1 7   A Ñ O S
1987 / 2004
El juego del subigán


Por Horacio Cecchi

 

Es cierto. Hay una constante argentina que se repite a lo largo de su historia, pero en especial en las últimas tres décadas: los que llegan arriba, después bajan y, maravilla de la naturaleza política y económica, vuelven a aparecer arriba. Eterno subibaja, no potestad de todos sino de algunos. Con sólo tomar fuerza y pegar una patadita, olalá, otra vez arriba. Claro, el otro también juega, e inexorablemente hundirá a aquel que supo estar en la cima. Pero hay revancha, en eso consiste el juego, en perdurar el ascenso, soportar estoicamente la caída y subir otra vez. La estrategia no es evitar la caída sino la pérdida de la manija. Nadie que se precie de buen subibajista se desprenderá de esa silla mientras pueda. Claro, en la plaza todos quieren montarse al subibaja, pero hay espacio para pocos. Con tal de jugar a algo, la mayoría termina haciendo una apretada cola en la escalera del tobogán. Ese metafórico juego donde el único ascenso (con esfuerzo y sufriendo los nauseabundos calzoncillos del de arriba, pero haciendo sufrir los propios al de abajo) es tan sólo una ilusión, porque todo consiste en subir para sentir el vértigo de lanzarse en caída. Al principio da miedo tirarse desde tan alto, y uno quiere quedarse para siempre, pero están los otros que empujan y mamá que, desde abajo, pide: “Dale, no seas miedoso, tirate”. Y la criatura común aprende que no debe quedarse arriba y a desear el vértigo.
Pero hay quienes supieron encontrarle la vuelta a la cuestión e inventaron el subigán. Se trata de un aparejo mitad subibaja y mitad tobogán. En ese juego sólo emplean la parte del subibaja que sube y la parte del tobogán que es su cima. Nada de andar subiendo con esfuerzo ni sufriendo vértigos al bajar. Eso es para otros. Sólo el hartazgo de tanta mirada desde la cúpula hace que esos quienes se decidan por el retiro.
Me refiero a los emblemáticos uniformados de la cúpula de la Bonaerense. O de la ex Bonaerense, según desde qué punto de vista se lo mire. Aclaro, desde el mío sigue siéndolo. Porque han perdurado por siempre. Hace pocos días me enteré de una reunión. Habían participado aquellos apellidos que para el público ya no existían. Que un Vitelli, que un Andrés, que unos cuantos ilustres que supieron seguir el ejemplo de sus maestros, el lama Camps, su apóstol Etchecolatz, y el discípulo tibetano, el Polaco Klodczyk, que hicieron de esa fuerza corrupta, sí, pero barroca e ineficiente en la temida Maldita Policía, sólo ineficiente para los demás.
¿Con quién se habían reunido los retirados del subigán? Nada menos que con el honorable senador justicialista Horacio Román, el mismo que fue denunciado hace un mes por enriquecimiento ilícito. El mismo que controló durante años la presidencia nada menos que de la Comisión de Seguridad del Senado. Román, el todopoderoso moronense.
Se habían reunido para clamar a gritos, no al honorable Román, que es un padre más que amigo, sino clamar a gritos que no se apruebe uno de los proyectos de ley de León Arslanian, proyecto que propone arrancarles la caja de retiros a la Bonaerense, la misma caja que ha financiado tantas campañas de intendente y tanto comisario hacendado.
En pocas palabras, aquellos que públicamente se daban por ya retirados de toda plaza, resulta que están allá arriba del subigán, manteniendo el equilibrio en base a ninguna otra cosa que seguir siendo esa arruinada metáfora machista de los verdaderos porongas. Es con ellos, o con sus adláteres, con quienes el poder de turno negocia. Con el Chorizo Rodríguez (en realidad Choriso, con “ese”, porque deviene de chorear y no del embutido ni de ningún fenómeno corporal, como quiso sugerir el propio Choriso en una ocasión, ante una pregunta de mi amigo Carlos Rodríguez). El Ñoño Naldi, dueño de empresas de seguridad con las que compra aquí y allá las voluntades de comisarios, lo que le da una envidiable capacidad de lobby. Cada uno de los porongas retirados tiene sus fichas en actividad, fichas que los transforman en necesarios para intendentes y punteros del PJ. El conocido trípode que jamás se corta y llave maestra para que la Bonaerense deje de serlo. Con semejante escuela, uno se explica que los de abajo duden si seguir cobrando el sueldo y arriesgar la propia vida o intentar entrar en la rosca arriesgando la vida ajena. Ya se ha visto: si paradójicamente caen en cana, será la institución la que los proteja. Se supone que esto va en camino de no ser más. Se supone.
Antes habrá que investigar en qué plaza jugaron de niños tanto apellido ilustre, si es que alguna vez lo fueron.