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“War-Trix”, el misterio de una guerra virtual con muertes reales

El maestro del animé Mamoru Oshii se prueba en el cine “de carne y hueso” con una trama bien sombría y con interrogantes metafísicos.

 Por Horacio Bernades

Desde ciertos cortos primitivos hasta la reciente Looney Tunes, de nuevo en acción (pasando por ejemplos notorios como Leven anclas, algún experimento de Chuck Jones, Roger Rabbitt y Space Jam), el cine de animación y el protagonizado por seres de carne y hueso se vieron tentados a convivir en un mismo espacio de ficción. También sucede, en ocasiones, que realizadores de cine “tradicional” hagan alguna incursión en el cine dibujado, como ocurrió recientemente con el texano Richard Linklater, en Despertando a la vida. Lo que tal vez no cuente con antecedentes es el movimiento contrario: que un nombre consagrado del cine de animación dé el paso al cine con actores de carne y hueso. Eso es lo que aconteció con el japonés Mamoru Oshii, quien desde películas como Patlabor (1989) y Ghost in the Shell (1995) es uno de los nombres mayores del animé y que hace un par de años consumó su primera y muy elogiada experiencia en el cine live action.
Se trata de Avalon, que se presentó en su momento en los más importantes festivales de cine fantástico y de ciencia ficción y que ahora en la Argentina el sello SBP lanza en formatos VHS y DVD, con un título larguísimo y de propia invención: War-Trix, guerra virtual, muerte real. Título que intenta aprovechar el hecho de que –como Matrix, pero también Abre los ojos, El decimotercer piso y eXistenZ, de Cronenberg– la película de Oshii trabaja el tema de la realidad virtual. La película es extraña incluso en su esquema de producción, ya que se trata de una realización enteramente japonesa... filmada en Polonia, con actores y algunos técnicos del lugar, y hablada en ese idioma. En una entrevista incluida en el DVD que ahora se lanza (que, como el VHS, se presenta en versión francesa y con subtítulos al castellano), Oshii dice haber elegido explícitamente filmar allí, dada la fascinación que siempre le despertó cierto look sombrío del cine polaco.
Es sin duda sombría Avalon, con su protagonista reclusiva y solitaria, su mundo opaco y fabril, y una homogénea tonalidad en sepia sucio, que recuerda los verdosos dominantes de No matarás, de Kieslowski. En el epílogo de la película, esa tonalidad terminará contrastando con los tonos propios de lo que conocemos como “realidad”. Como sucede en todos los films sobre el tema, aquí la palabra debe ponerse necesariamente entre comillas, ya que la percepción que tenemos de ella es justamente lo que la película de Oshii pone en cuestión, a partir de un guión de su compatriota Kazunori Itô. Según la premisa de Avalon, en un futuro cercano son muchos los que practican un juego de realidad virtual llamado así, una guerra en la que se trata de sobrevivir pulverizando rivales. A no asustarse que éstos son virtuales, por lo cual ante cada disparo se pulverizan, pixelándose en infinidad de partículas. A su vez, cuando un jugador es “tocado” se deshace en tajadas, igualitas a las que el especialista en efectos especiales Rob Bottin inventó para El vengador del futuro.
De existencia tan impalpable como lo indica su nombre, la protagonista, Ash (“Ceniza”), es uno de los máximos ases en la práctica del juego que, como suele suceder con los videogames, está jerarquizado en categorías. Llegada a la clase A y obsesionada con el único rival a su altura (un jugador que mantiene su nombre y datos en secreto y que se presenta vestido como un monje), Ash descubrirá que dentro de la clase A hay una subcategoría hermética, cuya existencia nadie reconoce oficialmente y a la que se conoce como “Especial A”. En ella tal vez se hallen los propios amos del juego, una suerte de secta secreta denominada “Las nueve hermanas”. Y puede ser que esta secta esté regida por el mismísimo inventor de Avalon, que terminará encargándole a Ash una proeza máxima, que conllevará una suerte de revelación última y oscura.
Con buena parte de sus fichas puestas en el diseño de producción (incluyendo unos efectos especiales tan logrados como funcionales), War-Trix no escapa, como suele suceder con tantas fábulas de ciencia ficción, a los riesgos de la derivación. Desde la leyenda del rey Arturo y ciertas sagas nórdicas hasta 1984 y Blade Runner, es posible que en algún momento el entramado de referencias se torne excesivo. Tanto como lo es el solemnísimo oratorio, que lleva la firma del músico nipón Kenji Kawai y tiene un importante peso en la película. Y que –otra vez el cruce de influencias inesperadas– recuerda enormemente al que el polaco Zbigniew Preisner compusiera para Blue, de Kieslowski.

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War-Trix es una producción japonesa pero realizada en Polonia.
La protagonista, Ash, es reclusiva y solitaria en un mundo opaco y fabril.
 
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