turismo

Domingo, 6 de agosto de 2006

CARIBE FRANCES > SAINT BARTHéLEMY

La isla de los sueños

Herencia sueca, presente francés e influencia norteamericana hacen de Saint Barthélemy una de las islas francesas del Caribe, una pequeña curiosidad de cultura y naturaleza intactas.

 Por Graciela Cutuli

Una montaña en medio del mar, que se levanta como una pincelada de verde en medio del azul inmenso. Hasta en los mapas cuesta ubicarla, pequeña perla del collar de las Antillas, un enclave de lengua francesa rodeada de islas inglesas y neerlandesas, donde el tiempo parece haber pasado dejando intactos la cultura y el paisaje isleños. Saint Barthélemy tiene apenas 25 kilómetros cuadrados y un terreno montañoso donde la única llanura es la pista del pequeño aeropuerto local, meca del turismo en busca de un refugio privilegiado de playa y mar bajo un sol incansable.

A pesar de su pequeño tamaño, Saint Barthélemy tiene estatuto propio: en 2003, se convirtió en “colectividad territorial francesa” tras la aprobación de un referéndum que le dio un estatuto separado del departamento de ultramar francés de Guadalupe. Para el año próximo, la isla alcanzará a nivel de la Unión Europea la denominación de “PTOM” (País y Territorio de Ultramar). Pero todos éstos son vaivenes institucionales y administrativos, a los que son tan aficionados los franceses desde la época napoleónica, que se olvidan en cuanto se pone un pie en Gustavia, la pequeña capital de la isla. La misma que durante un siglo perteneció a Suecia, en una de las muchas alternativas de su historia desde que la descubrió Cristóbal Colón, en 1493. Justamente al hermano del descubridor, Bartolomé Colón, que lo acompañó en varios de sus viajes, le debe nombre la isla. Saint Barthélemy no tenía mucho para atraer por entonces a los primeros pobladores: la aridez del territorio impidió el desarrollo de la agricultura y no fue sino hasta 1648 que se instalaron los primeros colonos franceses. Luego la isla sería cedida a la Orden de Malta, para pasar nuevamente a manos francesas, en un largo vaivén durante el cual los habitantes vivían sobre todo del botín arrancado a los galeones españoles que atravesaban el Caribe, y más tarde a las naves británicas. Mientras tanto la peor parte, como en la mayoría de los nuevos territorios descubiertos por Colón, se la llevaron los indios nativos, condenados a una injusta desaparición.

El paraiso turistico Después de las muchas desgracias que jalonaron su historia –la ocupación británica de 1801, las batallas entre corsarios norteamericanos y británicos de 1812, el devastador incendio de 1852 y el paso de varios huracanes– Saint Barthélemy se tomó revancha en el siglo XX, cuando su “segundo descubrimiento” como destino turístico le cambió la cara para siempre. En 1957 David Rockefeller compró una propiedad de 27 hectáreas en la isla e impulsó su desarrollo como meta privilegiada en el corazón de las Antillas.

Palmeras, reposeras y arenas blancas con perfume francés.

Hoy es posible llegar a Saint Barthélemy por mar (hay tres viajes diarios entre la isla y la vecina St. Martin, además de otras conexiones en alta temporada) o en avión (unos 20 vuelos diarios entre Gustavia y St. Martin, y seis o siete entre Gustavia y Guadalupe). Sin embargo, las muchas escalas para llegar, y para volver, la convierten en un destino exótico y protegido, donde el tiempo parece haberse detenido en beneficio de sus encantadores rincones tropicales.

Gustavia, nombre que recuerda el período sueco, es una capital miniatura, que hasta pocas décadas era apenas un caserío con antiguas casas en ruinas en torno del puerto. Hoy es un pueblo pequeño bien restaurado, donde se conservan en pie la antigua municipalidad (destinada a convertirse en centro cultural sueco), el Hotel du Gouvernement, donde se firmó en 1878 el acta por la cual Saint Barthélemy volvió a manos francesas, la subprefectura (un edificio de piedra y techo de chapa que recuerda el estilo nórdico) y el Campanario Sueco, antiguo campanil de una iglesia luterana de 1800, lo único que quedó en pie tras el paso de un huracán. Frente a la iglesia anglicana se encuentra el principal “monumento” de la isla: un ancla de diez toneladas, con la leyenda “Liverpool... Wood... London” grabada en el hierro, descubierta por casualidad en los años ’80, y que se supone pertenecía a un antiguo barco de guerra norteamericano.Cuando la historia queda atrás, el presente de Saint Barthélemy es puro sol y playa. En pequeñas motos o jeeps que se alquilan en la capital, es posible partir para descubrir los sinuosos caminos de la isla, donde una veintena de playas de arenas blancas, muchas veces protegidas por bancos coralinos, invitan a soñar. Pese al terreno irregular, las alturas no son importantes: el punto más alto de la isla no supera los 300 metros, y aquí y allá los habitantes de los pueblitos dispersos por la pequeña superficie reciben con cordialidad a los turistas, que son la base de su economía. No cuesta descubrir en los caminos, gracias a los muros de piedra que separan un terreno de otro, que la mayoría de los habitantes desciende de colonos normandos y bretones, y de ellos heredaron las técnicas de construcción y el acento. En Saint Barthélemy el idioma es todo un mundo: aquí se habla francés, la lengua oficial, pero también el créole de base lexical francesa, el francés regional (patois) y el créole de Guadalupe, que se escucha sobre todo en Gustavia. No es poco para sus apenas 6000 habitantes...

Vuelta a la isla

La magia submarina de bucear en el Caribe.

Para visitar la isla, se pueden alquilar autos, tomarse un taxi o simplemente alquilar un scooter: al fin y al cabo, todo está cerca y se muestra amigable bajo el sol caribeño que da la bienvenida a los visitantes durante todo el año. Saliendo de Gustavia, una ruta que va hacia el oeste lleva a Public, un puerto donde se practica navegación a vela, después de pasar por una pequeña zona industrial y comercial. Más adelante, el pueblito de pescadores de Corossol invita a hacer un alto para interiorizarse en las tradiciones y artesanías locales, como los trabajos realizados en paja. En la punta oeste de la isla, pocos kilómetros después, Colombier ofrece una playa salvaje que se conecta, en una caminata de pocos kilómetros, con el barrio de Flamands, muy tradicional y bordeado por una hermosa costa para los baños de mar. Luego, siempre por la costa hacia el este, se llega al centro de la isla, donde St. Jean es el lugar turístico por excelencia, gracias a las playas y a su zona comercial llena de negocios y restaurantes. Avanzando en la misma dirección, se pasa por Lorient, uno de los primeros asentamientos de St. Barthélemy, donde cada enero la iglesia local alberga los Festivales de Música. Para los amantes del surf, el motivo para llegar hasta aquí es otro: la playa es conocida por sus excelentes olas, mientras las familias la eligen por la tranquilidad del ambiente y de las aguas. El extremo este de la isla, donde se encuentran las lagunas Cul de Sac y Petit Cul de Sac, con sus aguas tranquilas y turquesas, es el más auténtico y salvaje de este pequeño territorio enclavado en el Caribe, junto con las playas de Gouverneur, en el sur, donde se dice que antiguamente el célebre pirata Monbars ocultaba sus tesoros. Si lo hizo realmente o no, nunca pudo descubrirse, pero lo cierto es que el más bello de los tesoros nunca pudo ocultarse: es la belleza de esta isla que parece caber en la palma de la mano, donde la salida y la puesta de sol sobre el mar están separadas por pocos kilómetros de ondulantes montañas verdes, y donde todos los sueños parecen posibles, porque es el Caribe, el de las leyendas y de las conquistas, el del mar que se extiende infinito en el horizonte, mientras los colores se unen en un único azul profundo hasta que la noche lo sumerge todo en su cálida negrura matizada de estrellas.

Fotos por: Olivier Leroy y Michel Hasson.

DATOS UTILES

- Se puede llegar a Saint Barthélemy durante todo el año a través de vuelos internacionales, en ferry desde otras islas o en vuelos locales interisleños del Caribe. Desde Guadalupe, los vuelos duran 45 minutos; desde Saint Martin se llega en barco en una travesía de una hora y media.

- Los ciudadanos argentinos no necesitan visa para ingresar en la isla, cuyos requisitos de acceso son los mismos de la Francia continental.

- “St Barth” tiene dos estaciones principales: la estación seca, conocida como “período de Cuaresma”, y la estación lluviosa, conocida como “período de invernada”. El “período de Cuaresma” es el más soleado, aunque hay buen tiempo durante todo el año: basta pensar que en un período promedio de un año, hay sólo cinco días sin sol. El clima es tropical marítimo, con temperaturas suaves y una importante tasa de humedad. Durante la invernada las lluvias son más abundantes y es también la estación en que pueden presentarse las típicas tormentas o ciclones del Caribe.

- La isla tiene alrededor de 70 restaurantes, que ofrecen toda clase de cocina: francesa, créole, asiática, comidas rápidas. La oficina de turismo local ofrece una guía, la “Ti Gourmet”, para orientarse y elegir con comodidad.

- Algunos lugares son accesibles solamente a pie, como la punta de Colombier, pero vale la pena la caminata. También es imperdible la región de Saline, en el sur, donde se explotó una salina hasta 1972, cuya cuenca hoy sirve de refugio a las aves migratorias.

- En St.Barthélemy se pueden practicar buceo, windsurf, kitesurf, esquí acuático, pesca y surf. En las distintas playas de la isla los prestadores ofrecen sus servicios y excursiones organizadas para iniciarse en cualquiera de estas actividades.

  • Museo de St. Barthélemy: instalado en el edificio restaurado de Wall House, en Gustavia. Tel. 05.29.71.55. Entrada: 2 euros.
  • Museo del Caracol: segundo museo del mundo en su tipo, con unas 9000 piezas. En Corossol. Tel. 05.90.27.62.97. Entrada: 3 euros.
  • Oficina de Turismo: Port de Gustavia, 97133 Saint Barthélemy. Tel. 05.90.27.87.27. [email protected]

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Eden Rock. Como su nombre lo indica, un edén caribeño.
 
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