turismo

Domingo, 31 de agosto de 2014

CORRIENTES EL BALNEARIO DE EMPEDRADO

Tierras prometidas del Paraná

A media hora de la capital correntina, en uno de los lugares donde el verano hace furor por sus playas y paradores, además de sus eventos deportivos, artísticos y sociales, una historia invernal renace cada año. ¿Qué fue la Mansión de Invierno?

 Por Pablo Donadio

Fotos de María Clara Martínez

Llegamos de noche. El cartel verde y luminoso de Empedrado es, para los que viajamos por la RN12 a Corrientes el peldaño anterior a la capital y un buen augurio de cercanía. No será un problema encontrar hospedaje, ya que desde hace unos cuantos años la ciudad se ha convertido para los correntinos en el balneario de moda, tanto para los jóvenes como para las familias que llegan a aprovechar sus playas de finas y doradas arenas. Hay varias razones para esta afluencia. Una es la cercanía, ya que Empedrado se ubica a 60 kilómetros de la capital provincial, pero también su particular microclima y la belleza de las barrancas, que se desgranan hacia el río, enmarcando y por momentos encañonando el imponente cauce, para formar luego pacíficos arenales. Por esa zona agreste, rica en flora y fauna autóctonas, paseamos en las primeras horas del día siguiente. Disfrutamos de las imágenes de su puerto, su gran centro pesquero, de la peatonal y los muchos paradores, restaurantes y prestadores que invitan a deportes náuticos como el windsurf, el canotaje y la vela. Pero el viaje cambia rotundamente tras encontrar, casi por casualidad, al cineasta Sebastián Toba. El nos introduce en una historia apasionante que navega aquí entre las sombras y el olvido: la Mansión de Invierno. En minutos, salimos con él al encuentro de un antiguo misterio local.

SUEÑOS DE PODER El río se torna profundo al entrar en Empedrado y talla barrancas sobre las que la ciudad se asienta hasta 64 metros por encima del cauce. Enfrentamos el oleaje cortando el río hasta la “puerta trasera” de una antigua residencia, cuyos restos de paredes desmoronadas yacen en plena costa carcomidos por una corriente erosiva, mientras arriba el monte todo lo devora. Es casi imposible llegar allí por tierra, y al ser una propiedad privada hay que pedir autorización, pero los dueños y caseros nunca están. “Yo me quedo aquí”, dice sin más uno de los lugareños, temeroso de los muchos mitos y leyendas que habitan estas ruinas, mientras amarra la lancha a un tronco.

Las viejas escalinatas de la Mansión de Invierno, hoy devoradas por la vegetación.

Caminamos por la orilla, en silencio, subimos un barranco y vemos ya el esqueleto desvencijado del edificio, una gran mole con cimientos y columnatas atravesadas por la furia de la vegetación. Dicen que a fines del siglo XIX el pueblo de Empedrado comenzó a ser concurrido merced a sus atractivos paisajes, y poco a poco se conformó como el balneario de la élite correntina, y después, porteña y europea. Una élite que dejaba de lado Asunción del Paraguay y llegaba hasta aquí en barcos de vapor remontando el Paraná. Para los primeros años del 1900 el país era el granero del Viejo Mundo, y las divisas abultadas algo corriente para las clases sociales acomodadas. Surgió entonces, bajo ese esplendor nacional, una idea atrevida, excéntrica, propia de las esferas de poder. Se iba a levantar a unos kilómetros del pueblo, específicamente donde el clima casi no variaba, una mansión descomunal que incluyera suites, salones de lectura, conferencias y bailes, marinas y muelles sobre el río, instalaciones para bañistas y casino. Y éste era apenas el punto de partida para algo aún más colosal: una microciudad selecta con policía y prefectura propias, servicio de agua corriente, usinas eléctricas y pavimento, un hipódromo, canchas de cricket, golf, tenis y fútbol, y sobre todo mucho lujo. Ocurre que la temperatura media anual en Empedrado es de 20º C, dando un atractivo subtropical en verano y templado en invierno, sumada a una altitud benéfica para el organismo y cierta lejanía de las grandes urbes: una combinación perfecta. Todo ello generó atracción desde siempre, y por eso aún se ven caserones residenciales de estilo francés desperdigados por ahí. Pero este proyecto era otra cosa, y preveía aquí la contracara invernal de la villa veraniega que los terratenientes, empresarios y políticos tenían ya en Mar del Plata. A fines de 1910 empezó una formidable edificación con cientos de técnicos y obreros, y tres años después, el 29 de junio de 1913, se inauguró un hotel de cuatro pisos con más de 380 habitaciones, dos subsuelos y un casino unido a las habitaciones por un lago pasillo cubierto de vitrales que se transformaba en invernáculo de exóticas especies vegetales. Privacidad, discreción, suntuosidad y también excesos eran parte de la oferta.

EL FINAL Políticos locales, el entonces príncipe de Gales, Sara Bernhardt (considerada por muchos la mejor actriz de la historia), el maestro itálico Eneas Verardini y hasta un maharajá árabe con harén y todo fueron parte de los concurrentes a la mansión. “La historia es inabarcable, no se puede contar en 26 minutos”, se lamenta Toba, realizador junto a un dream team de la región del documental “Mansión de Invierno se busca”, que relata la búsqueda de un hombre que intenta develar el misterio de la obra. Pero todo tiene un final y, como diría la más elemental psicología, el desencanto lleva la medida de su poderosa expectativa: a semejante empresa no podía caberle más que un sórdido olvido.

Apenas una temporada después de la apertura, estalló la Primera Guerra Mundial y el sueño quedó en la nada. “A cien años de aquello, se sigue hablando de los pocos días que funcionó, y de los lujos, placeres y misterios que permitía, albergaba y escondía”, cuentan los cineastas. “No obstante haber iniciado sus actividades bajo los mejores auspicios, la ciudad de invierno debió clausurar sus puertas antes de cumplir los tres meses de funcionamiento. Se menciona como factor desencadenante el conflicto bélico mundial, sin descartarse el revés económico experimentado por los improvisados concesionarios, inclinados más a las letras y la vida mundana que a los negocios. Poco a poco el escenario de memorables celebraciones de la sociedad porteña y la nobleza europea iba perdiéndose en medio del abandono y espesa vegetación, ante la cómplice indiferencia de los gobernantes de turno y el propio pueblo de Empedrado, cuya apatía resulta sorprendente”, señaló el historiador y escritor local Emilio Noya. Ante el quebranto financiero, sus propietarios cedieron parte de las tierras al gobierno, y años después pusieron en venta la fracción restante. Tanto la cristalería como las grandes luminarias y muebles fueron a parar al Hotel Bristol de Mar del Plata, aunque varias familias empedradeñas –como cuenta el documental– atesoran vitreaux, barandas, arañas y vajilla de la “belle époque” que la mansión supo tener. Hay un caso muy singular, el de una cocinera que dio a luz a 10 de sus 12 hijos en el entonces hotel, y a los que ella misma llama “mansioneros”. En 1943, sin saberse del todo por qué, tres compañías de Buenos Aires llegaron a demoler el edificio. Nada quedó entonces, sólo algunas crónicas e historias creíbles, o no, junto a los muros derruidos por el oleaje.

Sebastián Toba, cineasta y productor del documental sobre la Mansión de Invierno.

ALREDEDORES El avistaje de aves, los senderos de interpretación y paseos en mountain bike son algunas de las alternativas de turismo en la zona, que también guarda otros secretos. De paso por el teatro fundado en el año 1916, el camping municipal y el anfiteatro Jerónimo Merello, llegamos a Punta Mercedes, donde en 1865 se libró la batalla entre barcos de Brasil y de Paraguay, y que para no ser menos guarda también su intriga: dicen que bajo la superficie, en algún sitio, una cadena sujeta aún el casco de un barco hundido. Otros enclaves más recientes, pero no menos históricos, se relacionan de algún modo con la mansión. La iglesia Nuestro Señor Hallado, de 1825, venera la imagen de un Cristo crucificado de más de tres siglos, y aseguran que su araña central perteneció a la Mansión de Invierno. La visita final nos lleva a la vieja estación de Empedrado, parte del ramal Monte Caseros-Corrientes, perteneciente antes de la nacionalización del año 1946 al Ferrocarril Nordeste Argentino, de origen británico. Se cuenta que para la inauguración de la mansión llegaron dos automóviles Mercedes Benz (los primeros conocidos en el pueblo) que transportaban invitados desde la parada del ferrocarril directo al casino. Nos tomamos un rato final para comer antes de seguir camino, y los manjares del río, como el pacú y el dorado, llegan a la mesa junto a la chipá y la sopa paraguaya. Allí nos enteramos que hace pocos días una ordenanza municipal declaró Patrimonio Histórico Cultural la mansión, buscando acaso rescatar y proteger las ruinas y una historia que, además de apasionante, puede generar afluencia turística a una localidad que sabe hacer del misterio toda una atracciónz

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La estación de Empedrado del antiguo Ferrocarril del Nordeste Argentino.
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