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Contratapa|Martes, 16 de julio de 2002

Innombrable

Por Antonio Dal Masetto
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Hace horas que en el bar nos estamos estrujando los sesos con la misma pregunta: “¿Qué vio el paisano santafesino?”. Las interpretaciones son múltiples y cada cual defiende la suya.
–Yo conozco bien el campo, durante años fui encargado de una estancia, por lo tanto soy el único en este bar que puede dictaminar con certeza el origen de la palidez y el temblor de voz que presentaba el hombre. ¿Qué es lo que puede asustar tanto a un paisano, sea de Santa Fe o de cualquier otra provincia? ¿Qué pasó para que se agarrara semejante jabón? Pasó que abrió la puerta y vio la luz mala. Eso es lo que pasó. No me hubiese gustado estar en sus zapatos.
–Lo suyo es una tontería, cosa de viejas, discúlpeme que se lo diga. El paisano en cuestión es una persona civilizada, no va a andar creyendo en la luz mala. Lo que encontró detrás de la puerta es algo pesado, pero muy pesado, y eso no puede ser más que el conde Drácula. Sé de qué hablo. Les recuerdo que mi apellido es de origen rumano y más precisamente de Transilvania. Puedo olfatear la presencia de un coterráneo. Me imagino en lugar del paisano y se me hiela la sangre.
–No quiero ser descortés, pero me veo obligado a decir que ustedes no saben nada. Sin duda la sintomatología presentada por el paisano nos dice que vio algo denso, aunque nada que ver con un infantilismo como la luz mala o el vampiro ese de pacotilla que es una pura invención literaria. Les recuerdo que a nuestros paisanos, sacando el Martín Fierro, los libros no le hacen ni frío ni calor. Yo he estado en más de un exorcismo, me enfrenté con el mal cara a cara y pongo la mano en el fuego que el paisano cuando abrió la puerta lo que vio fue al mismísimo Belcebú, el propio diablo en medio de un aquelarre con el resto de sus demonios.
–Todo lo que están sosteniendo son pavadas. Me considero un hombre del siglo XXI y no puedo aceptar que me vengan con semejantes explicaciones oscurantistas. Drácula no existe, la luz mala no existe, el demonio no existe. Presten atención, miren alrededor y advertirán que estamos rodeados de señales que apuntan en una sola dirección: campo, luces misteriosas en el cielo, vacas mutiladas. Dos más dos son cuatro. Lo que le pasó al santafesino cuando abrió la puerta fue que se encontró con un alien. Cómo no va a tener los síntomas que presenta. Seguro que le mandaron un mensaje telepático ordenándole callarse la boca. Por eso no quiere hablar del asunto. Pero se lo va a contar a los de la NASA, ya van a ver.
–Yo provengo de una formación esencialmente racionalista –interviene el Gallego–, y debo decirles que la de ustedes es una discusión estéril. No nos dejemos influenciar por impresiones subjetivas, prejuicios, supersticiones y dogmatismos. Apelemos a la razón. Tenemos el hecho: se abrió una puerta. Tenemos la declaración: “He visto una cosa que no puedo contar”. Tenemos una conclusión obvia: ahí atrás había algo horroroso. Y ahora pregunto: ¿Qué es lo más terrorífico que puede encontrar un ser humano al abrir una puerta?
–¿Qué es?
–El Innombrable.
–¡Ayyy! –gritamos todos.
–No me cabe ninguna duda de que ahí estaba, agazapado, babeándose de codicia, afilando garras y colmillos. Señores, el monstruo vuelve al ataque para chorearse lo que queda. Cada uno de ustedes tiene razón y además se quedan cortos: el Innombrable es la luz mala, Drácula, el demonio, los marcianos y mucho más. Por lo tanto, apreciados parroquianos, es hora de abandonar las discrepancias, dejémonos de purismos y definiciones minuciosas, porque mientras perdemos el tiempo en estas cosas, el Innombrable va a venir y nos va a robar hasta los calzoncillos. Espero haber sido claro.

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