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Contratapa|Domingo, 21 de junio de 2009

Fundamentos del liberalismo económico

Por José Pablo Feinmann

Sospecho que muchos que andan por ahí, hablando del liberalismo o el neoliberalismo, que defienden la libertad de mercado, que dicen que están con “el campo” (concepto ya casi metafísico o significante abismalmente vacío), periodistas que patotean contra el populismo o el intervencionismo de Estado, o que defienden la acción benéfica de los monopolios o postulan su existencia inmodificable, escasamente han leído la obra de Adam Smith e ignoran cuando lo hacen que es ella la que habla a través de sus logos caudalosos y siempre al servicio de una causa, la de las empresas para las que trabajan. Intenté varias veces discutir temas de Smith con autopostulados liberales o neoliberales de todo tipo y color y raramente descubrí que hubieran transitado su obra magna y monumental con cierto detenimiento. Lo que saben lo saben de los diarios. De la divulgación. La di-vulgata es la cifra perfecta de la degradación intelectual de nuestro tiempo.

Como sea, éste no es mi tema. Me apasiona el pensamiento de los grandes teóricos económicos del capitalismo. De todos, Smith es el mejor y también el más sincero, ya que la teoría que propone (la fundamentación del sistema capitalista de producción) no proviene de una ética de la generosidad sino del egoísmo. El libro de Smith aparece el 9 de marzo de 1776. Se publica en dos volúmenes y se agota en seis meses. Se reeditará siempre que sea necesario. O se harán resúmenes para circulación masiva, para lectores menos dotados para la economía o las lecturas arduas. Nosotros vamos a estudiar las relaciones de Smith con las neocolonias. Y también –no ya trabajando exclusivamente sobre su obra– el surgimiento y la fundamentación del liberalismo económico, que dio origen en nuestro país al fortalecimiento de la oligarquía agraria e hizo de ella su clase más poderosa y representativa, para desgracia de su desarrollo económico, que habría de quedar eternamente ligado a la producción primaria.

Smith es el genial autor de una frase imperecedera en la teoría económica. Dice así: “Siempre será máxima constante de cualquier padre de familia no hacer en casa lo que cuesta más caro que comprarlo” (Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, p. 402). Smith fue el teórico de la burguesía industrial británica. Esta clase pujante necesita emplear obreros en sus fábricas, en sus talleres de manufacturas. Debe alimentar a esos obreros. Debe poner el “pan de cada día” en sus mesas. El pan se hace con harina. La harina viene del trigo. Aquí interviene la sabiduría de ese “padre de familia” que menciona Smith. Si necesito trigo para alimentar a mis obreros debo buscarlo donde más barato lo encuentre. “Cuando un país extranjero (escribe) nos puede ofrecer una mercancía en condiciones más baratas que nosotros podemos hacerla, será mejor comprarla que producirla” (Smith, ob. cit., p. 403). A comprar trigo entonces. Sabia decisión de este “padre de familia” de Smith que es, sin más, el sujeto protagónico del capitalismo: el propietario del capital. Sin embargo, este sujeto debe ejercer una influencia moral sobre las otras clases, las no propietarias. Debe eludir la concentración de empresas. Esta concentración da origen a la malformación que más odia Smith: el monopolio. No dejemos de notar el tono de indignación con que se expresa, como si esa acumulación insalubre (la de muchas cosas en pocas manos o en una sola) arruinara el sistema que él tanto defiende y considera –bastante alla Leibniz– el mejor de los posibles: “El beneficio exorbitante destruye aquella parsimonia que en otras circunstancias es una de las características del comerciante. Cuando las ganancias son excesivas, se destierra de su clase aquella sobria virtud, como si fuera algo superfluo, y el lujo exagerado se hace compañero inseparable de esa abundancia (...) Si el patrón es recatado y sobrio, los operarios que emplea, naturalmente lo serán también; pero si el dueño es gastador y pródigo, el criado, que norma su conducta por el modelo del amo, no podrá menos de seguir el ejemplo de él” (Smith, ob. cit., p. 545). Y a vuelta de página cita un proverbio que lo deslumbra: “Pronto se gasta lo que poco cuesta”. Nada define mejor a nuestra oligarquía terrateniente: hija del liberalismo económico, diseñada para el ocio por la “abundancia fácil” de sus campos concentrados en pocas manos, se entregó al ocio, a la satisfacción de sus deseos más opulentos y al ejercicio constante de la dilapidación. Lejanamente recuerdo haber leído en textos que me dieron la alegría y el deslumbramiento de la nueva temática en que me iniciaba (allá por 1968: el estudio de este país complejo, irritante, trágico, irresistible), definiciones precisas. Primero: la oligarquía agrícola-ganadera era capitalista, pero su ociosidad la alejaba del espíritu burgués. Segundo: era exclusivista (como lo pedía Cané: “Los argentinos cada vez somos menos. Cerremos el círculo y velemos sobre él”), pero estaba lejos de ser una aristocracia. Nietzsche la habría desdeñado hondamente. Carecía del refinamiento, de la cultura de esa clase. Vivía de segunda mano. Consumía, sin mayor criterio, todo lo europeo. Muy especialmente las novedades de su cultura, no sus fuentes. Y carecía también del ímpetu esencial de la burguesía, que sabe que lo esencial del desarrollo del capitalismo es reinvertir la ganancia para producir más y duplicarla. Nuestros oligarcas sólo saben construir palacetes y planear viajes a Europa. En 1912 (en el cenit de su poder), la oligarquía argentina despilfarra el 10 por ciento de su economía de exportación en viajes a Europa. Había venido al mundo bendecida por su Creador. De aquí provienen esas frases: “El gran país que fuimos”, “La patria de nuestros padres y nuestros abuelos” o “Dios es argentino”. Tenía mano de obra barata y tierras infinitas, que entregarían siempre sus frutos para el regocijo y la holganza de unos pocos que eran los dueños de esas riquezas. Smith habría dicho: “Pronto se gasta lo que poco cuesta”. Y si hoy se levantara de su tumba se horrorizaría ante un mundo tramado por los monopolios y los oligopolios, que se devoran el mercado sofocando a sus competidores. Matándolos. A eso se le llama “neoliberalismo”. El neoliberalismo es la etapa superior del liberalismo. La etapa en que los monopolios y los oligopolios traban la libertad del mercado, arrojan de él a los pequeños competidores e imponen sus reglas en todos los órdenes: el económico, el cultural, el político y –muy especialmente– el comunicacional, el arma predilecta del capitalismo oligopólico durante los días que corren. El nuevo Sujeto Absoluto.

¿Cuándo surge el liberalismo? Digamos: a mediados del siglo XIX. O levemente antes. Las llamadas corn laws (leyes de cereales) gravaban las importaciones de trigo para proteger a la oligarquía cerealera británica. Estos agricultores estaban ligados a la producción primaria, no así la vigorosa burguesía industrial, representada por Smith. Esta burguesía, que necesita alimentar a su proletariado urbano, requiere pan barato. ¿Por qué comprárselo a los terratenientes? Ese gran país capitalista que fue Inglaterra no alimentaba vagos, ociosos que buscaban vivir meramente de lo que crecía del suelo. Quería industrias. ¿Por qué, entonces, no importar el trigo de las colonias? De las colonias trigueras. Sí, de esa República del Sur de Latin America que acaba de ganar su independencia, suceso que los barcos británicos saludaron a cañonazos en el estuario de ese ancho Río de la Plata.

Así, la burguesía se anota un gran triunfo. Consigue la derogación de las corn laws. Arremete, para ello, contra los terratenientes: llama “ley del hambre” a las que gravan los productos cerealeros de importación. Producen hambre porque encarecen los productos con que se alimentan los obreros. Consigue así el apoyo de esa clase. Capitalistas industriales y proletarios luchan unidos contra la aristocracia terrateniente. Nada de proteccionismo. Seamos liberales. Abracemos el librecambio. Traigamos trigo barato de los países extranjeros. Al bajar el costo del pan bajaremos el costo del salario, que, como todos saben, es el costo de lo que suma mantener a un obrero. Si algo tan sustancial para esa manutención, como el mismísimo pan, nos sale más barato, más ganancia tendremos. Es David Ricardo el que desarrolla este punto: “Es tan importante para la felicidad de la humanidad entera aumentar nuestros disfrutes por medio de una mejor distribución del trabajo, produciendo cada país aquellos artículos que, debido a su clima, su situación y demás ventajas naturales y artificiales, le son propios, o intercambiándolos por los productos en otros países, como aumentarlos mediante un alza en la tasa de utilidades. He tratado de demostrar, a través de toda esta obra, que la tasa de utilidades no podrá ser incrementada a menos que sean reducidos los salarios, y que no puede existir una baja permanente de salarios sino a consecuencia de la baja del precio de los productos necesarios en que los salarios se gastan” (David Ricardo, Principios de economía y tributación, Fondo de Cultura Económica, México, 1959, p. 101). También Marx aprueba la derogación de las corn laws: “Los obreros ingleses han hecho sentir a los librecambistas que no se dejan seducir por sus ilusiones y mentiras. Y si, a pesar de eso, se han prestado a aliarse con ellos en contra de los terratenientes fue, simplemente, para acabar con los últimos restos del feudalismo y no tener frente a sí más que a un solo enemigo” (Discurso sobre el problema del librecambio, Bruselas, enero de 1848).

En resumen, si el liberalismo nace con la derogación de las corn laws, entonces el liberalismo es casi una creación tan argentina como el dulce de leche o el colectivo. ¿Qué decir? ¿Cómo el mundo nos pide modestia? Hicimos posible el liberalismo. Sí, Dios es argentino. Porque Dios, qué duda cabe, es liberal. Y la tierra del trigo generoso, el país que posibilitó aniquilar las corn laws fue la Argentina de la abundancia fácil. Y nuestra oligarquía terrateniente, centrada en su economía de monocultivo, en su economía de productos primarios, les vendió cereales a bajo precio a los industriales británicos, quienes, para ello, derribaron las leyes proteccionistas y abrieron las puertas del liberalismo para que entraran triunfalmente por ellas los ganados y las mieses que cantó Lugones. Algo salió mal. Para nosotros, claro. Los ingleses se dedicaron a la industria. Alimentaron a su proletariado y fabricaron máquinas y máquinas herramientas. Y cierto día, a fines de la década del ’20 del siglo (también) veinte, los términos de intercambio aniquilaron el valor de las mieses y la tierra fértil, los campos generosos del país de la abundancia fácil no sirvieron para mucho. Y nosotros, que inventamos el liberalismo, fuimos sus víctimas.

¿Por qué? Porque nos dejamos envolver por “el carácter hipócrita común a todos los sermones liberales” (Marx, ob. cit.). Porque no fuimos proteccionistas, lo que nos habría permitido ser industriales y no hundirnos no bien se hundieron los valores de las industrias primarias, ligadas a la tierra, al pasado, al feudalismo. Pero la oligarquía terrateniente era una clase ociosa, y hacer un país industrial requiere laboriosidad y coraje. “El sistema proteccionista (decía Marx) es el medio para crear en un pueblo la gran industria (...) Por eso vemos que en aquellos países en que la burguesía empieza a imponerse como clase, en Alemania, por ejemplo, hace grandes esfuerzos por implantar aranceles protectores” (Marx, ob. cit.). Pero ese proyecto es el de la unidad alemana y se corona con Bismarck a su frente. Aquí sólo estaba nuestra dispendiosa oligarquía agraria. La misma que la buena maestra de ese señor de la Sociedad Rural le dijo que había hecho el país. No le dijo cómo. Porque tal como lo hizo, ni con Dios se hacía bien.

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