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Domingo, 27 de diciembre de 2015

CHILE > MITOS Y TRAGEDIAS DE PUNTA ARENAS

La perla austral

La ciudad del extremo sur chileno fue un importante polo comercial cuya relevancia quedó atestiguada en la arquitectura. Hasta aquí llegaron, sin temor a lo desconocido, colonos, misioneros y conquistadores que dejaron sus tierras natales por el fin del mundo.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

Antes de la construcción del canal de Panamá, Punta Arenas tuvo un papel muy importante pese a su remota ubicación en el mapa. La ciudad fue por mucho tiempo ruta de paso obligado para los barcos que cruzaban del océano del Atlántico al Pacífico. Y sin embargo el gobierno chileno tenía la región abandonada: al parecer este lugar no interesaba demasiado.

Las primeras embarcaciones habían comenzado a llegar desde el otro lado del mundo en 1520 y los primeros asentamientos datan de 1584. Pero esta parte de la Patagonia cobró relevancia sólo en el siglo XIX, cuando el gobierno chileno la ocupó en forma efectiva. Por entonces el país estaba en guerra con Perú y Bolivia por Atacama, que atesoraba el salitre: fue así que la toma de posesión se demoró hasta 1843, tras una expedición gubernamental para colonizar la zona. Se estableció primero en el Fuerte Bulnes, un peñón rocoso en el bosque magallánico, lejos de lo que constituye el núcleo urbano actual. La ciudad, finalmente, fue fundada en 1848, a 55 kilómetros del fuerte: hoy allí se visitan la capilla, la cárcel, el patio de los cañones, algunas casas y caballerizas.

Desde entonces y hasta la Primera Guerra Mundial llegaron gran cantidad de inmigrantes. Algunos recibieron tierras para estimular el desarrollo local. Aquellos primeros colonos se dedicaron al comercio de pieles de lobos, a la búsqueda del oro o a la cría de ganado bovino. Este hecho marcó el inicio de la lucha con los indígenas, quen comenzaron a cazar el “guanaco blanco”, como llamaban a las ovejas, un animal introducido por los europeos y hasta el momento desconocido. Se desató así una persecución que prácticamente extinguió a las etnias locales que habitaron la zona, como los tehuelches u oanikenk, onas, yaganes y alacalufes.

Punta Arenas se convertiría, en poco tiempo, en el polo cultural, comercial, industrial y ganadero más importante de la Patagonia austral.

El mirador del Cerro de la Cruz lleva la vista hacia la ciudad y el mar que le dio prosperidad.

PASEO URBANO El recorrido comienza en lo alto del mirador del Cerro de la Cruz. El primer vistazo hacia el horizonte, dominado por un mar azul, recorre las típicas construcciones patagónicas de zinc coloridas y mezcladas con los caserones de impronta europea, ubicados sobre todo alrededor de la plaza principal Muñoz Gamero. Tal como en La Boca, los techos de las casas fueron pintados con restos de pintura de los barcos que transitaban tiempo atrás. En cuanto a la madera, dejó de utilizarse tras el incendio que afectó desde la antigua Catedral hasta el palacio de la Gobernación.

Desde el punto panorámico se destacan la torre con el reloj de la nueva Catedral y el Gran Hotel Cabo de Hornos –una de las construcciones más antiguas y recientemente remodeladas– que contrasta notoriamente con el futurismo vidriado del hotel casino Dreams, erigido cerca del puerto. Un poco más atrás descansan los cruceros que nutren de turistas a Punta Arenas, y sobre todo la muy concurrida Zona Franca, un centro comercial donde se puede adquirir todo tipo de productos libres de impuestos.

Por las calles de la ciudad se ven gran cantidad de cipreses perfectamente podados y distribuidos en hileras, como en la prolija plaza Muñoz Gamero. Allí se erige un monumento en homenaje al descubrimiento del estrecho de Magallanes, inaugurado en 1920. Es una gran estatua del mismo Hernando de Magallanes, bajo cuya figura dominante se encuentra la de un aborigen. Dice una antigua leyenda que quien besa los pies del indio vuelve a Punta Arenas.

Alrededor del monumento despliegan sus creaciones los artesanos locales. Gorros, guantes y bufandas, orejeras, pingüinos en formatos diversos, y otras chucherías locales. En el área que circunda la plaza se encuentran los palacios de algunas de las familias más tradicionales, inmigrantes como los Braun Menéndez, Montes o Blanchard, que hicieron su fortuna en base al comercio marítimo y la explotación de ganado bovino. También allí está el bellísimo teatro municipal, inspirado en el Colón de Buenos Aires; y otros edificios de la época dorada.

LOS MUSEOS El Museo Salesiano Maggiorino Borgatello es uno de los tantos que ayudan a entender la rica historia del lugar. Además de los objetos y documentos que dan cuenta del trabajo de la orden, hay artesanías y utensilios indígenas, fósiles, una sala repleta de animales representativos de la fauna local embalsamados, una recreación de la cueva de las manos, objetos personales y sorprendentes fotografías tomadas por el padre Alberto María de Agostini, incansable explorador de la región hacia comienzos del siglo XX. El misionero escaló varios de los montes y glaciares hasta el momento inexplorados, desde la Cordillera Darwin hasta las Torres del Paine, uno de cuyo picos lleva su nombre.

Entre el valiosísimo acervo se destaca la foto de un indígena ona tendido en el suelo, muerto. A su lado, un hombre blanco parado con su rifle, y más atrás otros europeos disparando al resto de los aborígenes. En estas tierras es un tema tabú la matanza de los nativos, que fueron perseguidos y cazados como animales por los europeos que llegaron para asentarse. Como el austríaco Julius Popper, establecido en busca del oro. El fue uno de los tantos que contribuyeron a borrar la historia más antigua del lugar, la de los pobladores originarios, cegado por la fiebre del oro o con intención de proteger a sus ovejas ante la amenaza de los “salvajes”, quienes no dudaban en entrar a los campos que ahora pertenecían al hombre blanco para cazar con arco y flecha.

El Museo Regional de Magallanes es una casona que fue la residencia de la tradicional familia Braun-Menéndez, en pleno centro histórico. Declarada Monumento Histórico Nacional en 1974 y cedida íntegramente al Estado por sus herederos en 1983, esta mansión fue construida con materiales, muebles y objetos decorativos traídos desde Europa. Hoy en día, además del exquisito mobiliario y los cuadros de la familia, se exhiben objetos de pueblos originarios, mapas, documentos y fotos.

En la plaza céntrica, el palacete francés que fuera el antiguo Banco de Tarapacá.

EL CEMENTERIO Es es uno de los puntos más turísticos y representativos de Punta Arenas, donde figuran todas las comunidades. Como en el centro, hay numerosos cipreses que forman un pasillo en la entrada. En la visita es posible enterarse de las intrincadas historias familiares que dieron nacimiento a las familias más adineradas de la región. La más conocida es la de Sara Braun, hija del inmigrante judío lituano Elías Braun, quien se casó por conveniencia con José Nogueira, un marino portugués que le llevaba más de veinte años. El hombre hizo una fortuna comerciando pieles y el gobierno le concedió más de un millón de hectáreas de tierras. El padre de Sara también se había enriquecido mucho en estas latitudes. Con el compromiso consumado, dos fortunas se potenciaron. Un año después Nogueira murió y Sara heredó su fortuna. A partir de entonces se tejieron muchos mitos alrededor de la figura de esta joven viuda adinerada, incluyendo romances furtivos con buscadores de oro y cuentos por el estilo. Su hermano Mauricio Braun, encargado de administrar los negocios y bienes, se casó con la hija de otro inmigrante potentado: José Menéndez, un asturiano conocido como “el rey de la Patagonia”. El hombre amasó un dineral transportando lana y vendiendo insumos para los barcos que pasaban por aquí. Por su parte uno de los hijos varones de Menéndez se casó con la hija de los Montes, otra de las familias adineradas de la época. Todos ellos competían entre sí por los incipientes negocios patagónicos.

La tumba de la viuda más codiciada de la época es la réplica de una iglesia ortodoxa rusa. Es que al contraer matrimonio con Nogueira, Sara tuvo que convertirse al cristianismo y eligió la vertiente de los rusos ortodoxos. Fue Sara Braun, entonces, quien donó las tierras y puso dinero para construir este señorial cementerio terminado en 1919. La única condición fue que sellaran la puerta principal después de su entierro.

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En la plaza céntrica, el palacete francés que fuera el antiguo Banco de Tarapacá.
 
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