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Domingo, 26 de junio de 2005

INVIERNO I > LAS CATARATAS DEL IGUAZú

Abismos verdes

Un viaje de vértigo por los rápidos del río Iguazú para entrar de lleno en la catarata del salto San Martín. El torbellino de aguas de la Garganta del Diablo, un verdadero balcón al “cadalso”.

 Por Julián Varsavsky

Milan Kundera se pregunta en su novela más famosa “¿qué es el vértigo?”, y también “¿por qué nos da vértigo un mirador provisto de una valla segura?”. La respuesta del escritor –evocada frente a la Garganta del Diablo– es inquietante para un viajero aferrado a la baranda: “El vértigo es algo diferente del miedo a la caída... significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados”.

Por lo general una buena fotografía de paisaje lleva el sello artístico de su autor, quien siempre hace un recorte de la realidad y la embellece a tal punto que cuando la persona se presenta en el lugar se produce un efecto inicial de desilusión. A través de lo que no está presente en la foto –sugerido por lo poco que se ve–, uno se imagina un paisaje que después nunca se corporiza tal cual. Sin embargo, las Cataratas del Iguazú son el ejemplo paradigmático de exactamente lo contrario. Por su amplitud, su sonido y su movimiento, las cataratas son –más que cualquier otro objeto–, imposibles de encerrar en una imagen y ni siquiera un video puede transmitir la vibración física del lugar y su repercusión directa en los huesos. Y lo otro que estará ausente en toda reproducción –por sobre todas las cosas– es el vértigo del que habla Kundera; “el inmenso deseo de caer” frente a la baranda.

A las puertas del Averno

Un apacible trencito ecológico que avanza entre la selva nos lleva hasta la estación Garganta en busca del leit-motiv de las Cataratas del Iguazú. Al descender nos internamos por una extensa pasarela que avanza por todo lo ancho del río Iguazú Superior. En este lugar el río se quiebra en incontables brazos que más adelante irán cayendo a lo largo de los 2700 metros de sucesivas cataratas. Pero por ahora las aguas están calmas, casi inmóviles, y los saltos no se ven por ningún lado. Pero un rumor de torbellinos lejanos nos alcanza desde lo profundo de la selva y, detrás de ella, se divisa una nube blanca de rocío que se eleva hacia las alturas.

El balcón de pasarelas que desemboca en la Garganta del Diablo es tan abrupto y está tan encima de la catarata, que su aparición repentina es una especie de apoteosis triunfal que deja estupefacto al más frío y racional de los mortales. A nuestros pies –a sólo un metro– un río suicida se arroja al vacío y revienta contra las rocas, para rebotar hacia arriba despedazado en violentísimas ráfagas de rocío. Justo al comenzar a caer, las aguas parecen quedar suspendidas en el aire por un instante frente a la cornisa de piedra. Y después –fruto del mismo efecto visual– comienzan a desplomarse como en cámara lenta. Abajo las espera el caos, las fauces sedientas de un gigante oculto entre las aguas espumantes de un cataclismo descomunal.

Desde el balcón que da a la Garganta del Diablo no hay mucho para hacer. Sólo mirar, y ni siquiera hay demasiado espacio para moverse. Sin embargo, nadie se quiere ir. El influjo de las aguas es poderoso y una humedad absoluta impregna el ambiente; un fino rocío nos acaricia en todo el cuerpo al mismo tiempo.

La Gran Aventura

Un gomón con piso rígido nos conduce a toda velocidad por los rápidos del río Iguazú hacia la boca de la Garganta del Diablo. Una poderosa acelerada nos obliga a sujetarnos a una soga y de repente se desata un torbellino de aguas que caen desde dos paredes de piedra, una a cada costado de la lancha. Los navegantes gritan como si llegara el fin del mundo, aunque naturalmente no ingresaremos a la temida garganta. Pero como consuelo tendremos una “ducha” bajo el salto Los Tres Mosqueteros. A pocos metros de nuestra embarcación, la catarata explota produciendo ráfagas de agua que nos azotan con violencia y el juego resulta por demás divertido.

Cuando todo parece haber terminado, damos una larga vuelta alrededor de la isla San Martín en busca de un salto con ese mismo nombre, uno de los más furibundos y caudalosos del parque. Cuando la lancha encara a toda marcha hacia el centro del salto, algunos gritan de alegría y otros, de pavor. Sin tiempo para pensarlo estamos inmersos en una densa nube de agua y de repente pareciera que un cuerpo de bomberos completo abriese sus mangueras al unísono para atacarnos a chorros de lleno en la cara. La situación es desconcertante, porque llegado cierto punto ya no se ve nada salvo un rocío blanquecino, y bien podría pensarse que algo ha fallado y nos perdimos adentro de la catarata. Pero no, por supuesto; es sólo un juego erizante como seguramente no habrá uno solo que se le parezca en cualquier sucursal de Disneylandia.

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Un suave rocío refresca el paseo humedeciendo el cuerpo de los pies a la cabeza.
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