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Qué se puede hacer en la Argentina hoy, salvo ver buenas películas

El cinéfilo jaqueado por la gran crisis nacional siempre tendrá a mano aquellos títulos clásicos e inolvidables, que lo harán olvidar (o no tanto), qué sucede. Aquí, un posible itinerario.

Por Horacio Bernades

En horas de confusión, los creyentes suelen consultar los libros sapienciales. El católico recurre a la Biblia, el musulmán hecha mano del Corán, el judío abre la Torah. ¿Qué hace el cinéfilo? Rastrea su videoteca, en busca de alguna vía de iluminación. Pocos momentos de desorientación, caos e incertidumbre vivió la Argentina como el que se abrió allá por el 20 de diciembre y aún no se sabe si terminó. En pocos días y sumado al bolonqui de rutina que representan las fiestas de fin de año, el sufrido argentino padeció saqueos, crímenes policiales con venia oficial, seis presidentes o ninguno, pulverización de la moneda, bloqueo de fondos, versiones de devaluación, dolarización, pesificación...
Con el cerebro quemado y el ánimo por el piso, el cinéfilo arrastra los pies hasta su videoteca y revisa títulos y carátulas, en busca de aquella clave escondida que le permita entender, exorcizar o al menos aliviar, por la vía más oblicua, lo que ocurre alrededor. En los últimos quince días, los movimientos de su videoteca fueron más o menos como sigue. En Dr. Zhivago, fue directamente a las escenas en que la guardia montada del zar carga a sangre y fuego contra manifestantes callejeros. Ya que estaba frente al anaquel etiquetado como “Rusia”, aprovechó y revió el brutal ataque de los tártaros a caballo, en Andrei Rublev. Sin salirse del sector Tarkovski, se vio Stalker completa. Esa “zona” derruida, puro musgo y deshecho, desolación y vacío, cobró ahora una connotación demasiado real.
Buscando un poco de sana evasión, el cinéfilo vio la trilogía Mad Max completa. Pero el bajo estado anímico le tendió una trampa y terminó asomándose a la devastación posnuclear, el interminable desierto, las bandas armadas y el saqueo de las escasas fuentes de energía como quien mira un noticiero. Intentó fugar, yendo de cabeza al estante “Cine de aventuras”. A esa altura, su organismo estaba ya tan tomado por la enfermedad, que lo único que vio en Robin Hood, Ivanhoe y otras sagas medievales fueron reyes, gobernantes y señores feudales esquilmando a la población con diezmos, impuestos y otros arbitrios. Saltó a Fuga de Nueva York, puro escapismo. Para qué: se encontró con la megalópolis convertida en tierra de nadie y recorrida por salvajes tribus urbanas, armadas de palos, piedras y flechas. En un momento, vio o creyó ver allí un presidente de la nación indeciso, pusilánime y traidor, a quien las bandas ridiculizan, colocándole una peluca sobre la testa. Sintió una rara mezcla de déjà vu, envidia y catarsis.
Con el correr de los días, el escapista fracasado atravesó de pronto una extraña falla temporal, que lo llevó a confundir el siglo XVI europeo con la actualidad nacional. Ante sus irritados ojos, los baños de sangre que tienen lugar en el interior de la corte francesa (en La reina Margot) e inglesa (en Elizabeth) se sobreimprimían con pases de factura y cabezas caídas, en las más altas esferas de la política local. A todo esto, el noticiero mostraba a legisladores y gobernadores provinciales, reunidos para elegir un nuevo presidente. Apagó la tele y puso el flamante DVD de El Padrino, pero se topó con la escena en la que Vito Corleone reúne a los representantes de las otras familias mafiosas, para llegar a un arreglo secreto y repartirse los negocios sucios. Comprendió que no había escape.
Ante las novedades de los últimos días, el cinéfilo acosado se prepara a desempolvar su colección de cine gauchesco (El último payador, sobre todo) y teme verse obligado a revisar Quinteto, esa oscura fantasía de Robert Altman, donde gobierna una teocracia oscurantista. Desesperado, corre al estante “Cine musical”. Al ver la etiqueta de El congreso baila, recula, por las dudas. Queda una última salida: el cine cómico, a salvo de todo contagio con la realidad. Los Hermanos Marx, sobre todo. Pone Sopa de Ganso y va a parar a la inaudita tierra de Freedonia, donde el presidente solicita un préstamo a una dama de dinero, para salvar al país de la bancarrota. La dama lo destituye. “Esta nación necesita un nuevo líder”,dice. La señora nombra en su lugar a Rufus T. Firefly, un tipo idéntico a Groucho Marx. Entre otras decisiones absolutamente arbitrarias, Firefly impone un nuevo himno. Dice la letra: “Prohibido queda ser ladrón/ si el que roba no da comisión”. El cinéfilo apaga la video, luego la luz, y busca refugio en sus sueños.

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Los hermanos Marx, siempre un buen antídoto contra
todos los males de la
“realidad nacional”.
 
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