas, que permanecieron para siempre bajo el mar de las leyendas, Villa Epecuén volvió a surgir de las aguas. Y Gastón cuenta, en medio de la avenida Colón: “Acá estaba el Parque Hotel, que tenía más de cien habitaciones. Y acá el Monte Real, uno de los más modernos, construido sólo algunos años antes de la inundación”. Es la única construcción que quedó de pie; último construido y último en mantenerse.

Pero éstos son sólo algunos de las decenas de hoteles que había en la villa. Gastón Partarrieu muestra una pequeña pared de ladrillo delante de la puerta: “Los dueños pensaron que se podía frenar el agua de esta manera y que no subiría más que unos centímetros. Nadie podía prever que pasaría lo que pasó... fue una tragedia en dos tiempos. Primero el dique de contención fue sobrepasado por la crecida, y un tiempo después se rompió otro dique de la laguna de Guaminí, y fue cuando las aguas llegaron hasta el segundo piso de las casas”.

Para entender mejor cómo funciona el sistema hidráulico de las Encadenadas, en el Museo de Epecuén –instalado en la ex estación de ferrocarril, que fue uno de los pocos edificios salvados de las aguas– hay un mapa y una lámina explicativa. En el mismo Museo se ve una muestra de fotos con el antes y el después. El contraste es aterrador. Como son aterradores los objetos rescatados de los escombros hace apenas unos años, cuando empezaron a retirarse las aguas: un tocadiscos, fragmentos de un plato, ropa de lana de una tienda. Todo está a la vez gastado por el tiempo pasado por el agua y carcomido por el sulfato de potasio.

La visita de las ruinas de la villa y del museo puede tardar un par de horas, si uno quiere realmente compenetrarse con lo que representó esta tragedia y recorrer las calles con tiempo de reflexión y observación. Como en los terremotos, los marcos de madera de las puertas y ventanas son los que mejor aguantaron y siguen de pie, coronando paredes derruidas y veredas de escombros.

Luego el camino lleva de vuelta a Carhué, donde la vida siguió su curso –aunque bajo la amenaza de las aguas durante muchos años– y donde el turismo empieza lentamente a recuperar el terreno que tenía en los años ’20 y ’30, antes de pasarse a Villa Lago Epecuén. Se deja atrás la Atlantis de las pampas, envuelta en su manto de niebla invernal. Escondida a orillas del lago cuyas aguas empezarán a reflejar el azul del cielo solamente luego del mediodía.

Los trancos blanqueados de los eucaliptos sobresalen de la inundación, en un paisaje fantasmal.

SALAMONE EN CARHUE Las franjas blancas en sus orillas parecen nieve desde el borde del camino. Pero en realidad son gruesos cristales de sulfato de potasio. Como sal gruesa. Partarrieu advierte sin embargo: “No hay que confundirse, no es sal apta para el consumo. Algunos vecinos pagaron el aprendizaje, hace algunos meses, con grandes dolores: hicieron un asado al borde del lago y le tiraron estos cristales encima. Terminaron todos con intoxicación. Este sulfato se extraía antes de la inundación desde una planta; es un componente de productos de limpieza y productos antisépticos. También se mandaba a curtiembres y a fábricas de vidrio”.

La pequeña planta está en ruinas. Tampoco se pudo salvar de la crecida del lago, aunque sus viejas instalaciones se visitan en el marco de una caminata interpretativa con Viviana Castro, que organiza avistajes de flamencos desde Carhué. La reaparición de “playas” de sulfato es algo nuevo: con la crecida de la laguna, el aporte de aguas dulces fue tal que las aguas saladas históricas quedaron como diluidas. Ahora que las aguas bajaron la salinidad volvió a ser la que era antes. Y aunque las aguas fueron menos saladas durante muchos años, lo fueron lo suficiente como para dejar una capa blancuzca sobre las ruinas que cubrieron, conservando también los troncos de los árboles sumergidos, que forman ahora bosques que parecen pintados de blanco para una extraña propaganda de una marca de pintura.

Así es el camino entre Villa Epecuén y Carhué, algunos kilómetros que pasan por lo que eran antes zonas de parrillas, terrenos de camping y el parque del Castillo de la Princesita, que ya no existe: hay que quedarse con las fotos del Museo de Epecuén o de Carhué para ver su silueta medieval, sus torreones y sus ventanas góticas. La princesa era una francesa, Ernestine Allaire, que se había casado con un aristócrata polaco y vivía en este lugar digno del nombre de castillo.

No muy lejos, otro palacio tuvo mejor suerte y quedó en pie. Es el matadero municipal, cuya estructura resistió, pero tuvo que ser abandonado durante la inundación. Comenta el guía que se trata de un verdadero palacio en su estilo: es una de las obras del arquitecto italiano Francisco Salamone, que realizó en los años ’40 muchas construcciones públicas en la provincia de Buenos Aires, hoy consideradas como obras maestras de la arquitectura de aquella época, inspirada a la vez en el modernismo y el art déco. “En aquellos años, los gobiernos locales se habían lanzado a un plan de construcción de edificios que representaban sus funciones: palacios municipales donde ejercían su administración, puertas de cementerios y mataderos, ya que la sanidad alimentaria fue una de las grandes prioridades de aquellos tiempos. En Carhué tenemos dos construcciones de Salamone. El Palacio Municipal, que es una verdadera obra maestra y cuya torre es la más alta construida por el arquitecto, y este matadero, que estaba a mitad de camino entre las dos aglomeraciones y hoy se encuentra en medio de campos recientemente recuperados de la inundación.”

Al verlo no cabe menos que desear que un día se pueda recuperar del todo para devolverle el brillo de la construcción original, aunque sea para preservar una de las construcciones de este singular arquitecto que desde hace unos años volvió a suscitar interés y cuyas obras están en proceso de restauración en varias localidades de la provincia.

La torre del Palacio Municipal de Carhué, levantada en 1938 por Francisco Salamone.

SALVADA DE LAS AGUAS El Palacio Municipal es el gran orgullo de Carhué. El director del Museo lo ubica en el contexto de la época de su inauguración, en el año 1938: “Cincuenta años antes, el pueblo era todavía un caserío en torno de un fuerte militar sobre la Zanja de Alsina. El progreso en aquellos pocos años fue impresionante, gracias a la llegada de colonos europeos, el ferrocarril y luego una construcción del tamaño y la osadía de este palacio”. Si bien hoy la fachada pide a gritos una restauración y una pintada, no hay que dejar de pasar sus puertas para asombrarse de su interior, tan monumental como el exterior. Desde las lámparas en el cielorraso hasta las escaleras y las barandas, todo fue diseñado por Salamone, que dejaba así construcciones “llave en mano” –por usar una expresión de hoy– a los municipios de entonces.

El circuito de visitas en el pueblo sigue luego por la plaza frente al municipio, donde está el eucalipto fundacional (un árbol referenciado con un cartel que sirve de terreno de juego desde 1877 a bandadas de loros), la iglesia parroquial y el Monumento al General Levalle, el fundador del fuerte que dio nacimiento a la ciudad cuando era comandante de la frontera del sur de la provincia.

La torre del palacio municipal y el campanario de la iglesia, que tienen casi la misma altura, se destacan con sus fachadas iluminadas al atardecer. Con un poco de suerte, si la tarde ha sido linda el sol colorea de rojo todo el cielo detrás de ambos monumentos, para formar una foto perfecta. Es el momento en el que Carhué sale de su habitual tranquilidad para tener cierto movimiento en los amplios bulevares de su centro. Los turistas que vienen para aprovechar los spa y las piletas termales de los hoteles cruzan a los lugareños, que se reacostumbran poco a poco a recibir una afluencia continua de visitantes.

Partarrieu explica que “las aguas del lago tienen muchas propiedades minerales pero no son termales. Son llevadas en camión hasta los hoteles y el camping del ACA y calentadas en grandes calderas para las piletas y los circuitos de agua de los spa. Ya son varios los hoteles que abrieron desde 1985 y cada año mejoran su oferta. Carhué está volviendo a ocupar poco a poco el lugar que tenía antes de ser desplazada por la villa balnearia de Epecuén”.

La ciudad es buen destino sobre todo para fines de semana largos o estadías destinadas a aprovechar los spa y las piletas (o el lago directamente en verano), pero hay bastante más para ver y hacer en toda la comarca. En Carhué mismo está el Museo Alsina para visitar, y la casa de la última fortinera, transformada en museo, que abre los fines de semana. Es una sencilla construcción de ladrillo, donde vivió Domiciana Correa de Contreras con sus 19 hijos y su marido, que había sido uno los soldados de Lavalle, en el fuerte de Carhué.

Las fortineras seguían a sus maridos y se instalaban en sencillas casitas en torno de los fuertes. En las dos piezas de la casa se ven algunas fotos de la fortinera, que vivió más de cien años, y algunos objetos de la vida cotidiana de principios de siglo XX. Además de las visitas a las ruinas de Epecuén, se organizan salidas de avistajes a la colonia de flamencos (estimada como la tercera en importancia del continente) en torno del lago y a un bosque de caldenes. En el camino se puede ver un Cristo, rumbo al cementerio de Carhué (que también fue sumergido por el lago durante varios años): también ésta es una obra de Salamone. En pocos años, el pueblo contará también con un centro recreativo con piletas de aguas termales de varias temperaturas y piscinas recreativas. La idea es devolverle el esplendor que tenía en las revistas de los años ’20, cuando podía competir con Mar del Plata o con las Termas de Río Hondo. Las aguas bajaron, y ya no son una amenaza sino una promesa.

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La puesta de sol le pone romanticismo al lago Epecuén, donde se puede hacer avistaje de flamencos.
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