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Domingo, 31 de enero de 2016

BRASIL > BALNEARIOS DEL LITORAL PAULISTA

Praias, ilhas, baixadas

Desde Santos, la ciudad más cercana al mar para los paulistas, un recorrido por el litoral hacia pueblos, villas de pescadores y ciudades pequeñas de baja o casi nula promoción internacional, pero sorprendentes por belleza, paisajes y precios. São Sebastião, Ilhabela y Ubatuba, destacadas entre paradores jóvenes y familiares como Boracéia, Barra do Una, Juquehy, Sahy y Camburi.

 Por Pablo Donadio

Fotos de María Clara Martínez

Desde uno de los balcones del Centro Cultural FIESP, una especie de Malba dorado con forma de pirámide sobre la avenida Paulista, la ciudad se desgrana hacia las sierras que llevan a Santos, la tierra de Neymar y “o rei Pelé”. Es un espectáculo formidable ver cómo, brutalmente, los rascacielos y conglomerados urbanos van cediendo espacio a los dominios de un gran valle verde, por momentos selvático, en el que nuestro bus se abrirá camino horas después al ritmo de Elis Regina, apaixonada de nuestro motorista. En ese descenso a la costa se inicia la travesía por este litoral paulista, poco reconocido a nivel internacional salvo por Ilhabela, pero concurrido por brasileños que saben de sus encantos. Allí excelentes balnearios y ciudades pequeñas atrapan por su naturaleza salvaje, la historia colonial y precios más accesibles que en Florianópolis o Río de Janeiro, por lo que comienzan a ser populares también para los argentinos.

El peñón de Barra de Una, cercado por el mar, la playa y el río, cuya curva se puede visitar caminando junto al mar.

LA BAIXADA En poco más de dos horas la baixada paulista, es decir, el camino descendente hacia el mar, nos lleva a Santos, uno de los lugares más prescindibles del trayecto por su escasa belleza y sofocante clima, aunque rico en historia y arquitectura. Su geografía, tanto en la parte insular como en la parte continental, pone de manifiesto rápidamente una férrea impronta marítima. Eso se explica porque la ciudad cuenta con uno de los puertos más grandes del continente latinoamericano, plagado de dársenas, grúas, elevadores, contenedores y grandes buques, dando como principal actividad económica aquello que se dirime entre el comercio interno y la exportación, y dejando en tercer lugar el turismo. Acaso por eso haya que hurgar un poco más que en otros sitios para sacarle provecho a cada rincón. Uno de esos lugares es la rua XV de Novembro, ubicada en pleno centro histórico. Recientemente restaurada en pisos y fachadas, todo remite aquí a la colonia y a la cultura cafetera que durante décadas valió a la ciudad el título de Cidade do Café. Allí mismo está el Museo del Café y, muy cerca, las vías de su tradicional tranvía llevan a los curiosos visitantes por un circuito turístico de unas cuatro manzanas, donde se ubican otros museos menores y edificios públicos de importancia. Otro patrimonio de la ciudad es el club de fútbol Santos, al que perteneció no sólo el actual crack Neymar, sino su histórico ídolo, Edson Arantes do Nascimento, más conocido como Pelé. Un museo inaugurado en honor mientras se jugaba el Mundial de 2014 recorre la trayectoria del futbolista en 2545 piezas que el amante del deporte no puede perderse. Pero la postal de Santos está junto al mar y no por una playa puntual. Su corredor marítimo ofrece siete kilómetros de arenas bordeadas por una ciclovía de 7900 metros, con puestos para recoger y dejar bicicletas cada 500. Allí nunca faltan los picados, paradores gastronómicos, duchas y baños públicos. Pero además, entre la arena y la vía para bicicletas hay un espacio verde repleto de árboles y flores que recorre los siete kilómetros y ha sido reconocido como “el jardín de orilla más grande del mundo”. Sin embargo, las aguas son un poco turbias y demasiado templadas en verano, por lo que la visita es corta en busca de destinos más acogedores y naturales.

Morros y mata atlántica, arenas limpias y aguas transparentes, puntos en común de las playas cercanas a San Pablo.

UNA MEJOR QUE OTRA Ya sobre la ruta costera BR101, a Santos siguen los balnearios urbanos de Guarujá y Bertioga, más concurridos y con muchos servicios. Recién tras ellos arranca un sinfín de playas chicas de arenas limpias y aguas transparentes, donde emergen morros y pequeñas selvas internas, algún que otro río y siempre esos árboles de hojas grandes que llaman “orejas de elefante” y son los reyes de la sombra cuando el calor abraza. Baracéia es la primera parada, y su arena dorada está repleta de familias que disfrutan de las olas de mar abierto. Hacia el norte, su playa se divide de Barra do Una por el risco Punta de Boracéia, donde se encuentra una reserva indígena donde no es posible entrar pero sí establecer contacto con sus habitantes, que venden artesanías a lo largo de la ribera. La vecina Barra do Una cuenta con arenas más blancas y se encuentra entre ese morro, el mar y el río Una, cuyo cauce es protagonista de uno de los efectos visuales más destacados del recorrido. Su gran curva describe una S que atrapa un peñoncito de mata atlántica antes de desembocar en el océano, y que puede visitarse caminando por la arena junto al mar o del otro lado junto al río. Es uno de lo lugares más hermosos, pese a ser un gran centro náutico de la región, con numerosas lanchas y yates pequeños que salen en excursión hacia las islas próximas a la costa, como As Ilhas y Montão de Trigo, buenas para el buceo y el snorkel.

Pegadita, y accesible a pie, le sigue Juquehy, que al igual que Sahy cuentan con río menor al Una pero también atractivo y fresco para el baño en agua dulce. Ambas playas tiene posadas de cara al mar, casas de veraneo en alquiler y restaurantes a mano que a media tarde comienzan con los servicios. Jaquehy es más extensa y poblada, con lojas de surf y carpas en alquiler, mientras Sahy está más rodeada de bosque atlántico y casi no cuenta con urbanización, salvo algunas mansiones que asoman entre la selva. Allí se llega saliendo de Juquehy nuevamente a la BR101 y recorriendo tres kilómetros. Su pueblo, en vertical al mar, tiene poca infraestructura, aunque la playa es ideal para familias con chicos por su pequeñez y forma semicircular, que permiten tener todo bajo control. Esa geografía genera aguas poco profundas y hay que entrar más de 100 metros para no hacer pie.

El recorrido final de este tramo de playas chicas nos lleva a Camburi, un pueblito similar a Sahy pero aún más encantador por su tranquilidad y salvaje frescura. Hay no más de dos mercados, algunas tiendas y comercios, y una franja de arena repleta de árboles oreja de elefante que se divide en dos por el río de agua dulce. Ese cauce ha sido protagonista de varias muestras de fotos, ya que cada diez años su curso cambia y sale a uno u otro lado del un pequeño morro que divide Camburi y Camburizinho, las dos playas (una de 900 metros, la otra de 400). En el medio, un sendero interno se abre camino en el bosque del peñón y permite avistar aves, hasta el mirador del mar abierto, donde termina el recorrido. Aquí hay un hospedaje imperdible, el Camping Camburi, en la Estrada Camburi, donde Hamilton sabe de churrascos (parrillada brasileña) y charlas futboleras al pie de las yakas sobre las que descansan sus cabañas colgantes. Al lado, dos posadas y el predio del camping ofrecen diversidad de servicios y precios variados según cada bolsillo. Lo que se reparte por igual es la buena onda de su familia, que administra el lugar desde que su padre llegó aquí, cuando todo esto era apenas una villa de pescadores. Además de pasear en kayak, pescar y practicar stand up paddle, Hamilton recomienda una caminata de seis kilómetros que atraviesa el pueblo al este y un tramo de selva, para salir a la vecina playa de Baleia. “Amigo argentino, não fique triste… Camburi existe”, nos recuerda antes de despedirnos.

Ilha das Cabras, uno de los lugares más atractivos de la coqueta Ilhabela, el destino más conocido de la región entre los argentinos.

EL PUERTO Y SU ISLA Maresias es para muchos la playa más animada de toda la costa del estado paulista. En especial para los jóvenes que llegan aquí en masa para tomar sol, escuchar música, surfear durante el día y disfrutar de la cerveza Skol como previa para la noche. Sobre todo en este aspecto, el de la noche, el balneario se diferencia de los demás: hay mucha oferta de restaurantes, paradores y boliches, pero pocas zonas de silencio. La forma alargada y horizontal al mar abierto de su playa, sin bahías cercanas, la vuelven una plaza perfecta para los surfistas que buscan olas fuertes. Al tratarse de una playa «tombo», como la llaman aquí por presentar gran inclinación a los pocos metros de haber entrado en el mar, es poco indicada para el baño de niños pequeños.

No podremos experimentarla ya que nos espera São Sebastião, nodo crucial del Parque Estadual Serra do Mar, que llega desde las serranías hasta el océano. La ciudad debe su nombre al santo del día en que Américo Vespucio pisó este suelo allá por 1502, y se ilumina por las noches con antiguos faroles, con calles de adoquines y una impronta bien colonial. La Igreja Matriz y su parque contiguo son una de las postales del casco histórico. La otra, su costanera, que por las noches brilla en bares y restaurantes coquetos donde se sirven mariscos frescos y abundantes, acompañados por sucos y caipirihas. En esos servicios se nota su movimiento de ciudad, aunque sin alboroto como en Maresias. Casas históricas transformadas en bares con música en vivo, galerías de arte (sobre todo una destacada en venecitas) y su enorme feria de artesanos constituyen un gran atractivo nocturno. “Nuestra playa Porto Grande es escenario de las competiciones a vela más importantes del litoral paulista. Allí es donde São Sebastião brilla como ningún otro sitio”, asegura con orgulloso Duílio, dueño del Hotel Guarda Mor, mientras calienta con desconfianza nuestra “¿agua caliente?” para el mate. São Sebastião es también, o sobre todo, el puerto que lleva a “la ilha”: cada media hora, barcos gratuitos para peatones, y con un costo mínimo para autos, cruzan el canal que llevan a Ilhabela. La isla no deja de ser seductora, pero aunque se promociona como un entorno salvaje, su parte virgen –muy montañosa– es prácticamente inaccesible. Por ello se visita casi con exclusividad la zona costera y urbana, cuyo enorme desarrollo (grandes hoteles, hipermercados, comercios) contrasta un poco con la idea de salir de la ciudad para recalar en un espacio más desolado. Es la isla de moda y eso se nota por las noches, cuando los autos se atracan en la única avenida costanera o hay que hacer cola para entrar a restaurantes. Los boliches y eventos musicales en vivo están a la orden del día, siempre con algún artista destacado, y su centro histórico se ilumina colores bien brasileños, como punto de encuentro de parejas y jóvenes. A nivel natural, sus playas son casi todas muy cortas (de diez a 50 metros de arena hasta el mar) y muy concurridas, aunque no dejan de ser interesantes. La más bonita es la enfrentada a la mínima Ilha das Cabras, un reservorio de peces que pueden observarse mientras se está nadando. Otra salida interesante es la caminata de dos horas que lleva a la bellísima y bien agreste playa Jabaquara, ya en dominios de la reserva estadual, atravesando montes y una selva en galería, con sendero bien indicado y una acceso abierto a grandes y chicos.

Dos familias disfrutan de la tranquilidad y belleza de Camburi, uno de los balnearios paulistas más destacados.

UBATUBA Y LAS CIEN PLAYAS Elegir las playas de Ubatuba es algo muy razonable, pero, ¿cuál? Resulta que su ciudad ha crecido de tal forma que hoy dice ser el destino con “más de cien playas” en todo el estado, por lo que hay que chequear en Google Maps antes de saber dónde irá uno a parar. Nuestra elección antes del regreso a casa, y luego de ver Praia Grande, Lázaro y Toninhas, es la de llegar más sur hacia Recanto da Lagoinha, una especie de condominio abierto, ubicado en el kilómetro 72 de la BR101. Desde allí se pueden visitar a pie dos playitas habitadas por pobladores caiçaras (nativos paulistas) que siguen viviendo del mar en gran parte, criando mejillones y promoviendo el arte en relación con la pesca diaria. “Desde la entrada você debe caminar por la trilha hasta Bonete o Cedro, y conocer el verdadero paraíso de Ubatuba”, invita Patricia en la pousada Canto do Sabiá. Algo muy interesante de la ciudad es el Proyecto Tamar, que tiene en Ubatuba una de sus 25 sedes, extendida en una manzana en pleno centro. Allí la iniciativa, que lleva 35 años trabajando en miles de kilómetros de costas brasileñas con tortugas marinas, puede visitarse para ver los animales y dos salas interactivas que explican lo complejo de su protección. “Existen ocho especies, y cinco de ellas habitan en estos mares de Brasil, pero todas están en peligro de extinción”, explica Laucelli, estudiante de Oceanografía y guía local. Mientras nos presenta las especies en estado de recuperación, nos cuenta que de cada mil crías que nacen solamente una o dos alcanzan la edad adulta (30 años), y a los predadores naturales se suma la intervención del hombre, su principal amenaza: la pesca incidental en redes, la fotopolución, el tránsito de vehículos en playas de desove y la suciedad de los océanos ha hecho desaparecer muchas tortugas. Sobre todo, el plástico que confunden con algas (su mayor alimento) destroza su sistema digestivo matándolas de inanición. Por suerte, Laucelli nos da una buena noticia antes del regreso a casa: desde el inicio de las actividades de Tamar allá por los ‘80, y gracias al sistemático relevo y cuidado de nidos, los trabajos para lograr su supervivencia han logrado un notablemente incremento en su población.

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Atardecer en la playa: el litoral brasileño tiene bellas puestas de sol en todas sus latitudes.
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