turismo

Domingo, 6 de marzo de 2016

JAPóN > FESTIVAL DE ILUMINACIONES INVERNALES

La fiesta de la luz

Cerca de Nagoya, el jardín botánico de Nabana no Sato organiza cada año uno de los más impactantes espectáculos de iluminación nocturna de todo Japón. Millones de luces led forman túneles, encienden la floración de los ciruelos y recrean imponentes escenas como la que este año está dedicada al animé de Heidi.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Cuando la estación del año se muestra poco generosa en horas de luz, llega el mejor momento para disfrutar uno de los más bellos espectáculos que se pueden conocer durante una visita invernal a Japón. Hay iluminaciones nocturnas en todo el país –sobre todo en la época navideña– pero algunas de ellas se extienden durante mucho más tiempo: el más largo de los festivales de luces, y también el más célebre por la magnificencia del montaje y el diseño de sus coloridos cuadros nocturnos, es el de Nabana no Sato, un jardín botánico del área de Nagoya que extiende hasta mediados de mayo la posibilidad de sumergirse en un mundo mágico lindante con los sueños.

La rapidez del tren bala permite llegar y volver de Nabana no Sato en el día incluso desde Tokio o Kioto, ciudades situadas a cierta distancia pero acercadas gracias a la rapidez del Shinkansen y la increíble eficacia de los ferrocarriles japoneses: para los viajeros que se mueven con el Japan Rail Pass –un pase que permite utilizar en forma ilimitada prácticamente todos los trenes de la compañía a lo largo del territorio– es la mejor opción. Si se llega temprano (las iluminaciones se encienden a las cinco de la tarde), se podrá disfrutar además la belleza del jardín botánico en horario diurno, sobre todo en estos días en que florecen los ciruelos y sus flores rojas, blancas y rosadas compiten en belleza y espectacularidad con la floración de los sakuras, sin duda uno de los iconos de Japón, para la que hay que esperar hasta la primavera.

LA FIESTA LUMINOSA Nabana no Sato forma parte del área conocida como Nagashima Resort, un tradicional destino de vacaciones cercano a Nagoya que incluye un parque de diversiones, un complejo de juegos acuáticos, un área termal, un centro de compras y el jardín botánico. Rodeado de ríos y del mar, es una isla famosa por las montañas rusas del Nagashima Spaland, pero sobre todo por el festival de las flores del jardín botánico, que se realiza en los meses cálidos, seguido entre octubre y mayo por el festival de las luces invernales.

Llegar es muy fácil: basta con seguir a los primeros que se bajan del tren y se encaminan hacia la parada del bus que deja a los visitantes en la entrada. Ya fuera de las áreas más concurridas por el turismo, recién llegado a una estación relativamente pequeña, el visitante no dejará de advertir que aquí ya no se encuentran carteles transcriptos en inglés: pero en un mar de ideogramas, el nombre de Nabana no Sato sí está claramente indicado.

Aunque hay un itinerario recomendado e indicado con flechas para no perderse nada, el recorrido del parque es libre. Cada año desde su creación, en 2007, la instalación principal de luces que es el plato fuerte del conjunto está dedicada a un tema en particular: hace pocos años, la temática “naturaleza” inspiró una conmovedora réplica luminosa del monte Fuji que dio la vuelta al mundo en las redes sociales. Este año se apeló a otro icono de Japón famoso en todo el mundo: el animé de Heidi, producido por Nippon Animation y la cadena alemana ZDF, que a partir de 1974 revivió el mito de la niña de los Alpes en la forma de inocentes dibujos que ya llevaban el sello inconfundible de un joven Hayao Miyazaki. Pero para llegar hasta allí, prácticamente al final del recorrido, primero hay mucho que ver.

Antes de que oscurezca del todo es la mejor hora para acercarse al sector del jardín donde cientos de ciruelos están en plena floración entre mediados de febrero y mediados de marzo. La aparición de los capullos en colores que van del blanco al rosa y el rojo es un evento en todo el país, como ocurre en mayo con los cerezos: numerosos parques y templos exhiben con orgullo estos árboles que atraen a japoneses y turistas para fotografiar las delicadas copas cubiertas de flores de color. Nabana no Sato es uno de los lugares ideales para verlos en todo su esplendor, tenuemente iluminados apenas comienza a caer el sol y a pleno un poco más tarde, cuando la luna ya se levanta alta en el cielo. El espectáculo es inolvidable.

A medida que las luces se encienden, se descubre también una suerte de ovni coronado por la silueta del monte Fuji que se eleva por encima del parque y ofrece una vista panorámica sobre todas las instalaciones luminosas. Sentados sobre una plataforma giratoria, que permite por lo tanto apreciarlo todo sin moverse, se extiende a los pies de los visitantes un mar titilante de lucecitas que forman figuras, subrayan senderos y trazan itinerarios que se encienden y se apagan como en un viaje donde cuesta distinguir realidad de fantasía.

A lo lejos, es posible también escuchar un rumor de festejo: es el que se produce cuando, a la hora señalada, se abre por fin una de las instalaciones más conocidas del festival de Nabana no Sato: su famoso túnel de luz (hikari no tonneru), que a lo largo de 200 metros deslumbra con millones de minilamparitas en forma de estrella, unidas hasta formar un dosel de led que parece extenderse sin fin hasta donde alcanza la vista. La ilusión se da la mano con la magia y el frío intenso se olvida en un instante, completamente arrasado por la calidez del ambiente que recrea el túnel.

Al final aparece otra maravilla: es la gran instalación temática que este año se dedicó a Heidi. Frente a los ojos asombrados, un gigantesco muro de luces y música se enciende y muestra las cuatro estaciones sobre los Alpes, cambiando de color a medida que se pasa del invierno al verano, el otoño y la primavera, mientras Heidi se balancea en su hamaca o juega con Peter en un éxtasis de virtualidad y nostalgia. El espectáculo se puede presenciar también desde un mirador cerrado, para evitar el frío, pero es difícil sustraerse al magnetismo que genera el conjunto y alejarse aunque sea unos pasos de las luces y la música.

Se vuelve ahora hacia la entrada del parque por otro túnel, un poco más corto, que es la novedad de este año porque está iluminado en una fiesta de led azules. Es posible entonces –si no se hizo antes– hacer un alto en una pequeña pileta termal cerrada para sumergir los pies en el agua caliente: para no perdérselo, hay que prever llevar consigo una toalla. Y al final llega también el momento de hacer un alto antes del regreso para tomar o comer algunas de las especialidades japonesas que se ofrecen en pequeños puestos cercanos a la salida: entre los más populares, croquetas calientes de papa rebozadas en panko y yakitoris, los típicos brochettes de pollo bañados en salsa de soja y miel. Una dulce conclusión para una noche luminosa.

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