turismo

Domingo, 28 de febrero de 2016

SALTA VIAJE A LA REMOTA IRUYA

A las puertas del cielo

Iruya es un pueblo escondido e intacto en medio de los cerros del noroeste argentino, al que se llega por una camino de cornisa, espectacular y sinuoso. Un pueblo de gente reservada que se fue acostumbrando a la llegada del turismo pero sin resignar su estilo de vida tradicional.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

De repente, el camino se acaba. El ripio por el que transitamos largo rato, las cuestas empinadas y cornisas que nos hicieron sufrir y gozar en la misma medida de un paisaje abrumador en el que trepamos a más de 4000 metros de altura, terminan de golpe, al dar la vuelta de la esquina, la última vuelta de un zigzag infernal por uno de los caminos más apabullantes del norte argentino. Enfrente una iglesia pintada de amarillo, con su cúpula celeste, se destaca en medio de ese paisaje fantástico, la paleta multicolor que cubre los cerros norteños. Delante de la iglesia no hay una plaza, sino un muro de pircas que parece proteger al diminuto pueblo montañés de las subidas furiosas del río Colanzulí. Sobre el paredón se lee el nombre de este rincón que parece colgado de la montaña al que acabamos de llegar: Iruya. Pero antes, atravesamos un camino al cielo.

Los mil colores de los cerros salteños, uno de los atractivos para la gente que llega desde lugares lejanos.

LLEGAR A LAS NUBES El paraje está escondido en la provincia de Salta, a 2800 metros sobre el nivel del mar y 320 kilómetros de su capital; sin embargo, para llegar hasta acá hay que adentrarse, sí o sí, en la Quebrada de Humahuaca en Jujuy. Desde aquí parten los ómnibus que recorren el sinuoso camino de cornisa –no apto para cardíacos– que es necesario atravesar para llegar a Iruya, este pueblito a las puertas del cielo.

Por el espejo retrovisor del ómnibus que no deja de zarandearse por el ripio irregular, las curvas y contracurvas, se puede ver el cachete inflado del chofer. Es el acullico, la bola de coca, que es estimulante y ayuda a mantenerse despierto. La coquita es habitual en el día a día de los lugareños, quienes aconsejan siempre tener una bolsita a mano. La coquita es un rito, una sana costumbre por estos pagos, y un buen paliativo para el mal de altura, que no da tregua al viajero llegado desde las tierras planas.

El micro atraviesa arroyos desbordados por la crecida y trepa lentamente hasta alcanzar los 4000 metros de altura en el Abra del Cóndor, el límite caprichoso entre Salta y Jujuy, a mitad de camino de Iruya. Un cúmulo de nubes queda por debajo nuestro, ahora la niebla domina el camino, y nos detenemos en este punto panorámico y obligatorio. Una parada muy necesaria para estirar las piernas, hacer fotos, y chequear que el equipaje, que va amarrado en el techo, siga en su lugar.

A casi dos horas del comienzo del viaje, sólo resta el descenso: son unos 1200 metros repartidos en veinte kilómetros, hasta llegar a los 2800 metros sobre el nivel del mar en los que se encuentra el destino final. Cada una de las curvas mete miedo. La sensación es que en cualquier momento se puede caer al vacío, pero al conductor, que ha hecho este viaje una y mil veces, se lo ve muy seguro en cada maniobra de frente al precipicio.

La desolación perfecta del paisaje andino y sus quebradas es interrumpida de a ratos por unas pocas casas de adobe, habitadas por pastores del siglo XXI que viven como si el tiempo no hubiera pasado. Llamas, ovejas y cabras pastan perdidas por ahí, y andan a paso lento junto a los niños que las cuidan, pequeños de rostros curtidos por el sol y el viento de altura, que sonríen tímidamente ante el paso del ómnibus. Una soledad abrumadora y un paisaje fantástico, aun con lluvia y niebla, son parte del trayecto a la vera del río Colanzulí, que acompaña con su cauce el periplo hasta Iruya.

Calles del poblado, silenciosas y solitarias, para perderse entre las casas de adobe.

ALTA EN EL CIELO En Iruya no hay grandes atracciones, ni mucho menos, comodidades. Pero es justamente en la simpleza de este pueblo que acaricia las nubes, en sus paisajes imponentes y un aire de paraje montañés con herencia colla y española, sus estrechas callejuelas de piedra por las que deambulan los pobladores habitantes a paso lento, sus casas de adobe, piedra y paja, milenarias, donde radica su belleza indómita.

La fundación de Iruya, que en 1995 fue declarada Lugar Histórico Nacional, data de 1753, el mismo año en que fue levantada la Iglesia de San Roque y Nuestra Señora del Rosario, una construcción típica de la Quebrada de Humahuaca y la Puna. A lo largo del tiempo, el santuario original fue refaccionado en varias oportunidades, y entre los cambios más significativos se nota el reemplazo del techo de paja y barro –característico de la zona– por uno de zinc. El piso de adobe también fue sustituido, y en la década del ‘80 se construyó un nuevo altar. En la puerta, unos pocos artesanos aguardan con paciencia de montaña la llegada de los turistas, que en los últimos quince años se acrecentó notablemente.

Los collas, habitantes originarios, ya estaban asentados un siglo antes de la llegada del conquistador. Y el trueque, así como en aquella época, sigue siendo moneda de cambio para muchos de los habitantes de este enclave donde residen unas 5000 personas.

No lleva mucho tiempo recorrer el pueblo: de hecho, se puede ir y volver en el día desde Humahuaca, como hacen muchos visitantes, ya que el tiempo que tarda el micro en retornar es suficiente para darse una vuelta, y decir que uno estuvo en Iruya. Pero claro, se pierde así la posibilidad de disfrutar del verdadero espíritu del lugar, el contacto con la naturaleza, la paz y la calma reinantes, el diálogo –a veces difícil, pero no imposible– con su gente, y la posibilidad de infinita andar y andar. Porque en Iruya, a pesar de la altura, las cuestas, el clima, hay que andar.

El visitante debe saber que por estos pagos no hay grandes, ni pequeños, lujos, aunque en los últimos tiempos se han abierto algunos pocos emprendimientos acordes con el crecimiento y la exigencia del turismo que comenzó a descubrir este lugar. Hay varias hosterías simples donde alojarse y algunos comedores familiares donde se pueden degustar platos típicos, tales como las empanadas, locro, tamales, guiso de quinoa o de carne de llama.

Como arranque de la visita, lo más entretenido resulta perderse entre las cuestas angostas y empedradas del pueblo, sus casas de adobe y construcciones coloniales. En la plaza, que está situada detrás de la iglesia y no de frente como es costumbre, los niños corretean y juegan al fútbol, indiferentes al ir y venir de algunos visitantes. La situación era distinta una década atrás, cuando eran muy pocos los que se atrevían a llegar hasta aquí. Pero en los últimos años Iruya se fue haciendo más popular, sobre todo entre los mochileros. Hoy en día nadie se extraña al escuchar inglés, alemán o francés, y una gran cantidad de sus habitantes, que en general se dedicaban a la agricultura y ganadería, se volcaron a trabajar con el turismo.

Enclavado en lo alto del pueblo y custodiado por una enorme cruz, hay un mirador. Para acceder hay que animarse a una caminata simple, pero bien empinada. Este es el paseo mas corto, y el lugar más lejano al que se puede llegar si el viajero decide volver a Humahuaca inmediatamente. Y la caminata, esforzada, bien vale la pena: el mirador es perfecto para entender el contexto y apreciar los alrededores del sitio geográfico donde está enclavado Iruya, un entramado de valles y quebradas que encierran este cúmulo de casitas bajas encajonadas en la montaña. Una panorámica majestuosa, una instantánea para guardar en el arcón de los tesoros argentinos

Iruya, aunque pareciera, no se termina en aquel paredón en el que está inscripto su nombre, sino que se extiende al otro lado del río como si fuera un pueblo diferente, y aún más autóctono. De aquel lado del río, donde es más extraño toparse con visitantes, donde las mujeres esquivan a las fotos, mientras que los niños pelean por salir en una instantánea, casi no hay construcciones coloniales ni restaurantes: hay sólo un hospedaje

Acá comienza un bello camino, perfecto para observar Iruya desde lo alto y desde otra perspectiva, otra vez por encima de las nubes, donde los cerros despliegan el colorido típico de estas tierras norteñas, largamente conocidas y mundialmente famosas por el Cerro de Siete Colores, al que nada tienen que envidiarle los cerros por aquí.

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Una vista del pueblo, la recompensa después de un arduo camino montañoso por parajes de altura.
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