La despedida en el club del barrio

Los restos de Sabato son velados en el Defensores de Santos Lugares, ubicado en Langeri 3162, justo enfrente de su casa del centenario jardín de cipreses, araucarias, una Santa Rita y un prehistórico ginco biloba por donde solía caminar junto con su perro Roque, sin dejar que se levantara ni una hoja. “Hay que dejar que la naturaleza haga su trabajo”, decía cuando se le preguntaba porqué.

Vivió y murió donde quiso, “en la paz del hogar y del barrio”, dijo una vez. Su colaboradora Elvira González Fraga contó que hacía "como quince días tuvo una bronquitis y a la edad de él esto es terrible". El deterioro de sus salud se había acentuado en los últimos de los 99 años que vivió, resistiendo la muerte de su hijo Jorge en 1995 y de su esposa Matilde, tres años después.

Mario, el último sobreviviente de esa familia primigenia, leyó una carta de despedida: "Sé que todos ustedes comparten la tristeza que sentimos en la familia. Porque mi padre no nos pertenecía solo a nosotros (..) Con orgullo, con alegría, sabemos que lo compartimos con mucha gente, que lo quiso y lo necesitó tanto como nosotros".

Según Mario, Sábato les dijo: "Cuando me muera, quiero que me velen acá, para que la gente del barrio pueda acompañarme en este viaje final... Y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias, pero en el fondo un buen tipo... Es a todo lo que aspiro".

Por último acotó: "La familia Sabato desea expresamente solicitar que no se envíen arreglos florales y que el dinero sea donado, en memoria de Ernesto a Fundación Garrahan, Cta. Banco Credicoop. Cta Cte en pesos 191-153-011-751/2".

Varios de sus vecinos del barrio y cualquier parte de Buenos Aires que solían tocarle el timbre para acercarle un libro que él siempre firmaba, aún cuando debía guardar reposo, desde la tarde hicieron cola frente al club de enfrente de esa casa de paredes escondidas tras los libros que prácticamente era una incubadora. En invierno estaba cerrada porque él era friolento. En verano, porque le molestaban las moscas.

Pero siempre estaba iluminada por la claridad que entraba desde el fondo, desde el jardín de Matilde, donde compartió modestas tertulias con algunos escritores y adolescentes que le acercaban con pretensiones de aprender a leer y escribir entre mate y discusión sobre -aunque muy a veces- sus oscuros personajes: Juan Pablo Castel, “el pintor que mató a María Iribarne” en El Túnel; Fernando Vidal Olmos, protagonista de el Informe sobre ciegos de Sobre Héroes y Tumbas; Alejandra, de esta última novela; y su homónimo pero con acento en el apellido (Sábato). Figuras que inevitablemente quedan en la memoria de quien se acerca a su literatura.

El desfile de personas que llegaron a despedir sus restos es incesante. Pero podrán hacerlo sólo hasta la medianoche. Mañana al mediodía, se supone que a las 13, aproximadamente, será llevado al cementerio Jardín de Paz, de Pilar. Su familia pidió "que no se envíen arreglos florales y que el dinero sea donado, en memoria de Ernesto Sabato a la Fundación Garrahan".

En su última novela, Abbadón el exterminador, ese personaje homónimo con tilde llega hasta su Rojas natal y se enfrenta con su lápida en la que ve su voluntad pero sin acento: “Ernesto Sabato quiso ser enterrado en esta tierra con una sola palabra en su tumba: Paz. 'Paz'. Sí, seguramente era eso y quizás sólo eso lo que aquel hombre necesitaba”.

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