VERANO12

Mamushkas

 Por Violeta Gorodischer

Treinta y siete. Helena, pantuflas rosas, pijama blanco de algodón, acomoda las mamushkas de su biblioteca. Caritas sonrientes y mejillas coloradas. Vestidos verdes con adornos en violeta. Boquitas corazón para seducir a los rusos de la gélida Moscú. Una dentro de otra dentro de otra dentro de otra y así. Las desarma y las acomoda en fila, de mayor a menor, justo frente a los libros de Taschen y los catálogos de ilustradores. Después pone agua para el café.

El año pasado cumplió treinta y seis, pero no se preocupó. Tal vez ayudaron la fiesta y el alcohol: cuando todos se fueron, terminó recibiendo en su casa al tipo con el que se acuesta desde hace ya casi tres años, sin que nunca se haya barajado la idea de una relación seria. Al menos sin que él lo haya hecho. Helena recuerda que la despertó al día siguiente con un manoseo suave, un juego previo que terminó antes de lo que a ella le hubiera gustado. Lo vio dormirse otra vez, ignoró el círculo de saliva en su almohada y se levantó para ir al baño.

Ahora no sabe si festejar, qué festejar. El único llamado que recibió fue el de su madre, histérica porque no le había confirmado si se juntaban a almorzar. Helena dijo sí, dijo voy, y no dijo nada más. Se saca el pijama y mira los rollitos que resisten a pesar de la dieta, los pelos negros que asoman impunes de sus piernas. Si no trabajara diez horas por día en el estudio de diseño esto podría haberse evitado. Pasa la mano: un felpudo áspero ajeno a cualquier forma de calidez. En un par de horas, una ucraniana desconocida va a desnudarla, recostarla, pasarle cera caliente por las axilas, las piernas y el cavado hasta que queme y se endurezca. Entonces va a tirar rápido, firme, con fuerza. Y ella va a reprimir un grito en ese modo de tortura suave: un dolor íntimo que a veces, un poco, le gusta.

Una amiga suya fue madre hace un par de semanas. Ayer Helena fue a visitarla. Saludó con un beso y entregó la bolsa con un enterito celeste para niños de cero a tres meses. Su amiga agradeció, reclinada sobre el sillón de cuerina con su hijo en brazos. Helena miró la succión rítmica, el tamaño enorme de la teta, el borde oscuro del pezón. Se sintió hipnotizada. La amiga se acomodó el corpiño, palmeó al bebé en la espalda hasta hacerlo eructar y después se lo encajó a Helena sin hacer preguntas. Sacó el celular y apuntó con la cámara. Helena sonrió tensa, haciendo fuerza con el brazo izquierdo para que no se le cayera la cabecita de la criatura. Un plato roto en mil pedazos. Una calabaza estrellada en el piso de madera. Una piedra contra el vidrio de una ventana. Antes de irse, le dio un beso en el pelo suave, casi invisible. Olía a jabón de glicerina.

Toma el café. Escupe y le pone dos cucharadas de azúcar, aunque la nutricionista le dijo que no. Ella también podría ser madre. Debería ser madre, si tuviera con quién. Mientras enjuaga la taza para que no quede nada sucio en la pileta, piensa: una casa de tres ambientes y un jardín con malvones rojos. Un sueldo que le alcance para irse de vacaciones más de diez días a Brasil. Más tetas, menos culo, piernas flacas para usar minifaldas sin acomplejarse. Un pelo largo, lacio y fuerte. Un hombre que le diga vamos a comer a lo de mi mamá. Una cuna con barrotes y un móvil de pajaritos. Asientos en el colectivo. Antojos de aceitunas o galletitas con miel. Séquitos espontáneos siempre dispuestos a ayudarla, ombligo del universo, el mundo a sus pies. Una panza blanca, redonda, turgente: que crezca y crezca y crezca, que lo envuelva todo, que no pare de crecer.

A las dos menos cuarto, bañada, vestida y depilada, toca timbre en casa de sus padres. A la tarde se junta con las chicas y por eso eligió vestirse bien. Un vestido nuevo que es suelto y le disimula la panza. Ropa interior negra y con encaje porque en el fondo, tiene esperanzas de terminar la noche con él. O con alguien, si es que su amiga Mariana la sorprende y le presenta al amigo del novio en ese encuentro que le viene prometiendo hace rato y que nunca termina de concretar. La madre, en la piel el bronceado suave gracias al tenis de mediodía, abre la puerta con una sonrisa. El padre todavía no sale del baño. Hay olor a empanadas recién sacadas del horno, copas con vino sobre la mesa. Se escuchan gritos y Karen, su hermana menor, sale del cuarto con sus dos sobrinos.

–Saluden a la tía.

Los nenes se aferran a las piernas de Karen. Vicente, el de siete, no habló hasta los tres años y Helena llegó a pensar que era autista. Cuando Karen no la veía, se sentaba muy cerca del nene y decía “Vicente, Vicente, Vicente”, a ver si él respondía al estímulo o seguía en su mundo. Y Vicente siempre la miraba, con sus rulos negros, con esos ojos color miel, la nariz húmeda de mocos. La miraba pero no le respondía, dejando a Helena con una sensación de vacío que todavía hoy le cuesta explicar. Ahora le dice “hola, tía, feliz cumpleaños” y no mucho más.

Emilio, en cambio, es un huracán rubio de setenta centímetros y remera a rayas azules. Llegó dos años después de que Karen perdiera su segundo embarazo. Fue un caso en doscientos, le explicaron los médicos: casi al quinto mes de gestación, detectaron que había una malformación congénita y que el corazón del feto había dejado de latir. Karen tuvo que someterse a un parto inducido. Su obstetra le recomendó que estuviera consciente para “soltar”. Toda la familia participó del entierro para hacer el duelo, y después Karen y su marido hicieron terapia de pareja hasta que llegó Emilio. Mientras gatea para besarlo, Helena ve que su hermana está más flaca que la última vez. Que se sacude el vestido que compró en su viaje a Miami y se sienta a la mesa con la madre, aliviada de que alguien le vigile a los nenes. Treinta y tres. Trabaja free lance en una agencia de publicidad. Y tiene mucama.

–¿Los mirás un ratito, Helen?

Helena gira para responderle a Karen, pero la encuentra perdida en el celular: “Mi amor, qué suerte que te encuentro, ¿venís al final?”. Helena piensa en Lucas, su cuñado.

Siempre quiso integrarse a su grupo de amigos pero hay algo de ella que a Lucas no le termina de gustar. Al menos eso cree Helena: si no, le preguntaría algo de su vida, o la incluiría en sus chistes, o se reiría a las carcajadas como hace con las novias de los otros cuando ya corrió mucho vino en el asado que siempre hace a fin de año. Vuelve a prestar atención a sus sobrinos. Emilio, sentado a upa de ella, golpea la mesa ratona de madera con una cuchara de plata. Vicente dibuja soles redondos en las servilletas de papel. Emilio golpea cada vez más fuerte, se ríe con intensidad diabólica. Vicente empieza a tachar lo que dibujó y Helena ve cómo la mesa ratona del living acaba de marcarse con la punta filosa del lápiz.

–Vin, cuidado con la mesa de la abuela –dice, y el nene la mira como si no le hubiera dicho nada. En realidad, como si no le importara lo que le acaba de decir. Helena siente algo de humillación, algo de impotencia. Emilio sigue con el golpeteo y a Helena empieza a dolerle la cabeza: un dolor que nace detrás de los ojos y avanza como un torbellino cada vez más grande. Un taladro en pleno microcentro. Una resonancia magnética. Una licuadora prendida por tiempo indeterminado. La gota que cae sobre la frente hasta retumbar en los tímpanos y la corteza cerebral. Y la cuchara, el mango de la cuchara, el ritmo metálico, constante, estridente, de la cuchara. En un impulso, Helena se la saca de la mano. Es un segundo: Emilio parpadea. Mira la mesa, su mano ahora vacía, la mira a ella, abre mucho la boca y empieza a llorar. Helena quiere calmarlo pero no puede. No sabe cómo. Vicente se levanta de golpe, tal vez anticipa lo que viene. Karen llega corriendo desde el cuarto, la melena rubia al viento, la expresión desencajada. Mira la cuchara en la mano de Helena, agarra a Emilio en brazos y, con el celular todavía pegado al oído, dice: “Dejá, gordi, dejá, no vengas”.

Ahora sí, todos sentados a la mesa. La madre con su copa de vino llena, el padre con el pelo mojado, el chaleco a rayas y la tercera empanada en la boca, la hermana en silencio, cortando con un cuchillo para que sus hijos coman. Helena termina la segunda empanada de carne. No va a comer más, así no está tan pesada para el té con las chicas. Su sobrino Emilio juega ahora con el relleno de humita como si fuera arena. Vicente pide ir a ver George de la selva hasta que llegue el postre. La madre de Helena intenta convencerlo de que se quede a festejar el cumple de la tía, pero el nene no tiene ganas. Helena quisiera entenderlo, en vez de enojarse. ¿Tendrá ella hijos alguna vez? En el mejor de los casos, podría embarazarse a fin de año si su historia actual se consolida. Cambiar algunas cosas de él sería suficiente: las remeras de superhéroes, los llamados a cualquier hora, ayudarlo a conseguir un trabajo estable. Y si no, puede hacerlo con cualquiera: ir a una fiesta, elegir uno, mentir y decir que se cuida con pastillas... El bebé nacería en agosto próximo. Ella ya tendría treinta y ocho. Madre primeriza. Todo eso de lo que siempre hablan sus amigas con hijos. Los análisis de sangre, de orina, las ecografías, la translucencia nucal, la punción para ver si tendrá malformaciones, espina bífida o síndrome de Down. Otra opción es congelar óvulos por si todo fracasa. Convertirse en la Dorian Gray de la reproducción asistida. Mientras las patas de gallo avanzan, sus huevos frágiles y translúcidos se mantendrían inmunes al paso del tiempo, listos para activarse ante la señal de largada. Pero cuesta una fortuna. Se muerde las uñas.

El celular vibra sobre la mesa y Helena lo agarra. Un mensaje de él. No se ven hace dos semanas y Helena piensa en la rutina de la no rutina. Encontrarse siempre después de las once, pedir comida en algún delivery, alternar posiciones en la cama, decirse cosas cariñosas pero solo en chiste, como “pupi”, como “mi vida”, como “amor mío”, evitar las salidas en público, no hablar de la familia.

“En qué andás”, lee. Toma un sorbo de vino que le endulza la garganta y le enciende las mejillas. Como las mamushkas. Apoya el pulgar en el teclado diminuto. Sube a la letra c. De coger. De correr. De comer. De creer. De cumplir años. Duda por unos segundos, hasta que su hermana suelta un grito y Helena, rápida de reflejos, tira el celular para atajar a Emilio: de tanto hamacarse en la sillita de madera, casi se va al piso. Lo agarra de la cintura para levantarlo. Emilio vuelve a llorar. La silla tambalea. Karen se acerca a abrazar a su cachorro y Helena sale del cuadro. Desde el sillón, Vicente ignora la película y mira todo con los ojos más grandes que nunca. Por un segundo cruza miradas con Helena, que ve el brillo en sus pupilas y entiende lo que él piensa. A veces, como ahora, Vicente daría cualquier cosa por ver caer a su hermanito. Toma otro sorbo de vino y escribe en el celular: “Cumplo años. ¿Nos vemos?”.

A las seis en punto, Helena entra al bar de Palermo. Mica y Paula la esperan en una mesa al fondo, en el patio, rodeadas de coloridos faroles de papel y carteles en letras de acrílico que cuelgan de la pared. “Love”, “Happiness”, “Peace”, lee mientras se acerca y esquiva a una moza con una bandeja de capuchinos y muffins de chocolate. En realidad sus amigas son cuatro, pero Julieta no viene porque su hijo de un año levantó fiebre y Mariana tiene gripe. Le habló por chat antes de salir. “Que este año se te dé”, dijo justo antes de que Helena cerrara sesión sin animarse a insistir con la presentación del amigo del novio.

Ahora llega a la mesa, saluda, se sienta en uno de los sillones de hierro con almohadones floreados y recibe las felicitaciones. Cada vez son menos en el grupo. Paula sale con un inglés que conoció en su posgrado de Recursos Humanos y en un año se van a ir a vivir a Londres. Mica, que era la última soltera, ya salió tres veces con el tipo que le presentaron en una reunión de amigos. De otros amigos, un grupo al que Helena no pertenece ni quiere pertenecer. Cuando cuenta que ayer fueron a cenar, Paula aplaude y dice que se alegra tanto. Helena quisiera ser espontáneamente buena pero no puede. Tampoco puede dejar de pensar que Mica ya lo vio cuatro veces en dos semanas mientras que, en ese mismo tiempo, ella se vio solo una con él. La moza se acerca y sirve el “teanner” que sus amigas encargaron para festejar.

La mesa empieza a llenarse. Sandwiches de pastrón y pepinillos. Arrollados de queso brie con rúcula y tomates confitados. Budín de coco y zanahoria. Croissants y palmeritas. Una jarra de limonada con menta y jengibre. Tazas enormes de café con leche. Helena mira el despliegue con una mezcla de miedo y fascinación. Piensa que va a comer solo tres cosas así no se hincha y le queda espacio para la cena. Tiene esperanzas de cena. Mira el celular y ellas empiezan con las preguntas:

–¿Te llamó? ¿Se van a ver?

Helena dice “sí”, dice “no sé”, y se llena la boca con una palmerita. Uno de tres. Ahora tiene que espaciar el siguiente bocado y ser más estratégica en sus decisiones. Sus amigas comen y hablan con la boca llena, se superponen entre ellas. Le dicen que lo apriete, que novios o nada, que se haga respetar, que tiene que ponerle un ultimátum. A Helena le encantaría hacer todo eso y más. Pedirle que vaya a comer con su familia. Irse de vacaciones juntos. Pasar las fiestas los dos solos en alguna playa lejana. Casarse, tener hijos, formar una familia con él. “Estamos bien así”, dice. “No necesito otra cosa”. La charla deriva en otros temas. Casas, camas, pelos, tamaños, posiciones, ropa, trabajo.

Helena recuerda la escena del almuerzo. Mira el reloj. Tamborilea los dedos.

Paula y Mica siguen hablando. Ella cierra los ojos e intenta masticar treinta veces, como le explicaron la única vez que se animó a pasar por un dieta club. Uno, dos, tres, cuatro. Abre los ojos y traga.

Un nene de la calle entra a vender biromes. Las tres lo ven, pero no dicen nada. Cuando llega a la mesa, el jogging roto, alpargatas negras y buzo con capucha, Paula le compra una y le da un sandwich de pastrón. Pregunta “cómo te llamás” y Mica resopla. El nene dice algo inentendible y Paula le pide que lo repita justo cuando la moza se acerca para sacarlo. Helena ve la resignación de ese nene que debe tener siete años. Como Vicente. Se acuerda entonces de las noches en su casa, cuando sus padres salían y Karen y ella se quedaban al cuidado de Doris, la empleada paraguaya que las crió. Ella también les hablaba de su infancia en las calles de Asunción. Les decía que entraba a los bares a vender flores y que todos le querían comprar porque era negrita, simpática y linda. También les contaba leyendas donde siempre había un pombero, un duende malo, un lobo y una mujer a la que querían violar. Helena se pregunta si acaso esos monstruos serían los hombres. Piernas sobre piernas en la cama. Chicles de menta. Toblerones en las sábanas. Mujeres que descuidan a sus hijos para cuidar a los del patrón. Los padres pueden morir. Poner el nombre de una compañera en el congelador y hacerla desaparecer. Llenar el cuarto de agua cuando hace calor. Karen siempre la acusaba frente a los padres pero ella no. Ella a Doris la quería de verdad. Cartucheras con cabritas bordadas. Polleras de bambula largas hasta los pies. Diminutas sillas de mimbre. Muñecas de tela. Recuerdos de Paraguay.

–Fomentás el trabajo infantil, hacés caridad la sobresalta el grito de Mica.

–¿Y por qué es mala la caridad? Yo le di algo para que se llene la panza. ¿Vos qué hiciste? –dice Paula, con la vena de la frente marcada.

Mica abre grande la boca y entonces Helena, que se había quedado mirando cómo el nene juntaba monedas en plena calle, cambia de tema como si cambiara de canal. Necesita aire. Pregunta por una amiga del colegio que no ven hace tiempo. Le llegó el rumor de que está embarazada de seis meses y acaba de separarse.

–El la cagaba –asegura Mica mientras moja un croissant en el café con leche.

–Sí –agrega Paula limpiándose la boca con una servilleta en forma de corazón–, pero ella estaba desesperada por tener un hijo. Cumplió treinta y ocho.

Las tres asienten. Se hace un silencio. La parejita de al lado se levanta. Helena decide que su tercer permitido va a ser el sandwich de pastrón. Le cuesta tragar. Mica recibe un mensaje y muestra la pantalla del teléfono: “Finde en Mar del Plata confirmado”. Helena fuerza una sonrisa cómplice que queda a mitad de camino. Paula hace pucherito y dice que extraña al novio inglés. Helena toma un sorbo de limonada y vuelve a mirar por la ventana. El nene ya no está.

–Voy al baño –dice.

Apoyada en la pileta de venecitas, se mira al espejo. Se enjuaga las manos, se moja la nuca. Todo huele a lavandina y desinfectante. Escucha la cadena y una de las puertas de vidrio esmerilado se abre. Helena ve salir a una chica de unos veintipico con una panza enorme. El pelo rubio, lacio y suelto. El vestido de flores. La piel tan blanca. La chica pide permiso con una sonrisa. Un pequeño universo de felicidad. Helena se mueve para dejarle espacio y la mira. Debe estar de ocho. Se enjuaga sus propias manos durante mucho más tiempo que Helena. Las masajea, las acaricia, se seca despacio con el papel.

Helena respira hondo. Saluda con la cabeza cuando la otra se va. “Que estés bien”. La puerta se cierra despacio y Helena queda del lado de adentro. Tiene que salir, pero quiere que la chica se aleje. No verla más. ¿Quién la espera? ¿Qué le espera? ¿Adónde va? ¿Qué sentirá en los minutos previos al parto? ¿Cómo se va a llamar su bebé? ¿Cómo lo va a criar? ¿Se enfermará? ¿Tendrá amigos? ¿Será un líder o una víctima de bullying? ¿Cómo se hace para proteger a alguien? El celular vibra: llegó un nuevo mensaje. Helena lo mira, pero no contesta. Cruza la puerta y camina de nuevo hasta el patio. Tilos en el aire: el olor de la primavera.

–¿Pedimos la cuenta y vamos? –pregunta. Después piensa que los faroles rojos, verdes y amarillos tienen otro sentido ahora. Empieza a anochecer.

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Imagen: Paula Salischiker
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