VERANO12

El pozo de las ánimas

 Por Marcelo Figueras

Durante días (cuatro, para ser precisa) el extranjero pulió su rutina. Llegaba a la taberna a la caída del sol. Pedía una botella en el mostrador, que pagaba con monedas relucientes. Después marchaba hacia la mesa del rincón. Bebía como si el vino fuese bueno, mientras miraba por la ventana. (Lo único que se abre por las noches, donde Acre termina, es la negra boca del desierto; más allá no existe sino la Nada misma.) Cuando le regalaban un saludo, respondía con monosílabos. Y con el último trago desaparecía en silencio, así como había llegado.

Supe que era extranjero a simple vista. Conozco a cada habitante de este lugar, somos dos mil trescientas treinta y seis personas. (El alcalde de Acre lleva la cuenta. Es la única de sus tareas que desempeña con escrúpulo.) Además los hombres de Filastin están fundidos en el mismo molde: ojos y pelo oscuro, hombros estrechos, baja estatura. (Según mi madre, sólo se permiten crecer a lo ancho.) El extranjero encogía su cuerpo para sortear la puerta; de otro modo se habría roto la frente contra el dintel.

En su primera visita pidió una bebida fuerte. La mayoría opta por el ouzo, sugerí: en Acre producimos una variante en alambiques de cobre, que es alcohol en un ochenta por ciento. Preguntó si el ouzo olía a anís; había percibido el perfume que flotaba en la taberna, al que yo era inmune. Dije que sí. Me preguntó si podía servirle algo más seco. Descorché una botella de vino y se alejó. Su trenza se balanceaba como péndulo, sobre la chaqueta de cuero crudo.

Las mujeres de Filastin también se atienen a un molde: caderas anchas y poco pecho, más bien pequeñas. Yo represento la perfecta inversión del modelo, lo cual ha sido siempre una fuente inagotable de bromas. (Cuando mi padre la harta, mi madre dice que gritará al viento el nombre de aquel que me engendró en verdad. Mi padre se burla del disparate, pero calla. En el fondo, tiene miedo de que mi madre no bromee.) A causa de este exotismo, no pasa día en que algún hombre de Acre, e incluso de otros pueblos de Filastin, irrumpa en la taberna para anunciar que solicitó o solicitará mi mano.

Algunos vencen su timidez para hablarme. Otros fingen olvidar que ya encararon el trámite diez o más veces, con la misma suerte. (“¿Y qué dijo mi padre?”, pregunto yo. Ellos responden: “Que estaría honradísimo de contarme como yerno”. “¿Pero..?”, repregunto. “Pero que sabe que, sin tu consentimiento... ¡lo desangrarías durante el sueño como a un cerdo!”) El resto pretende que aún no se ha casado con una de mis amigas o mis primas y se ofrece igual a elevarme a los cielos. Un paso de comedia gastado que consiento, por el bien del negocio. El dueño de la taberna me recuerda a diario el refrán que habla de los privilegios del cliente.

Sin embargo el extranjero se mostró inmune a mi belleza. Me miró como si fuese una botella más de las que juntan polvo en los estantes (aunque, lo admito, leer sus ojos era difícil: tenía párpados lánguidos y pómulos demasiado altos, miraba desde la protección de aquellos riscos) y nunca dijo más de lo necesario.

La quinta noche, todo cambió.

Acre es todo lo que conozco. Lo cual dice mucho sobre la estrechez de mis perspectivas. Sólo me alejo de aquí para perderme en el desierto, a rumiar frustración. (Más de una vez pensé en arrojarme al Pozo de las Animas. El Pozo es la razón por la que nadie se aproxima a Acre; terminar mis días allí sería una ironía que no hallaría lectores.) Pero mi padre dice que dejar un buen trabajo es llamar al infortunio. Yo suelo responder que peor que dejarlo es descuidarlo, para que adopte la defensiva y olvide mis ansias de ver y ser más. Y me juro otra vez, para mis adentros, que algún día me iré del pueblo más modesto del peor de los astros.

El clima de Filastin es asesino. Dentro del Archipiélago de Koster, somos el planeta más cercano a la estrella-sol. (No pregunten quién es, quién fue, Koster: ciertos saberes no pisan nunca estas arenas.) Aquí nadie vio nunca un archipiélago, pero entendemos el concepto: Koster es el conjunto de astros artificiales que los peregrinos construyeron durante la Diáspora. Dicen que los ingenieros que diseñaron Filastin querían emular la leyenda de Qumram y sus fuentes ubicuas; de ser cierto, sus cálculos erraron. Lo que erigieron fue un orbe con el sistema elemental de un gusano –una boca, un cuerpo, un culo– donde no se puede hacer más que criar cabras y plantar olivos y, cuando hay suerte, vides.

Por eso no sorprendió que el swamp llegase a Filastin, e incluso a Acre, y se difundiese a gran velocidad. Cuando la estrella-sol quema el seso el día entero y no hay mejor aspiración que llegar a alcalde –o casarte con él–, la angustia no puede ser ahogada ni por todo el ouzo del mundo.

–Cuestión de mercado –razonó el dueño de la taberna, cuando le hablé del tema–. ¡Legales o no, los bienes fluyen hacia el sitio donde se los reclama!

Pregunté qué movía a la Iglesia Universal a combatir el flagelo de aquella droga química. El ejército bajo su mando no cobraba tarifa alguna por cruzar el Archipiélago cazando traficantes.

–El interés trasciende, allí, el ámbito de lo económico, y por ende mi sabiduría –respondió–. ¡Deberías preguntárselo al alcalde!

–Días atrás le pregunté por qué no ayudaba a los adictos al swamp. Echarlos del pueblo no es solución. ¡La gente los apedrea, como si fuesen leprosos! Y su respuesta dejó mucho que desear.

–¿Quién puede entrometerse entre un hombre y su deseo? –replicó. Y huyó, para evitar que mis cuestionamientos arruinasen su siesta.

Yo me había habituado, ya, a la presencia esporádica de los soldados. Eran ruidosos, maleducados (la mayoría no proponía casamiento, sino abrazos efímeros) y no se quitaban el uniforme ni para emborracharse.

Esa noche –la quinta, desde la aparición del extranjero– un grupo de ellos irrumpió en la taberna. Estaban recién llegados: lo revelaban sus ínfulas y el brillo de las estrellas que ornaban pechos y espaldas.

Tan pronto entraron, el extranjero salió de su estupor.

Nunca había visto a ese contingente, pero se comportó igual que todos. Los soldados me desnudaron con los ojos. La botella de ouzo (el dueño de la taberna lo estableció tiempo atrás: hay que regalarles una, apenas llegan) aplacó sus apetitos por un rato. A la tercera copa ya estaban ebrios y volvieron a la carga. Como esa vez no parecían dispuestos a tolerar mi negativa, el alcalde –que también estaba allí, porque el licor le abría el apetito que después nada cerraba– se levantó de su mesa y apeló a la diplomacia. Era todo con lo que contaba: el poder del hombre fuerte de Acre es inferior al de un soldado raso de la Iglesia. Pero en aquel momento su simpatía y la segunda botella de ouzo obraron el milagro.

Con un alivio que sabía momentáneo, desvié la mirada hacia el rincón. La botella de vino se había acabado, pero el extranjero seguía allí.

No dudé un segundo. Agarré otra botella y atravesé el salón.

A medida que me acercaba, registré el cambio. Tenía el cuerpo en tensión y ambas manos (curtidas y enormes, pero de uñas prolijas: el detalle no se me escapó) sobre la mesa. Entendí que no elegía esa ubicación por el panorama que abría la ventana, sino porque el rincón protegía sus espaldas.

–¿Le apetece más vino?

No respondió. Tenía los ojos clavados en los soldados. Estaba a punto de repetir la pregunta, cuando movió la copa vacía en dirección a mí.

Dejé la botella y me alejé, maldiciendo mi ingenuidad.

El soldado que se sabía más atractivo operó como punta de lanza. Cuando regresé al mostrador ya estaba allí, diciendo que me dejaría en paz si compartíamos una copa. Serví dos raciones de ouzo y apuré la mía. Fue un error, debí de haber fingido que no bebía. Lejos de cumplir con su palabra, el soldado azuzó a sus compañeros: ¡había dado con alguien que encajaba el licor como ellos!

Rodearon el mostrador. Querían que eligiese a uno del grupo, pero no presentarían objeción, aclararon, si optaba yo por una cifra más alta.

–¡Espíritu de cuerpo, ante todo! –dijo uno que se creía bromista. (El humor militar es al humor lo que la música militar es a la música.)

El alcalde quiso intervenir, pero ya había agotado su suerte. Uno de los soldados lo repelió de un empujón. Cayó tumbando sillas y la túnica se le subió hasta el vientre. El cortejo de adulones que lo acompañaba acudió en su ayuda. Alguien bajó la túnica, cubriendo los calzones deshilachados. El resto bufó, remarcando el esfuerzo que entrañaba levantar ese peso. Preferían compenetrarse en su tarea de grúas a enfrentar a los soldados.

Abrí la boca para protestar. Pero el soldado atractivo me la cerró, pegando una copa de ouzo a mis labios.

–Bébela –instó– y no tendrás que recibir más cariño que el mío.

Para ser sincera, lo consideré. Lidiaría mejor con uno que con diez. Y era consciente de que nadie más acudiría en mi ayuda. Los adulones habían regresado a su mesa, donde consolaban al alcalde dándome las espaldas.

–Yo tengo una solución.

Dijo el extranjero. Que se había levantado y caminaba hacia los soldados. Su cabeza sobresalía por detrás del cerco estrellado. El poder que emanaba de su cuerpo era tan manifiesto que le abrieron paso como si hubiese sonado una orden.

–La muchacha se irá contigo –dijo al soldado guapo– si el que se toma esa copa eres tú.

Sentí desconcierto. ¿Por qué me entregaba el extranjero? Pero el soldado vaciló. La copa temblaba entre sus dedos.

–¿Y quién eres tú, para imponer condiciones? –quiso saber.

–El que te partirá los huesos si no las respetas.

El extranjero habló con la misma voz calma, hasta divertida, con que había terciado en la situación. Por eso los soldados reaccionaron tarde: les costó entender que la frase entrañaba una amenaza.

–¡No podrías contra todos! –dijo el bromista, conservando la distancia.

–Puede que no –dijo el extranjero. Y después, señalando hacia la mesa del alcalde–. ¡Pero los señores no tolerarán que el único que defienda a una muchacha de Acre sea un extraño!

Los adulones sacaron pecho. Con la ayuda de aquel gigante, humillar a los soldados ya no era imposible.

El soldado guapo lanzó la copa de ouzo contra la estantería, donde se estrelló, y llevó la mano a su arma. No llegó a sacarla. Lo frenó el machete que el extranjero le había puesto al cuello. Medía como su antebrazo y tenía aspecto de haber sido usado muchas veces.

–Desenfunda. Por favor –dijo al soldado, sin agitarse–. ¿No ves que tus amigos arden en deseos de vengarte?

Los soldados parecían más dispuestos a salir corriendo que a pelear. Reprimí una risa, para no avergonzarlos por demás.

El soldado guapo encabezó la retirada, prometiendo consecuencias de esas que escandalizarían en cualquier iglesia.

Todavía rojo por la mortificación, el alcalde se inclinó ante mi salvador.

–Soy Sidi Ben Khadri, alcalde de este lugar –dijo–. Le agradezco lo que hizo. ¡De los ciento tres extranjeros que pisaron Acre este año, ningún otro..!

–Oí que el alcalde de Acre era un bueno para nada –dijo el extranjero, guardando el arma en la funda escondida en su manga–. ¡Pero su intervención probó que al menos es valiente!

El alcalde produjo una sonrisa confundida: no entendía si acababan de ofenderlo o de halagarlo. Me ordenó que sirviese a mi salvador todo el vino que desease y regresó al seno de sus amigotes.

–Prefiero pagar. No quiero ponerla en problemas –dijo el extranjero.

–No los habrá –respondí–. El alcalde es el dueño de la taberna. Además, ay, de mi señor padre.

Se llamaba Moran. Y cobraba por llevar adelante un trabajo peligroso: acabar con las alimañas que llamamos tosks. Esos bichos abundan en el Pozo de las Animas. El Pozo es la boca de Filastin, un tubo que filtra la energía estelar y la materia orgánica que alimentan la máquina que es, en esencia, mi planeta. Y los tosks son parásitos que destrozan los dientes del Pozo. Se parecen a una verruga con dientes, del tamaño de un carromato. ¡El machete de Moran no les hacía mella!

Sé que amaba saltar entre planetas, haciendo lo necesario para ganarse la vida, y que lo necesario solía ser riesgoso, la clase de tareas que los locales se niegan a hacer. Sé además que algo lo puso en movimiento, más allá de la sed de viajar, y que ese algo era un tema sobre el que prefería ser discreto. Pero esto último no lo supe esa noche, cuando aceptó más vino en agradecimiento, sino después. Aquella noche se limitó a investigar la copa rota por el soldado (que no olía a anís, sino al swamp con que la había emponzoñado) y a responder, mientras tanto, mis preguntas sobre su presencia en Acre. Se despidió muy pronto, con un pedido: que me cuidase al salir.

Respondí que mi casa quedaba al otro lado de la calle, y que no la cruzaría sola. (Los adulones seguían tirando de la lengua de mi padre, que regalaba ouzo a manos llenas. Mi madre dice que no habría ganado una sola elección, de no poseer el mejor alambique de Acre.) Pero como Moran también podía ser blanco de la ira de los soldados, lo insté a salir por la puerta de atrás.

Demoré una hora en poner todo en orden, deshacerme de los borrachos y echar candado. Mi padre podía caminar apenas, pero confiaba en la protección de Hassan el Tuerto, el adulón que oficiaba de guardaespaldas y saqueaba la cocina para ira de mi madre. Fue Hassan quien aseguró que la calle estaba despejada y nos invitó a salir. Un segundo después estaba en el polvo, abatido por la porra del soldado guapo. Mi padre tampoco esquivó el bastonazo.

–Ahora me llevaré más de lo que había soñado arrancarte –dijo el soldado, agitando la porra debajo de mis narices.

Yo le sonreí. No era la reacción que esperaba. Pero le agradó, al igual que mi mano sobre su nuca y la boca que ofrecí para el beso.

Lo que no le gustó fue el tajo en el cuello. Yo no llevo encima un machete, pero mi daga desangraría al cerdo más bravo.

Fue mi segundo error de la noche. En el impulso, no consideré que el soldado no debía estar solo. Otros cuatro esperaban al amparo de las sombras.

Pero las sombras eran grandes. Y le habían ofrecido albergue a alguien más.

Moran despachó a los cuatro sin proferir sonido. Después se inclinó ante el soldado guapo y examinó la herida de su cuello. Acto seguido, alzó el machete y cortó la cabeza de un tajo.

Todavía alelada, lo vi sacudir a mi padre. A quien le costó reaccionar, hasta que los uniformes troceados lo llamaron a la sobriedad.

–Voy a esconderme en el Pozo de las Animas. Allí nadie se animará a buscarme –le dijo Moran, con otro sacudón–. ¡Diga usted que no vio lo que acaba de ocurrir y la Iglesia lo dejará en paz!

Mi padre asintió. Moran lo soltó y se volvió hacia mí. Me preguntaba en silencio si estaba bien.

Cuando enjugué mis lágrimas, ya no estaba allí.

Lo vi una vez más. En el Pozo de las Animas, donde fui en su busca. A pedirle que huyese de Filastin cuanto antes (la Iglesia lo acusaba de traficar swamp y le atribuía no cuatro sino cinco homicidios) y que me llevase con él.

Me abordó por la espalda. Apuntaba con un arma capaz de abrirle a Filastin una boca nueva, y tenía una mueca en el rostro. Creí que mi devoción lo había conmovido, al fin. Pero confesó que había estado cerca de volarme en pedazos.

Le dije que mi padre había sido interrogado a los golpes.

–Juró que no había revelado tu escondite –le dije–. Pero no le creo. ¡En cualquier momento los soldados atacarán este lugar!

Sonrió por primera vez. Y comprendí que había vuelto a pecar de ingenua. Los soldados atacando el Pozo: eso era lo que Moran quería, así como había buscado responsabilizarse por mi crimen. Contaba con que mi padre lo traicionaría –por eso lo había reanimado–, recuperando así las simpatías de la Iglesia y con ellas la posibilidad de conservar la vida.

Mis lágrimas no lo persuadieron. ¿Qué sentido tenía llevarme con él y exponerme, así, a peligros peores de los que había querido protegerme? Si sobrevivía a la escaramuza en el Pozo, se convertiría en proscripto. Nadie le ofrecería santuario, y cuando cayese, yo caería con él.

Aun así, me dedicó sus brazos, en pago a mi osadía. Fue entonces que insinuó que había algo, en su pasado, que lo había movido a actuar como actuó, pero ese algo –insistió– no debía de echar sombras sobre mi vida.

Tropecé durante el ascenso y también en el camino de regreso. Mis pies habían perdido la razón de andar.

Ya estaba en la taberna cuando el suelo tembló. Creímos que sobrevendría algo peor, pero la tierra onduló levemente –subimos, bajamos, subimos– y a continuación nos alcanzó un viento maloliente.

–¡Fue –dijo Hassan– como si Filastin hubiese eructado!

La Iglesia Universal no dio con Moran ni con la patrulla que acudió a capturarlo. Los tosks espantaron al nuevo batallón de soldados, que salió despavorido del Pozo de las Animas. Y la vida volvió a la normalidad.

Según mi padre, no durará. Tarde o temprano, la Iglesia Universal se adueñará de Filastin, que es lo que pretende. Esto no lo dice, porque no hace falta: si eso ocurre dejará de ser alcalde. Y quizá pierda también el alambique y la taberna.

Anoche, a la hora de cerrar, me permití llorar, creyéndome sola.

–Yo creo que Moran está vivo –dijo mi padre, sobresaltándome. Se había sentado en la mesa del rincón, entre sombras, y a pesar del ouzo absorbido durante la noche, parecía sobrio–. Podría usar como excusa que fuiste en su busca. ¡Ya me cansé de entretener a tus pretendientes!

Mi padre había entendido que yo corría más peligro quedándome que yéndome. Pero no fue eso lo que me asombró anoche, no. Lo que me deslumbró fue la noción de que Moran también lo había previsto.

Maldito seas, extranjero, allí donde estés. ¿Quién crees que eres, para forzarme a estar a la altura de mis promesas?

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