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Plástica|Martes, 10 de mayo de 2005
GUMIER MAIER EN LA GALERIA BRAGA MENENDEZ ARTE CONTEMPORANEO

El continuo fluir de las cosas

Después de tres años el artista vuelve con una muestra melancólica, en la que objetos y dibujos remiten al mundo de la infancia, al Delta y al movimiento del río.

Por Fabián Lebenglik
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Vista parcial de la muestra de Gumier. Abajo: detalle de uno de los objetos.
Gumier Maier vuelve al ruedo después de tres años, con una muestra individual de la cual podrá decirse casi cualquier cosa, menos que sea el efecto de una impostura.
Lo que se ve –en realidad su materia prima– fue provisto por el fluir de la vida en el Tigre. Pero no llegó tal como se lo ve, dado que intervino el ojo y la mano del artista. Maderas pintadas, objetos encontrados que trajo el río; latas de conserva, envoltorios. También hay una cubetera y un aluminio retorcido sobre una pequeña base de madera. Gumier toma del paisaje lo que el paisaje ofrece y en el caso del aluminio retorcido, el paisaje puso en sus manos una pieza concreta: real, tangible... y muy asimilable a una obra como la que –según la historiografía del arte– hacían los artistas llamados “Concretos” en los cuarenta y cincuenta. Pero si aquella tendencia histórica luchaba contra la representación, a Gumier eso lo tiene sin cuidado. Se puede ser concreto y al mismo tiempo estar dando cuenta del paisaje, de la vida cotidiana y de la lucha diaria.
También el pop –o sus estribaciones– adquiere un sentido cotidiano, casi casual. Aquí las latas de conserva y los envoltorios de golosinas tienen un aspecto tan “natural” que sólo pueden pensarse como un movimiento de sinceridad del artista: vio el papelito y lo pegó. Consumió el contenido de las latitas y las apoyó sobre unas maderas. La estetización de los actos cotidianos son gestos para combatir y homenajear el trajín de la rutina, para afrontar el fluir de los días.
En las obras de Gumier hay un recupero de objetos y de épocas cada vez más melancólico, como si el presente fuera un tímido disfrute abandonado por la resaca del pasado. Y ese pasado está fijado a fines de la década del cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando transcurría la infancia de GM. En sus obras se ven colores y diseños que recuperan retazos de esa época: determinados colores y formas, que a su vez se combinan con movimientos y resonancias musicales. Resonancias, en realidad, de todo tipo; casi proustianas, que conectan objetos, colores y formas con sonidos, vivencias y tiempos, otros tiempos.
A su vez hay otro pasado, más reciente, que se recicla en su obra: otro pasado –algo así como un pasado en grado dos– vuelve la mirada sobre los años ochenta. No sólo sobre la obra que el propio artista realizaba hace veinte años sino también la que hacían otros, como Liliana Maresca. Hay ciertos puntos de contacto entre algunas de las piezas “encontradas” y estilizadas por Gumier ahora y la obra que Liliana hacía a mediados de los ochenta. Se percibe una manera de encarar el objeto a mitad de camino entre la belleza y la casualidad, entre la bastedad y el diseño. El rumor de fondo es el movimiento del río, el movimiento inmóvil, el continuo fluir de las cosas.
En la muestra también hay algunos dibujos y acuarelas; pero esos nos trajo el agua: plantitas, arlequines, plumas. En el caso de los arlequines –que están ordenados en la pared para conformar una figura– hay una secuencia de movimientos, como si fueran figurines que en conjunto bocetan las alternativas de una coreografía futura.
En ese mundo cristalizado en la infancia, los fragmentos recuperados se vuelven juguetes y souvenirs hechos por partes iguales de casualidad, artesanía y memoria. Como si el artista restaurara las maderas y objetos, no tanto para que recuperen su “estado original” sino más bien para que se parezcan a cierto recuerdo que se impone de pronto. Una manera de que los fragmentos perdidos encuentren su destino.
En los últimos años, el núcleo básico de su trabajo no varía, pero sí su sistema de relaciones: las piezas son cada vez más objetuales, más rítmicas, se van independizando de las paredes y su volumen las hace escultóricas. Por eso Gumier vuelve sobre sus pasos, cuando en los ochenta exhibía objetos de la década del cincuenta o sesenta, redecorados y reconvertidos. La estructura modular y combinatoria de las obras coloca en primer plano ciertas nociones básicas de las artes visuales: forma, color, valor, tamaño, escala, proporción, articulación, movimiento, disposición en el espacio. Como en muestras anteriores, su trabajo se va desplazando de la autorreferencia hacia los márgenes de la pintura, hacia lo “menor” y “accesorio”: los útiles, los marcos, los moldes...
Sobre esa mezcla compleja y articulada el artista aplica bandas y líneas de color en combinaciones muy elaboradas. Cada obra expresa una teoría del color, una suerte de versión privada de la escala cromática, que sugiere estados de ánimo.
Gumier se opone a que la obra de arte deba “decir algo” porque cualquier referencia discursiva intencional la volvería obvia y burda. Para él los discursos que fuerzan la obra resultan más compulsivos y autoritarios que sinceros. En todo caso la sintonía entre la obra y otra cosa es siempre provisoria, porque las piezas mismas padecen la precariedad y se constituyen en formatos provisorios.
“Tengo una relación muy melancólica con mi propia producción, necesito la presión y el estímulo externos. Siempre hay algo que me resulta inalcanzable. En realidad creo que nunca logro lo que busco. Creo que mi obra intenta recuperar el misterio que experimentaba en mi infancia frente al mundo, mirándolo todo en busca de sentidos: muebles, espejos, manteles estampados. Sólo después de mucho tiempo pude reconocer esas resonancias en mis ornamentaciones. Pero a la vez siempre aparece algo inesperado, que me desconcierta y que no me atrevo a desechar. No se trata de algo concreto como un color, sino más bien de la sensación de que no llego a descifrar lo que hago.” Así le decía el artista a quien firma estas líneas cuando cerró la década del noventa con una muestra en Belleza y felicidad. Aquella honesta coherencia es la misma que se percibe ahora, seis años después. (Galería Braga Menéndez, Humboldt 1574, hasta el 4 de junio).

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