VERANO12 › ESTHER CROSS

Un gran fumador

Creo que me enamoré de mi tío Gabriel antes de saber lo que era estar enamorada. Así son los grandes amores, y un gran amor no era algo extraño en una familia que hacía las cosas a lo grande. Mi padre era un gran deportista y mi madre se jactaba de que el suyo había sido un gran abogado. En casa les gustaba hablar así: era un gran criminal, una gran conversadora, un gran político. Lo bueno y lo malo, practicado por gente de carácter, cobraba esa dimensión. De Gabriel decían, sobre todo, que era un gran fumador. Donde estaba Gabriel, había humo. El cigarrillo era una parte de su cuerpo y él era, para mí, la mejor parte de la familia.

El humo blanco y fileteado quedaba flotando unos minutos, como si fuera su fantasma, cuando cerraba la puerta y se iba. También lo antecedía cuando entraba. Mis hermanos lo rodeaban, a los gritos. Yo corría a alcanzarle su cenicero preferido, de vidrio, grande y profundo como los vasos de whisky que estaban de moda –y si estaban de moda, estaban en casa–. Mi madre se encargaba de los discos. Mi padre se ocupaba de los cubos de hielo. Esa gente sabía tomar. A veces patinaban un poco por el idioma pero también eran muy divertidos.

Gabriel se sentaba en el sillón de pana amarilla. Mis hermanos se peleaban en broma con él y después se iban a su cuarto para pelearse en serio. Yo me sentaba a su lado, lo miraba como si fuera un programa de televisión y comía caramelos y galletitas con el mismo placer intenso, feliz y mecánico con que él fumaba sus cigarrillos. Era una gran gordita.

Gabriel fumaba Parliament. Los LM, decía, eran como un terrón de azúcar y los Jockey eran como dos. Los Kent tenían gusto a paja y los Pall Mall eran un híbrido. Entre los importados prefería los Gitanes y los Dunhill. Fumar le gustaba tanto que en épocas de falta de tabaco, cuando no le conseguían cigarrillos uruguayos, se conformaba con marcas dudosas que brotaban de la nada o la necesidad. Una vez lo vi abrir un paquete de Via Apia. Sentí esa mezcla de piedad y admiración que una siente por los héroes cuando están en las malas.

Yo tenía diez años y usaba talle 14 pero no me importaba. En mi clase había una chica gordísima, Silvia Cotella, y me burlaba de su gordura para salvarme de que las otras chicas apuntaran su crueldad contra la mía. Tenía dónde inspirarme. Las cosas que me decían mis hermanos para molestarme se convertían en el guión de mis burlas a Cotella. Además, a su lado, salía mejor en las fotos y eso me gustaba, porque como toda única hija mujer yo trabajaba para la posteridad. No puedo decir que lo hacía a propósito pero por algo sentía remordimientos cuando pensaba en Silvia Cotella. Los chicos no son ni buenos ni malos, pero a veces es mejor no sacar conclusiones.

Cuando Gabriel venía a visitarnos y nos quedábamos solos, me sentaba en sus rodillas y lo abrazaba. Acercaba mi cara a la suya. El se metía el cigarrillo en la boca y echaba atrás la cabeza para largar el humo, con ese gesto que hoy puedo repetir, idéntico, después de tantos años. Una vez le acaricié el mentón y se rió. Otra vez, le di un beso en el cuello y le acaricié la cara. Gabriel sonrió, me palmeó la espalda y me bajó al piso. Me acarició la cabeza y me dijo que fuera a buscarle un vaso de agua. Fui corriendo. Si me hubiera pedido cosas más difíciles también las hubiera hecho. Pero lo más difícil fue, en todo caso, perderme la oportunidad de estar un rato más largo con él.

Cuando Gabriel no nos visitaba, la pasaba bien igual en mi mundo interior, siempre que mis hermanos no se metieran en mi vida. Me encerraba en mi cuarto a recrear grandes escenas pasionales de películas. También jugaba partidas de un juego, que todavía no tenía nombre, con la punta de la mesa, la almohada, mis queridos dedos. Criticaba a Silvia Cotella por teléfono. Veía películas por tele, donde las actrices de la época de mi madre y mi abuela convivían en la misma generación. Elizabeth Taylor, Vivian Leigh, Lana Turner, Sofia Loren y Raquel Welsh eran contemporáneas para mí porque habitaban la misma pantalla. Usaban escotes extralimitados y daban besos larga duración. Te daban ganas de hacer lo mismo. No podías quedarte quieta. Hay situaciones que son contagiosas y yo jugaba a esas escenas. Era una buena alumna. Tenía vocación.

También tenía un diario lleno de corazones con flechas que decían Gabriel. Era así de fuerte. Algo que se declaraba en cuanto agarraba el lápiz. Algo que me precedía hasta en la imaginación. Escondía el diario pero igual mis hermanos lo encontraron y no se privaron de contarles a mis padres que estaba enamorada de Gabriel. A mi madre le pareció una estupidez. Mi padre les cepilló la cabeza de una palmada demasiado fuerte y les dijo que me dejaran tranquila.

Gabriel era el centro de toda mi atención. Una vez le robé el pañuelo que tenía en el saco y lo olí, a escondidas, hasta quedarme dormida. Otra vez, guardé entre las hojas del diario un papel con dibujitos que había hecho mientras hablaba, fumando, por teléfono. Cuando me pidió que le sostuviera el saco porque quería ayudar a mis padres a cambiar el sillón de lugar fui una de las chicas más felices del mundo.

Gabriel era soltero. Traía a sus amigas a casa para los cumpleaños y las fiestas. Mis padres las dividían en dos grupos. Estaban las bonitas y las interesantes. Todas fumaban como Gabriel y una tenía una tos idéntica a la suya. Mis hermanos se reían como locos y se ponían colorados. Pobres chicas, decía mi madre con orgullo. Otra vez tu hermano, decía mi padre con los dientes apretados y una sonrisa complaciente. Rubias, profesoras, modelos, secretarias, estudiantes. Una vez, una llamó a mi madre y lloró por teléfono. Otra vez, otra se apareció en casa preguntando por mi tío. Mi madre cerró la puerta, corrió hasta el comedor y le dijo a mi padre: “Le dije la verdad, no vive con noso-tros y además está de viaje”. Gabriel era un gran seductor.

Aquel verano alquilamos una casa en Chapadmalal y Gabriel fue a visitarnos con una novia. Era más grande que las otras, usaba un traje de baño blanco, tenía un pelo maravilloso y mi padre opinaba que su cuerpo era formidable. Gabriel le prendía los cigarrillos y se los pasaba. Corría a abrirle la puerta del auto. Le daba su campera cuando ella tenía frío. Le decía linda. Linda esto y lo otro. A Linda le dolía la cabeza muy seguido.

Por la ventana de mi cuarto, yo veía a la pareja que caminaba por la arena con el viento en contra. Me quedé encerrada en la casa tres días porque tuve mucha fiebre. En la casa no había tele, así que leía, comía y espiaba a los enamorados por la ventana. Se detenían, cada tanto, para prender un cigarrillo. A la noche oían música con mis padres. Pasaban mucho tiempo encerrados en su cuarto.

Una tarde vi a Linda en la galería de la casa. Tenía los ojos hinchados y respiraba acelerada. No era como las demás. Linda era distinta. Esa noche, cuando le preguntamos por ella a la hora de comer, Gabriel nos dijo que se había ido. Después tomó todo el vino que había en su vaso de un solo trago. Mi padre hizo una broma pero nadie se rió. Mi madre lo miró y le hizo una mueca a escondidas de Gabriel. Nos levantamos de la mesa y esa noche no oyeron música ni jugaron a las cartas. Gabriel se fue a su cuarto y cuando mi madre le preguntó si iba a dormir le dijo que no tenía sueño. No quiso jugar con mis hermanos y los despachó, de mal modo, cuando fueron a buscarlo.

Hice tiempo en la cocina y después me metí en el cuarto de Gabriel. La puerta estaba entornada. La cama estaba deshecha. Había un cenicero lleno de colillas en la mesa de luz que le había tocado a Linda.

Gabriel estaba sentado en un silloncito. La cabeza apoyada en una mano. El cigarrillo se agotaba entre sus dedos y pensé que iba a quemarse. Lo apagó y encendió otro, en automático. Abrió el paquete, sacó el cigarrillo, dio dos golpecitos contra el brazo del sillón y lo prendió con su encendedor Ronson, pero estaba en otro mundo. Ni siquiera se movió cuando sonó el teléfono, como si diera por sentado que Linda nunca iba a llamar.

Me acerqué y lo saludé. Me regaló una mirada de compromiso. Me senté sobre sus rodillas y lo abracé. Olí su colonia y la espuma de afeitar que se calcaba en su cara, áspera y firme. Palpé su cuello ancho y musculoso. Gabriel me apartó un poco para darle una pitada a su cigarrillo. Estaba volviendo. Miró la brasa del cigarrillo con los ojos entornados, como si calculara la duración de la bocanada de humo que estaba por largar. No pude contenerme. Le di un beso en la boca. Como Vivian y Raquel, como Sofia y como Elizabeth. Con esa mezcla de entrega y tensión que justifica los besos. Un gran beso. Gabriel apretaba los labios. Pero insistí, aferrada a su cuello, hasta que oí, con toda claridad, que alguien cerraba la puerta a mis espaldas. Gabriel cerró los ojos y negó con la cabeza. Nos habían visto.

Esa noche Gabriel se fue de Chapadmalal. Cuando mis hermanos preguntaron, al otro día, por qué se había ido, mi padre les dijo que no se metieran en las cosas de los grandes. Salí a dar una vuelta y encontré a mi madre en la galería. Tenía los ojos hinchados. Miraba la playa vacía con la mano en la frente, para darse sombra. Mis hermanos preguntaron varias veces más por Gabriel y mi padre siempre dijo lo mismo. Yo no pregunté nada. Días después me anunciaron que tenían una sorpresa para mí. Habían invitado, sin consultarme, a Silvia Cotella. Eso era todavía peor que la ausencia de Gabriel, aunque la gorda se dejó convencer y ese verano nos alejábamos en la playa para que nadie nos viera. Había mucho viento y aprendimos a fumar. Los primeros cigarrillos.

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