VERANO12 › PABLO DE SANTIS

El intercesor

I

En abril de 1984 empecé a trabajar en una revista de espectáculos de la editorial Libra. Tenía 21 años, borceguíes y barba. La redacción estaba en un quinto piso y sus ventanales daban a la avenida Paseo Colón. Las máquinas de escribir siempre se rompían, así que terminábamos con las manos sucias de grasa o de tinta. Todos, redactores y diagramadores, entrábamos a las 11 de la mañana y nos íbamos a las 6 de la tarde, excepto una persona.

Silvio Drech llegaba temprano y al mediodía se marchaba. Era un veterano periodista de policiales, que desde mediados de los años ’50 trabajaba por las tardes en el diario Clarín. Amaba su trabajo por sobre todas las cosas: incluso los fines de semana agarraba el auto y se iba a investigar crímenes horrendos y desapariciones inexplicables. En su juventud había leído a Poe, a Conan Doyle, a Leroux, y por eso no vacilaba en arriesgar la hipótesis de venenos exóticos o arcos voltaicos que fulminaban muchachas en bañeras. Sin embargo, no tenía nada de la frialdad de los grandes detectives sino la simpatía humana del teniente Columbo. Aunque sus crónicas policiales eran famosas, venía a nuestra revista para cumplir con una afición secreta: el esoterismo. Astrólogos, mediums, profetas y constructores de pirámides peregrinaban a la redacción para verlo.

–Soy el único que los escucha –decía Drech con melancolía. Sabía que no hay nadie más necesitado de publicidad que aquel que predica el secreto.

En su escritorio, siempre desordenado, se mezclaban fotos de famosos crímenes con otras que daban cuenta de la búsqueda de ovnis o la presencia de fenómenos paranormales. Por ejemplo, ante la foto de un adolescente torvo en un paraje desierto, decía:

–Este chico salteño, analfabeto, movía cosas con la mente. Un comisario fue a buscarlo: una lluvia de piedras lo mató.

Drech era amable con los que recién empezábamos. Nos enseñaba el oficio y nos entretenía con sus historias. Como se iba al mediodía, el trabajo de verdad no empezaba hasta que se marchaba, ya que escribía sus notas con dos dedos en quince minutos, y usaba el tiempo restante para conversar. En general, sus relatos correspondían a viejos casos policiales, o a anécdotas del oficio, pero también contaba una historia que presentaba como un cuento árabe. Era el único relato de esa especie que contaba, y su repetición daba a entender que aquel cuento tenía un sentido especial para él. El cuento era éste.

Un sultán, famoso por su crueldad, pierde un ojo en una batalla. Ordena que busquen al artesano más hábil de todo el reino; sus hombres lo encuentran en un pueblo apartado y lo traen ante el sultán. Este le pide que le fabrique un ojo tan perfecto que no pueda distinguirse del verdadero. El artesano, sabiendo que su vida pende de un hilo, trabaja día y noche en la minuciosa esfera de cristal. Al cabo de muchos días presenta al sultán el fruto de su trabajo. Este le paga unas pocas monedas de oro y el artesano vuelve aliviado a su aldea. El dinero le importa menos que haber salvado su vida.

Pasan los años. Un día, el sultán pasa por la aldea del artesano, que ha sido saqueada por sus hombres, y lo reconoce.

–Artesano, hace muchos años me hiciste un gran favor. Y a cambio de eso te haré una pregunta. Si la respondes correctamente, haré que mis hombres abandonen la aldea sin romper ni quemar nada más. Si respondes mal, ya no habrá aldea.

El artesano asiente en silencio y espera la pregunta.

–Mis dos ojos son tan semejantes que nadie sabe decir cuál es el verdadero, cuál el falso. Mírame. ¿Lo sabes tú?

A pesar del peligro que significa la respuesta, el artesano contesta de inmediato, señalando con el dedo:

–Ese es el ojo falso.

–La respuesta es correcta. ¿Cómo lo descubriste? –quiere saber el sultán.

–Por que en ése hay piedad.

Este era el cuento que contaba siempre Silvio Drech. De dónde lo sacó, nunca lo supe.

II

Entre los visitantes que recibía Drech en la redacción, el más asiduo y notable era el profesor Abestur. Aparentaba unos setenta y tantos años y vestía siempre un raído sobretodo marrón. Era bajo, calvo, grandes orejas separadas del cráneo. Llevaba siempre con él alguna carpeta llena de papeles amarillentos. Su único lujo era un anillo de oro con una gran piedra. Drech (sabiendo que disfrutábamos sus visitas) nos lo presentaba como a una gran eminencia y decía:

–El profesor recibió ese anillo de un obispo en persona, por servicios a la Iglesia que prefiere callar.

–Juré mantener el secreto –decía Abestur, solemne.

–Ustedes saben que el profesor pertenece a un grupo de cinco mentalistas que se hacen llamar los intercesores. Todos los meses se reúnen: ponen una rosa en un vaso de vidrio, se concentran veinte minutos...

–Diecisiete minutos exactos... –corregía Abestur.

–... y hacen marchitar la flor.

Una vez le pregunté, antes de que se marchara el profesor:

–¿Y usted, Drech, lo vio o lo cuenta de oídas?

–Algún día, si hago méritos suficientes, me van a invitar a la ceremonia –respondió con un guiño.

A veces, el profesor mostraba las hojas que llevaba en la carpeta. Eran dibujos a carbonilla de borrosos edificios: construcciones con pinzas de cangrejo, largas patas de insectos acuáticos, alas de libélula, murallas de telaraña.

–El profesor recibe esas imágenes del futuro –decía, muy serio, Drech.

–En el futuro tal vez no haya diferencia entre naturaleza y arquitectura –explicaba el profesor–. Todo será uno y lo mismo.

Pero a veces sus propios dibujos lo llenaban de dudas:

–En realidad no sé si así serán los edificios del futuro, o si estos dibujos forman parte de un lenguaje.

–¿Como jeroglíficos? –le pregunté.

–Algo así. Alguien en el futuro ha encontrado la forma de enviarme a mí y a los otros intercesores estas imágenes a través de los sueños. Tal vez sean edificios reales, tal vez sea un lenguaje capaz de atravesar el tiempo.

Cuando podía, Drech le publicaba alguna de aquellas fantasías. Entre notas sobre divorcios escandalosos, peleas entre vedettes, cantantes sorprendidos con estrellitas en ascenso, las teorías estrambóticas de Abestur pasaban desapercibidas. A mí me encantaban esas notas, por descabelladas que fueran. Drech era el verdadero intercesor entre el ocultismo y nosotros: gracias a él, aquel mundo aparecía rodeado de un aura de genuino misterio, y cuando leíamos sus notas, ya no éramos cínicos enfrentados a charlatanes sino niños ejercitando el don de la curiosidad.

La editorial Libra era un anacronismo viviente. Sus revistas, algunas nacidas en la década del ’40, no encontraban nuevos lectores. Las revistas fueron cerrando una por una, y al final la editorial entera fue a la quiebra. Para entonces yo ya estaba afuera. Con los años, Drech llevó su entusiasmo y sus teorías a la televisión. Una mañana abrí el diario y vi su foto y la noticia de su muerte. Del profesor Abestur nada volví a saber, hasta el año pasado.

III

Era julio. Estaba caminando por Callao rumbo a Avenida de Mayo cuando vi a Abestur, con el abrigo raído de siempre. Si el mismo Drech, tan lleno de vitalidad, había muerto poco tiempo antes, ¿cómo podía vivir él, Abestur, que veinticinco años atrás ya era viejo? ¿Pertenecía realmente a una raza de inmortales?

Lo detuve y lo saludé. Por supuesto no se acordaba de mí, y me miró con alarma, hasta que el nombre de Drech lo tranquilizó. Fue como pronunciar una palabra mágica. Me señaló la confitería de la esquina del Congreso y casi me empujó para que entrara. Nos sentamos junto a la ventana. Enfrente, la clausurada confitería El Molino mostraba todavía su persistente esplendor bajo la capa de hollín y de papeles pegados. Pedí un cortado y él un café con leche y un sandwich de queso. Me alegró ver que pese a los años de previsibles privaciones no había empeñado el anillo del obispo.

–Pobre Drech, querido amigo –dijo.

Le señalé que todavía seguía llevando la misma carpeta.

–Nunca me separo de mis papeles. No quiero que caigan en manos extrañas.

Abrió la carpeta. Edificios cangrejo, edificios libélula, laberintos de telaraña. No importaba el paso del tiempo: en las profecías de Abestur no había lugar para la novedad.

–Estos dibujos están muy lejos de expresar mis descubrimientos. No le dan una idea clara. Ya he trascendido esa duda que tenía entre ciudad y lenguaje. Ciudad y lenguaje son uno y lo mismo. Es algo difícil de explicar. Por eso en casa he estado construyendo una maqueta de esta ciudad. ¿No quiere venir a verla? Usted puede servirme de intérprete ante la prensa. Vivo acá cerca, en Barracas...

Imaginé un cuarto sórdido, una maqueta hecha con cajas de remedios y papel de diario pegado con engrudo. No era el mejor programa. Le dije que estaba muy ocupado, que tal vez otro día. Decepcionado, pidió otro sandwich. Calculé mentalmente si lo que llevaba en la billetera alcanzaría a pagar aquel apetito insaciable. Un vendedor ambulante dejó sobre la mesa un set de biromes de colores; una niña, una rosa envuelta en celofán. Abestur apartó con violencia la rosa y las biromes, como si pudieran contaminar sus papeles amarillentos. Aquellos dibujos, que alguna vez me habían interesado, ahora me producían una desagradable impresión de encierro y locura. Para romper el incómodo silencio le dije:

–¿Se acuerda del cuento de Drech? ¿El del ojo de cristal?

–Sí, claro. Me lo contó varias veces. Un cuento oriental. Hay mucha sabiduría encerrada en las viejas fábulas.

–Tantas horas hablando con Drech y nunca le pregunté por qué contaba ese cuento.

El profesor pareció indignado.

–¿No lo comprendió, a pesar de los años? ¿Cómo puede no comprenderlo? El cuento es claro: no debemos preocuparnos por diferenciar lo verdadero de lo falso sino el bien del mal. Entre lo que saben los intelectuales, como usted, y lo que sabemos los iniciados, como yo, hay un abismo.

Cerró su carpeta, borrando de mi vista su ciudad futura y portátil, y se marchó apurado, como si en algún sitio quedara para él una espera, una urgencia, una obligación. Su brusca y ofendida partida fue la confirmación de mi desatino. ¿Por qué le había hablado? ¿Por qué no lo había dejado pasar a mi lado sin decir nada? Silvio Drech había sido el verdadero intercesor. Mientras estaba él, aquel mundo de charlatanes y magos conservaba su encanto y su inocencia. Sin él, sólo había mentira y desesperación.

Habíamos estado juntos poco más de quince minutos, pero la charla me había dejado sin ánimo y sentí el deseo urgente de volver a casa. El vendedor ambulante pasó por la mesa a recoger sus biromes de colores. Antes de pagar la cuenta quise devolver a la niña la rosa envuelta en celofán, pero la flor se hizo polvo entre mis dedos.

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