VERANO12

VILLORDO CUENTA LO QUE MONSEÑOR NO SABE

Hace diez años Oscar Hermes Villordo inauguraba la literatura gay argentina con “La brasa en la mano”. Hoy Villordo no sabe si tiene sida, y considera que Quarracino está a punto de convertirse en un energúmeno. “Mi vida fue siempre una lucha porque la vida del homosexual está muy cercada, sobre todo cuando tiene conciencia. Esto es lo que monseñor no sabe, cree que es simplemente una inclinación, un jolgorio”.

Un hombre ama a otro hombre y eso es relatado en poco menos de un día, y entremedio se cruzan los recuerdos de experiencias de varios personajes. Sufridos, locas, vividores. Tipos que cobran pero que también lo hacen porque quieren hacerlo. Todo eso es el material de La brasa en la mano, que Villordo leía a sus amigos para comprobar que “se divertían como locos”. La novela, supo entonces, podría funcionar. En efecto, en menos de un año superó los 60.000 ejemplares, tuvo una edición pirata y Villordo dio por entonces reportajes a granel, y contestaba cartas de gente que quería hablar de eso tan prohibido.

–La reacción de esa gente marcaba una mayor comprensión hacia la homosexualidad del hijo o del vecino. En estos días asistimos al enfrentamiento de las asociaciones por los derechos civiles de los gays y la Iglesia Católica. ¿Por qué la Iglesia adopta una actitud tan cerrada frente a la homosexualidad?

–No creo que sea la Iglesia. A mí, monseñor me da pena, tan obcecado. Me parece que está a un paso de convertirse en un energúmeno. Y más pena me da porque soy católico y un cardenal de mi Iglesia no tiene caridad. El dogma no puede admitir jamás la homosexualidad, ya lo sabemos, pero también hay desde el Vaticano una dureza hacia el hecho sexual y no hay motivos para eso. Es una exageración.

–Cuando usted enfermó y comenzó su tratamiento, incluso habló públicamente de él (sabemos, usted y yo, que en el ambiente literario se habló de sida). Al respecto le quiero preguntar, ¿cómo está su salud?

–Mejor, está mucho mejor. Hice un tratamiento, hago una dieta y tengo una medicación fija. Voy repuntando. Yo tuve hace diez años gastritis atrófica. Después me curé pero no seguí ningún tratamiento, ésa es mi culpa. Esta nana es como la diabetes, que no se cura pero se trata. Hay que darse una inyección por mes para elaborar vitamina B12, porque la atrofia no permite hacerlo y eso provoca anemia. Yo había tenido hepatitis virósica y cuando este cuadro se hace crónico aparecen los virus oportunistas. El diagnóstico el año pasado fue que yo tenía megalocytovirus. Empezaron a combatirlo pero no se logró todavía, y ése es el cuadro.

–Volviendo a La brasa en la mano, ¿puso cosas de sus amigos finalmente?

–La autobiografía es mezclada. Mucha experiencia personal y mucha de los otros, no amigos siempre, de lo que se comentaba en el ambiente. El año es 1950, cuando no había libertad pero se podía conversar, los homosexuales se mezclaban en la corriente como podían y esa experiencia es la que está en el libro. También los lugares. La ciudad entera es el escenario de la novela. Está la estatua de San Martín a propósito, el héroe impoluto que señala con el dedo, y la plaza San Martín, que es un centro de yiro, de búsqueda. Había un mingitorio al que ya se sabía que entrando allí se encontraban buscas, los marineros del puerto que estaban cerca, los colimbas de franco iban allí. Y el comercio no era exclusivamente monetario. Había interés, desde ya, en la homosexualidad, eso siempre estuvo presente. Generalmente el amante tenía que sostener económicamente al amado. Ahora las parejas tienen un tono mucho mejor, más lindo. Por lo menos en las que yo conozco es así. Comparten su vida, trabajan los dos o uno de los dos. Probablemente al reconocer cada uno su homosexualidad sin tanto sentido de culpa se llega a una convivencia más feliz. Yo hubiera querido vivir esta época y no la otra.

–Su gente, sus amigos escritores, ¿la leyeron en clave autobiográfica?

–Te puedo contar lo de Manucho. El jamás había admitido que yo era un escritor, aunque nos conocíamos desde hace muchos años, pero cuando le di esta novela primero me dijo: “Ponés muy bien los puntos y las comas”. A mí me enfureció, pero después me escribió una larga carta y supe que admiraba esta novela. A él le intrigaba saber lo autobiográfico. Me dijo que no reconocía a nadie y que estaba intrigado por saber cuál personaje era yo. El narrador tiene mi entonación, pero él se daba cuenta de que no era yo. “Yo soy Myriam”, le dije, un personaje más bien secundario, el que recibe las bofetadas, el escarnio de los otros homosexuales, se burlan de él. Y yo recibí las bofetadas y al fin de cuentas pasé las mil y una, también con la policía. Una vez durante el proceso estaba conversando con un conscripto amigo mío en una esquina y llegó el patrullero. Nos llevaron a los dos. Inmediatamente el conscripto fue puesto en libertad y a mí me tuvieron como setenta y pico de horas. Tal vez exageré con el personaje pero yo sentía mucho dolor. Por el complejo de culpa, por supuesto. Después empecé a vislumbrar otro mundo. Mi vida era andar por la calle y conversar y de pronto, bueno, me divertía, escuchaba las historias... El amor que se cuenta en La brasa en la mano ya había pasado cuando la escribí, no se repitió, o se repitió de un modo menos intenso, de modo que vivía bien y mal. Yo he sido siempre muy respetuoso, yo nunca le he dado un manotazo a la bragueta de nadie.

–¿Cómo era su relación con la familia?

–Fui lo que se dice un buen hijo. Era el que trabajaba para la familia, yo me sentía obligado porque era una familia del interior. Viví con ellos acá en Buenos Aires hasta que me fui a una pensión y me alejé. En la casa había, yo no diría prevención, pero sí miedo a lo que yo era. Claro, ellos reflejaban lo social, esa vergüenza. Mi experiencia en el ambiente homosexual, la familia, el ambiente literario es la de una línea indecisa, ambigua. En algunas casas no se invitaba a homosexuales, pero de golpe esos mismos dueños de casa iban a otras donde sí los había. Siempre hubo una cierta discriminación. Un espástico era más presentable que un homosexual.

–¿Cómo se conectó con el ambiente literario?

–Sobre todo cuando fui empleado de la SADE. Fue el tiempo en que la Revolución Libertadora puso a los intelectuales en puestos de cultura, que duró poco, porque la verdad es que los escritores no pueden dirigir nada. De todos modos me permitió conocer a muchos, a Victoria Ocampo, a Ezequiel Martínez Estrada. Yo no había publicado todavía, pero sabían que escribía. Un día Victoria me dijo: “Vea, che, yo quiero que publique en Sur”, y me presentó a Pepe Bianco. Le llevé un cuento que todavía está inédito y se llama “El niño internado”. Hay un militar que se hace lustrar las botas por un chico, y hay entre ellos una relación muy muy ambigua. Pepe me dijo: “No se lo voy a publicar”. “Bueno, pero por qué no”. “Porque me corresponden las generales de la ley”, contestó él. ¿No es gracioso? Igual colaboré, no mucho, me daban libros a comentar.

–A partir del sida se planteó que cuando la persona que lo padece es una figura pública, y pasó con escritores, debe darlo a conocer para ayudar a la prevención. Con el caso de Nureyev, incluso desde sectores progresistas le criticaron su silencio. Entre la misión pública y la privacidad, ¿cuál es su opinión?

–La opción es bastante fuerte. Pero yo creo, como creí al hablar de la homosexualidad, que la privacidad es muy importante. Uno puede por razones morales no hacer pública una conducta. Yo pude no haber hablado nunca de mi homosexualidad, es una actitud, pero si se puede caer en la hipocresía es mejor que se hable. En cuanto al sida de estas personas notables que lo padecieron o lo padecen, si quieren guardarse el diagnóstico pueden hacerlo. Además en la Argentina hay una discriminación muy concreta hacia los enfermos. O uno puede tener afectos que no quiere dañar. Yo lo que te puedo decir es esto: mi sospecha es que podría tener la enfermedad porque es demasiado lo que se arrastra, pero no tengo el diagnóstico. Mi vida fue siempre una lucha, porque la vida del homosexual está muy cercada, sobre todo cuando tiene conciencia. Eso es lo que monseñor no sabe. Cree que es simplemente una inclinación, un jolgorio, que uno llega por invitación. Por eso que se acuerden del aniversario de La brasa en la mano me pone muy contento porque ahí está. Muchos homosexuales no me perdonan demasiado que lo vea como algo tan dramático, y yo también he cambiado, pero la conciencia existe. No son mis libros de anécdotas más o menos interesantes con el tema. Es esa vida secreta, profunda, que le pertenece a cada ser.

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