VERANO12 › POR CARLOS DAMASO MARTINEZ

La niebla

“La niebla, el aire impuro atravesemos”
William Shaskespeare

Está todo tranquilo, dijo el barman del ferry. Era un hombre joven, el saco blanco le quedaba un poco chico o había engordado demasiado en los últimos meses. Detrás de la barra, después de haber hablado esperaba con una sonrisa que el hombre canoso, sentado frente a él, sobre el taburete, le contestara. No le parece, doctor Foster, insistió algo agitado, y el hombre canoso, con una voz ronca, casi afónica, finalmente le respondió: Sí, tal vez, aunque tengo mis dudas. Pero doctor –dijo el barman, moviendo la cabeza levemente de abajo hacia arriba–, si usted va y viene todas las semanas en este barco casi como yo y conoce este río más que cualquiera. Es cierto, es cierto, murmuró el hombre canoso y estiró su vaso vacío hacia el barman. Seguimos con el escocés, dijo este último y buscó en los estantes una botella de whisky ya abierta y le sirvió hasta la mitad del vaso. Cuando me vieron caminar hacia ellos, me observaron y tuve la impresión de que yo interrumpía un diálogo recién empezado. Pedí un café, aunque ese hombre bebiendo whisky me provocó ciertas ganas de imitarlo. Pero era aún temprano para dedicarse al alcohol. Mientras tomaba el café, miré hacia el salón y vi a algunos pasajeros sentados en las butacas. Éramos muy pocos los que viajábamos esa noche. El doctor Foster levantó su cabeza y dirigiéndose al joven barman, dijo: Supongo que ya arreglaron la bodega. El joven tardó en responder: Creo que sí, dijo. Luego bajando la voz, agregó: Para decir verdad, lo van a hacer la semana que viene, interrumpirán el servicio del barco por setenta y dos horas por lo menos. El doctor Foster dejó de mirarlo y para sí murmuró: Son unos irresponsables. ¿Cuánto hace que siguen estirando el asunto? Con un tono tranquilizador el barman dijo: No creo que haya peligro, es una filtración muy pequeña. Sí, claro farfulló el doctor Foster. De lo que no nos vamos a salvar es de la niebla. El barman contestó: De eso no, hay mucha niebla esta noche.

Terminé mi café y fui a sentarme en una butaca cercana al bar. No tenía ganas de leer así que me quedé mirando hacia la barra hasta que apareció la señora Bermúdez, dueña de una cabaña de madera en el barrio Los Pinos, a quien conocía porque me la había alquilado en una oportunidad. Esa época de los fines de semana en Colonia había quedado atrás. Ahora yo venía de Montevideo y por razones de trabajo había elegido volver por Colonia. Vi a la señora Bermúdez acercarse al bar. Llevaba una campera de nobuk y pantalones al tono. Era una mujer de edad madura, muy alta, afable pero distante. Se dedicaba a construir cabañas como la suya con un socio brasileño, que le enviaba las maderas y los planos desde una población de Río Grande do Sul. Decía que era casada, pero nunca la había visto con su marido. Desde mi asiento observé que saludaba al que el barman llamaba Doctor Foster y entonces pude asociar ese nombre y esa persona. Claro, del doctor Foster me había hablado un médico psiquiatra que tenía casa desde hacía muchos años en Colonia. Si no me equivocaba él era historiador, había enseñado en la Universidad de la República Oriental en Montevideo y sabía mucho sobre la historia colonial del Río de la Plata y especialmente sobre contrabando, naufragios de barcos y de las aventuras de piratas y corsarios por estas costas. Yo había leído, ahora que recordaba, un par de artículos en El País. Vivía en Colonia y viajaba mucho a Buenos Aires, de donde era oriundo. La señora Bermúdez lo saludó con un apretón de manos. El doctor Foster le sonrió y se acomodó los anteojos. Ella se ubicó al lado de él en la barra y pidió una gaseosa. Llevábamos ya media hora de viaje, estábamos casi a mitad de camino, pese a que el barco ferry iba más despacio que de costumbre. Hacía unos años que había entrado en servicio en esta compañía naviera, era un barco de fines de la década del cincuenta y tenía su buen récord de navegación por el Mississippi. Desde allí lo habían traído y estaba completamente reciclado. Ahora era el transporte de autos y pasajeros más rápido que cruzaba el río, desde Buenos Aires a Colonia y viceversa. Por supuesto, todo esto aparecía en un folleto de publicidad y al principio del viaje lo informaban por las pantallas de video. Poco a poco fui entornando los ojos, y creo que me dormí unos minutos, cuando un ruido muy fuerte hizo temblar al barco. Pensé en una bomba, y ya despierto, imaginé que habíamos chocado con algo. Después del ruido y el temblequeo general, sobrevino un silencio casi ominoso. En el bar, seguían el doctor Foster y la señora Bermúdez sentados en los taburetes, mientras el barman levantaba los restos de varias botellas y vasos que se habían estrellado en el piso. Algunos de los pasajeros, ya repuestos de la sorpresa, corrieron hacia los pasillos. Dos chicas ayudantes de a bordo los contuvieron y les dijeron que nada grave había sucedido. Me acerqué al bar, nadie hablaba, el doctor Foster tenía bien sujeto el vaso con su mano derecha. En la barra la señora Bermúdez me reconoció y me dijo, casi susurrando: ¿Qué habrá sido? No supe qué contestarle. De pronto por los parlantes, surgió una voz grave que decía: Les habla el capitán Mefis, les ruego que mantengan la calma, se trata de un accidente en la bodega, no hay peligro alguno. Un camión mal frenado se desprendió al realizar nuestra embarcación una maniobra de giro. Les ruego que sepan disculpar. Seguimos navegando regularmente. Hay mucha niebla pero podemos avanzar con seguridad. En poco más de media hora estaremos arribando al puerto de la ciudad de Buenos Aires. Cuando terminó de hablar, se escucharon algunos gemidos y gritos de alivio, luego alguien inició un aplauso que enseguida contagió a todos los que allí estábamos. Menos mal –dijo el doctor Foster–, llegué a pensar que la filtración se había agrandado de golpe. Espero que ese camión no haya estropeado a ningún otro vehículo. Mirando a la señora Bermúdez, agregó: Yo viajo sin auto, pero usted no. La señora Bermúdez le contestó: No sea tan pesimista. Espero que no haya ocurrido nada grave, abajo. El barman dijo: Ha sido un simple accidente. Ya ha pasado otra vez, hace como un año. Lo único que me preocupa es la niebla. ¿Por qué, puede ser peligroso?, pregunté. El joven de saco blanco me respondió: No, no, pero dificulta un poco. Me senté al lado del doctor Foster y pedí un whisky, me pareció que ahora la situación era la adecuada para tomar algo fuerte. Son cerca de las once, ya tendríamos que haber llegado, dijo la señora Bermúdez. Una pareja se acercó a la barra, ella era bajita y delgada, tenía una cabellera rubia y ojos claros, tal vez azules. Su acompañante era también joven y llevaba un montgomery azul muy parecido al mío. Yo lo había dejado en mi asiento con mi bolso. Pensé que los pasajeros se habían puesto sus abrigos cuando se escuchó el fuerte ruido. El barco poco a poco pareció tener más gente de la que efectivamente transportaba, vi a algunos bajar a la bodega, a otros ir al baño y a muchos acercarse al bar para tomar algo. Como ellos, yo mismo me aproximé a una de las ventanillas y sólo pude ver una niebla espesa que parecía cubrir todo. El barco había entrado en un movimiento continuo de tripulantes y pasajeros; parecía que después del accidente en la bodega nos había quedado un notable nerviosismo y tal vez una solapada desconfianza. Cuando estaba terminando mi whisky y la gente parecía haber disminuido su excitación, volvió a irrumpir la voz del capitán. Esta vez fue más breve. Dijo que debido a la niebla y por orden de la prefectura debíamos detener la marcha del barco. Nos encontrábamos muy cerca del puerto de destino, pero por precaución y por la seguridad de la nave debíamos esperar hasta que las condiciones de visibilidad mejoraran. No sabía cuánto tiempo. De todos modos, agregó, nos mantendrían informados.

Esta vez hubo otro silencio general y la mayoría de los pasajeros se quedó en sus asientos. La niebla, ya les decía yo, dijo el barman mirándonos a los que ocupábamos la barra. Hay que esperar, no es grave, aseguró con cierta ironía el doctor Foster. Y tras una mínima pausa, agregó: A mí me ha pasado ya varias veces, es mejor estarse quieto que andar como un ciego. Los radares ayudan, pero no ofrecen una plena seguridad. No hay de qué preocuparse. Claro, le dije, mientras no haya que pasar la noche aquí. Sí, eso –se sumó la señora Bermúdez–. Mi marido me espera en el puerto y mañana temprano tengo tantas cosas que hacer. Todos tenemos que hacer, dijo el doctor Foster.

Media hora más tarde seguíamos igual, dos chicas auxiliares de a bordo vinieron al bar y comenzaron a llenar bandejas con sándwiches y bebidas sin alcohol para repartir entre el pasaje. Yo me serví uno y me quedé en la barra en compañía del doctor Foster y la señora Bermúdez. La joven pareja había cruzado algunas palabras con nosotros y se había unido de un modo tácito al grupo. Fue la rubia bajita, la que tal vez inició todo cuando se acercó al doctor Foster y le dijo: yo a usted lo conozco de la Facultad, fui alumna suya. El doctor le preguntó el nombre y el año en que había cursado con él. Estuvo más amable de lo que yo esperaba y hasta pareció ponerse contento. Luego la rubia bajita le dijo que por qué no nos contaba alguna de las historias de piratas que habían navegado por este río y visitado nuestras costas en el siglo XVIII y en el XIX. El doctor Foster tomó un breve trago de su vaso de whisky y dijo: de piratas hay tantas, mejor les cuento una que estuve leyendo hace poco de un comerciante de cueros y dos gauchos que en 1792 cruzaron este río a caballo. Nos quedamos sorprendidos, creo que todos enseguida pensamos que el ilustre doctor Foster estaba totalmente borracho. Pero él continuó y empezamos a creerle. Resulta –dijo Foster– que en el otoño de 1792 hubo una gran bajante del Río de la Plata, esto se produce por efecto de vientos que soplan desde las costas de Buenos Aires hacia Uruguay. Y esa vez fue una de las más grandes que hubo porque el río desapareció en pocas horas. El agua había sido arrastrada hacia el mar, y prácticamente el lecho se convirtió en una llanura barrosa que a la vista de cualquiera se parecía a la pampa nomás. Imagínense lo que les digo y piensen lo que habrá sido para la gente de esa época ver así, de un momento para otro, al río sin agua. El comerciante vivía por la zona que hoy es Quilmes, era el mejor comisionista de las dos o tres curtiembres principales de la zona. La cuestión es que esa mañana de 1792, él se encontró frente al río vacío. Con dos gauchos de su confianza ensillaron sus caballos y se largaron a andar por ese territorio húmedo y extenso. Vieron en su camino restos de animales muertos, peces aún boqueando en el suelo, esqueletos de barcos, huesos humanos, el casco de un galeón portugués que se había hundido cerca de la costa; pájaros, principalmente gaviotas sobrevolando sobre ellos, y al asecho de los animales muertos que habían aparecido sobre el río seco. Dicen que llegaron casi hasta Colonia. No pudieron arribar al puerto porque hay un canal pegado al islote San Gabriel, que tiene una profundidad de diez pies mayor que el río en esa parte. Era el único lugar con algo de agua. Fue tan extraordinaria esa bajante que ellos pudieron volver tranquilos, galopando de trecho en trecho y con el tiempo suficiente para detenerse a mirar todo lo que el río solía ocultar. En la costa, un grupo de vecinos los esperaban ansiosos por saber cómo les había ido en la travesía. Pocas horas después el cauce del Plata volvió a estar en su lugar y los que vivieron esa aventura llegaron a pensar que tal vez todo había sido un sueño.

El doctor Foster terminó su relato y nos quedamos pensativos. La rubia bajita encendió un cigarrillo y dijo: Qué historia, ¿no? Después hubo que seguir esperando y empezamos a sentirnos cansados. El barco continuaba inmóvil, probablemente pasaríamos toda la noche allí, en medio del río, quizá a unos kilómetros del puerto de Buenos Aires, como nos había informado el capitán. Poco a poco fuimos abandonando el bar, creo que el doctor Foster fue el único que siguió ubicado ante la barra, con su vaso en la mano. Con la señora Bermúdez nos sentamos en las butacas más próximas. Antes de dormirme, ella me comentó que le habían dicho que el doctor Foster era un hombre muy raro; y que algunos malintencionados en Colonia solían decir que él había realizado un pacto con el diablo, porque aparentaba ser más joven de la edad que realmente tenía. Es tan viejo que ya tendría que haber muerto, recuerdo que dijo.

Me despertaron muchas voces y los gritos agudos de algunas mujeres. Todos estaban pegados contra las ventanillas del barco. Me di cuenta enseguida, por la luz que entraba, de que ya había amanecido. Dejé mi asiento, busqué a la señora Bermúdez y no la vi por ninguna parte. El bar parecía cerrado. Me acerqué hacia una de las ventanillas más próximas y empujando pude abrirme paso entre varios pasajeros, que estaban como locos por lo que habían descubierto. Y así yo también pude ver. La niebla se había disipado, la claridad del amanecer iluminaba ese paisaje alucinante. El barco no se movía, sus motores seguían silenciosos. No muy lejos se divisaba el puerto y los edificios de la costa de Buenos Aires. El problema era que estábamos varados en medio del río seco en esa parte, un lecho de barro y basura esparcida nos rodeaba. Vi botellas de plásticos vacías, bolsas, envases de colores abollados, íntegros, sucios de barro, ennegrecidos; también trapos, esqueletos de mesas y sillas, partes de autos, una infinita cantidad de cubiertas gastadas, todo eso como clavado en el barro oscuro y pegajoso. Sin duda, el agua se había evaporado. Comencé a caminar buscándola por las ventanas y ventanillas hasta que pude verla, por detrás del barco, parecía una orilla amarronada, tranquila y monótona, que se alejaba lentamente, movida tal vez por el fuerte viento que soplaba. Tuve esa impresión de sorpresa y miedo que sentían todos los demás. Pero tal vez con una agravante, yo era uno de los pocos que había escuchado el relato del doctor Foster y me era imposible no pensar que él podría tener algo que ver con lo que sucedía. Lo busqué en medio del desorden y el tumulto de pasajeros por todos lados y no lo encontré. Vi al joven barman, junto a otro personal del ferry, en la puerta principal de salida. Trataban de contener el pánico de los pasajeros. Reconocí por el parlante la voz del capitán dando instrucciones para el próximo abandono del barco. Pude comprobar en seguida –con una certeza que me surgía desde muy adentro de mi pecho– que el doctor Foster, y también la señora Bermúdez habían desaparecido como el agua del río bajo la niebla y la noche.

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