UNIVERSIDAD › EL TRABAJO DEL ILUSTRADOR CIENTIFICO, UN OFICIO POCO RECONOCIDO EN EL MUNDO ACADEMICO

El arte de dibujar el conocimiento

Los ilustradores científicos son artistas que trabajan con los investigadores para aportar, en papers y publicaciones, dibujos que resaltan ciertos detalles de animales, plantas y otros objetos de estudio. Dos ilustradores hablan con Página/12 sobre su experiencia.

 Por Delfina Torres Cabreros

En un universo repleto de palabras, los ilustradores científicos son la excepción. Dentro de institutos académicos colmados de investigadores y becarios, son artistas que dan vida con sus pinceles a extensos papers o publicaciones educativas. Página/12 dialogó con Laura Simón y Jorge Warde, dos de los pocos que realizan este trabajo en el país. Largos años dedicados al dibujo científico les han aguzado la mirada y han empujado al extremo su capacidad de retratar la naturaleza con un realismo sin licencias. Simón trabaja en Corrientes y se dedica a las plantas, mientras que Warde se desempeña en Córdoba y se especializa en la fauna. Al tiempo que confiesan el poco reconocimiento que tiene su trabajo, aseguran que las nuevas tecnologías no podrían reemplazarlo.

Bajo la lupa

Todos los días Laura Simón se inclina sobre su lupa binocular con cámara clara y, mirando a través de ella, dibuja con líneas y puntos los detalles minúsculos de alguna de las plantas que contiene el herbario del Instituto de Botánica del Nordeste, dependiente del Conicet y radicado en Corrientes. Es licenciada en Artes Visuales y, si bien cuando era adolescente no imaginaba que ése sería su camino, desde hace 24 años se desempeña como personal de apoyo en el Conicet, confeccionando ilustraciones que integran publicaciones científicas nacionales e internacionales.

Su rutina de trabajo es la siguiente: los investigadores le llevan un ejemplar de la especie en la que están trabajando –que puede ser autóctona o foránea, contemporánea o antigua– y le dan algunas referencias. Simón se interioriza sobre esa familia de plantas, las estudia, y bajo la lupa comienza a ver sus estructuras. Según explica, cada especie tiene sus características particulares e identificatorias, a veces imperceptibles para la mirada ordinaria, y los investigadores le señalan especialmente cuáles son las que necesitan resaltar. “Puede ser en un pelo la diferencia, por eso la observación es fundamental”, explica. Luego pasa a la etapa del dibujo: ayudada por una lupa binocular traza en lápiz el esquema y, si el dibujo es aprobado por el investigador o investigadora, lo pasa con tinta china y plumín a una cartulina satinada. “Un método tradicional ancestral –explica–, que desde el siglo XVIII se usa para trabajar una línea modulada y punteada en un dibujo.”

Para Simón, “en un trabajo publicado es tan importante la descripción de la planta como la ilustración” porque “el científico, el botánico que vea el trabajo tiene que poder ver ese dibujo y reconocer la especie a simple vista, sin necesidad de ir a la descripción”.

La ilustradora señala la necesidad de jerarquizar la tarea de los técnicos, que muchas veces es desestimada en relación con la de los investigadores. “En otra época no nos dejaban ni firmar las ilustraciones”, ejemplifica, antes de destacar que gracias a las exposiciones de ilustración científica que se realizan en el país la disciplina empezó a visibilizarse entre el común de la gente.

Cuando no está absorta entre lupas y armarios repletos de hojas, flores y semillas, Simón se dedica a pintar en acuarela y acrílico. “Mi trabajo me dio una mirada sesgada por un lado y, por otro, ampliada. Tengo una capacidad de observación terrible, pero al mismo tiempo la vista muy cansada.”

Según la ilustradora, en el noreste del país sólo ella y otra mujer se dedican a la ilustración científica y entre las dos, a la vieja escuela, están enseñándole el oficio a un joven. “En todo el país debemos ser 40, exagerando”, arriesga. Pero es justamente lo estrecho del campo profesional y la preservación de técnicas ancestrales lo que hace que los trazos de esta ilustradora correntina sean identificables, tengan dueña. “Esto es de Simón”, puede decir quien observe, con ojo atento, los detalles de alguna especie.

Pluma por pluma

Animales venenosos. Ese fue el primer encargo profesional que tuvo el ilustrador cordobés Jorge Warde cuando se incorporó, hace 43 años, al Centro de Zoología de la Universidad Nacional de Córdoba. Primero dibujaría arañas venenosas, víboras; después algunos mamíferos autóctonos, plantas, máquinas utilizadas en medicina para elaborar medicamentos. Finalmente, el hombre que de niño pasaba horas copiando a pluma las ilustraciones del francés Gustave Doré se convirtió en un especialista en aves, retratándolas con un hiperrealismo que desafía la nitidez del mundo. Warde es licenciado en Grabado y profesor superior de Educación en Artes Plásticas. Pronto a jubilarse, ha alcanzado una destreza y una rigurosidad que ignoraba cuando llegó a la profesión. “Yo al principio veía en el microscopio un animalito que tenía, por ejemplo, cinco pelitos de un lado y del otro lado no tenía nada y entonces quedaba medio descompensado y yo por ahí le hacía también cinco pelitos para que quede más lindo. Entonces venía el jefe mío, miraba por el microscopio y decía ‘¿qué es esto?, ¿un invento suyo, una nueva creación?’. ‘No –le decía yo–. Quería que quede bien compensado de los dos lados, entonces le agregué los mismos pelitos’. ‘Pero no, este bicho no existe, hágalo de nuevo, bórrele los pelitos’”, cuenta con animada tonada cordobesa.

La técnica que Warde utiliza actualmente se la enseñó el pintor fallecido Axel Amuchástegui, quien también se dedicaba al retrato de animales en su hábitat natural. Para trabajar, Warde utiliza un pincel de un pelo, que luego de ser cargado con acrílico es escurrido en una hoja hasta que dibuja el trazo más fino posible. Una ilustración de 10 centímetros por 10 centímetros puede llevarle alrededor de tres días, mientras que los trabajos grandes de pintura le demandan cerca de tres meses. Con ese pincel minúsculo, Warde pinta fondos de vegetación frondosa; traza cada detalle de color y textura de los animales. “Supóngase que haga un halcón o un águila –propone–, esa ave se hace plumita por plumita, cada rayita es una pasada de pincel.”

Warde realiza ilustraciones para publicaciones científicas, afiches educativos, folletos turísticos y entiende que la tecnología no sepultará su disciplina “porque la ilustración es más perfecta que la fotografía”. “Hay cosas que en la fotografía no se ven, porque no todo puede estar en foco, y me las indica el investigador. Entonces yo tengo que hacer mi dibujo de tal forma que resalte lo que me piden”, dice. “Todo es documental, nada es invento. Llamo al especialista, vemos. Revisamos los bichos embalsamados, revisamos bien el color.”

La de Warde es una labor tan dedicada que lo crispa un poco cuando, por ejemplo, sale un afiche con 32 especies pintadas a todo color por él y su firma aparece relegada entre los agradecimientos. O cuando, como le pasó cuando fue a las Cataratas del Iguazú, encuentra reproducciones anónimas de ilustraciones suyas en afiches y folletos.

Según cuenta, Warde es el único ilustrador científico de fauna que queda en Córdoba y año tras año tiene más trabajo. “Yo ya me jubilo –cuenta–, sé que hay otra chica, en otra universidad, que hace plantas, pero no hay más gente. Es decir, que yo me jubilo y no queda nadie casi.”

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“El científico tiene que poder ver ese dibujo y reconocer la especie”, explican los dibujantes.
Imagen: Conicet / Jorge Warde
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