1 7   A Ñ O S
1987 / 2004
El misterio argentino


Por Sergio Kiernan

Será un misterio que dure hasta el día del juicio final, por la noche. ¿Qué hace de Argentina un país tan variable? No puede ser el clima, porque donde vayas el barómetro se aburre de no cambiar más que lentamente y en una banda estrecha. Buenos Aires siempre húmeda, Córdoba siempre seca, el Chaco un pantanal, el sur ventoso. Todos los climas, decía el manual Kapelusz, pero parece que cada uno en su lugar.
Este buen orden climático no se corresponde con el permanente vaivén de la vida pública. Los 17 años de Página/12 –una franja de tiempo arbitraria pero válida– abarcan del entusiasmo democrático alfonsinista a la resaca del pingüinismo, la inverosímil década menemista y la triste parodia de los presidentes-por-un-día. En el camino pasamos de ser un país de Citroëns y Gordinis a la disolución de la híper, a las compras en Nueva York (y Miami, y Londres, y Madrid, y...), al desempleo, al crack del sobreendeudamiento, a la caída del Durmiente, al que se vayan todos, al presidente con 20 por ciento de los votos.
En esta locura, hay dos constantes. Una es el peso de la política en la vida de la gente. A su vaivén surgen y se esfuman clases sociales, vuelven los exiliados de la dictadura y se escapan los del ajuste, hay pueblos que quiebran y
booms inmobiliarios. Los argentinos pensamos el futuro no como queremos –ni remotamente como queremos– sino como nos dejan los que organizan terceros movimientos, restauraciones estatistas o privatizaciones paradigmáticas.
La otra constante es la desorientación, la sensación de no pegar una. El que se encontró un día con que su tarjeta de crédito valía algo en el primer mundo, en el fondo no podía creerlo. Era de no creer nomás, y el otro Fondo se encargó de cancelar esa ilusión. Los políticos aprovechan que andar perdido da la sensación de que las cosas cambian –uno camina por el bosque, los árboles pasan, hay un claro o un arroyo, se siente que se está yendo a alguna parte– cuando en realidad se traza un círculo, como caballo de calesita.
Mucho más pobres, nos conformamos ahora con que las cosas no empeoren. Kirchner trata de insuflar un aire de epopeya a su gestión, pero todo el mundo está curado de espanto de arengas y banderas al viento. Su capital político parece consistir en una imagen de honestidad y en la conciencia de que aunque nadie se crea nada, él cree en lo que hace. Le alcanza, porque ya quedó claro que una nueva clase política no cae de los árboles de un día para el otro.
Esto explica también que los cambios que vivimos en estos años y que parecen permanentes –la muerte de la censura, Florencia de la V. superstar, los muchos casos en que la gente se organiza para lograr justicia o resultados– son justamente cambios en que los políticos no intervinieron. Por default, parece que aprendimos a hacernos cargo de algunas cosas y no dejarles todo a ellos.
Esto quizá sea cinismo, pero también puede ser un cauto realismo, una admisión de que no éramos tan geniales después de todo, que el camino debe ser largo y sin atajos, que no tenemos mucha idea de para dónde disparar. Si Argentina es un país en recuperación de sus delirios políticos –paciente de Megalómanos Anónimos– esta fase debe ser aquella en que nos paramos y decimos “mi nombre es Argentina” y confesamos nuestra adicción.
Es entonces cuando se pasa a hablar de buena administración, de ley, de honestidad en la cosa pública, de inversión a largo plazo, de respeto a los derechos humanos, lo que irrita a más de uno. Son los que aman la gesta y desprecian como gerentes a los que se toman el trabajo de pensar domésticamente. Por así decirlo, a los que plantan robles sabiendo que toma veinte años que parezcan árboles. Como suele repetir un pensador de cabotaje local, nadie está dispuesto a dar la vida por un presupuesto balanceado. Tiene razón. Pero se olvida de que tampoco nadie va a matarte por un presupuesto en orden.
En 17 años, la disolución de sus sueños descolocados dejó a este país más triste, más realista, con una agenda donde figura en alto darles de comer y mandar a la escuela a muchos, muchos chicos. No es hora de ser Potencia, Primer Mundo o fanal de los no alineados. Que haya un poco de previsibilidad, que no es sólo una chicana de los bonistas.