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Cultura|Lunes, 31 de enero de 2005
ENTREVISTA AL ESCRITOR EDUARDO BERTI

“La influencia de Borges va a durar todavía un largo rato”

El autor de la flamante novela Todos los Funes habla sobre herencias e identidades en la tradición literaria argentina.

Por Silvina Friera
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Berti fue finalista del Premio Herralde 2004.
Borges no dejará de ser un problema o un desafío mientras su influencia siga vigente, dice Eduardo Berti, desde París, ciudad en la que vive desde hace siete años. El escritor argentino habla con la certeza de que su generación pudo relativizar esta herencia conflictiva, mezclando libremente influencias que antes se creían irreconciliables. Su última novela, Todos los Funes, finalista del Premio Herralde 2004, que ganó el mexicano Juan Villoro, resulta un ejemplo original de cómo eludir el pecado de intentar ser más “borgista que Borges”. El personaje principal del libro es Jean-Yves Funès, un profesor especializado en literatura latinoamericana jubilado y viudo, que se sube a un tren con destino a Lyon para participar de un congreso de escritores. Este hombre se enfrenta con los límites de una añeja empresa: escribir un libro sobre todos los Funes literarios que fue encontrando: el de Borges, los de Cortázar, el de Augusto Roa Bastos y el de Horacio Quiroga. El origen de esta obsesión empezó cuando una ex alumna, que luego sería su mujer, eligió su clase atraída por el apellido tan literario del profesor.
Berti compara al personaje del cuento de Borges (Funes el memorioso) con el profesor de literatura de su tercera novela. “El Funes de Borges es insomne, entre otras causas, porque no puede olvidar. El personaje de mi novela es un viejo profesor universitario que cada día duerme un poco más y uno podría sospechar, viéndolo, que lo hace para olvidar no sólo las penas que arrastra tras la muerte de su mujer sino también el remordimiento que le causa no haber terminado un libro que había empezado a escribir con ella. El problema con Funès es que sus sueños le hacen recordar buena parte de eso que, con seguridad, él preferiría olvidar. Porque Funès tiene la buena o mala suerte de recordar a la perfección lo que ha soñado”, señala en la entrevista con Página/12.
–¿Qué obsesiones personales, más o menos conscientes, se filtraron en el personaje del profesor de literatura?
–Calculo que se me parece en su amor por la lectura, la escritura, los viajes y la conversación, aunque esto último es una pasión bastante común entre los argentinos, ¿no? Sin embargo mi padre es, en rigor, el principal modelo consciente que usé para el personaje de Funès. Mi padre fumaba en pipa –él es el autor de esa teoría casi soez que compara a las pipas con las mujeres– y, tal como el profesor Funès, era un “viejo jovial”. Mi padre me tuvo a la edad de cincuenta años. En sus últimos años de vida hablamos mucho acerca de este tema: él no se sentía viejo, todo lo contrario, tenía alma de joven y una enorme lucidez, pero cada vez que se veía en el espejo o cada vez que exigía a su cuerpo más de la cuenta chocaba contra una frontera real.
–¿La búsqueda de “los Funes en la literatura” fue el modo que encontró para plantear, literariamente, la cuestión de la identidad?
–Lo único verdaderamente consciente fue que quise escribir una novela en la cual, aunque todo estuviese fuertemente marcado por la literatura, no se hablara solamente de libros, sino que se abordaran otras cuestiones concretas y más “terrenales” como una historia de amor, un secreto familiar o hasta la traición de un amigo. Sólo después de haber escrito esta novela advertí que en ella, una vez más, reaparecía con tanta fuerza el tema de la identidad, presente en mayor o en menor medida, según creo, en mis libros anteriores. Pero la identidad no es el único tema en el centro de Todos los Funes. Hay otros como, por ejemplo, la relación entre la ficción y la realidad o como, por supuesto, el de la memoria y el olvido. Mis primeros apuntes para este libro se remontan a cuando, hace ya varios años, noté que Cortázar había bautizado como Funes a tres personajes de tres libros diferentes y luego leí que él dijo haberlo hecho sin darse cuenta, simplemente a raíz de un olvido. Me pareció toda unaparadoja que Funes, sinónimo de la memoria en Borges, fuese emblema del olvido en Cortázar.
–Hay una mirada humorística, acaso un tanto irónica, en torno de la mentada “angustia de las influencias”. ¿Borges dejó de ser un problema para los escritores de su generación?
–Borges no dejará de ser un problema o desafío, o como uno quiera llamarlo, mientras su influencia siga vigente. Y me parece que su influencia va a durar todavía un largo rato. Lo que sí pienso es que se puede relativizar esta influencia. Se puede partir de una intuición o de una certeza borgeana sin por ello escribir como Borges ni cumplir su programa al pie de la letra. Y se puede, asimismo, mezclar los ecos borgeanos con influencias de otros autores que, años atrás, nos habrían parecido tal vez irreconciliables.
–¿Por qué, generalmente, se desprecia el humor en la literatura?
–Quizá porque nunca nos pudimos sacar de encima la visión solemne de la literatura como “panteón sagrado” que nos metieron esas maestras que nos dieron a leer el Quijote en la escuela, sin molestarse en explicarnos que lo mejor del libro es su humor y su ironía, y que tomarlo literalmente, como si fuese el Mío Cid, es no haber entendido nada. Mal que le pese a esas maestras, la mayoría de los grandes escritores de estas últimas décadas –desde Borges o Calvino hasta Gombrowicz o Nabokov– han sabido cultivar el humor en sus libros. Claro que conviene ver las diferencias entre la mirada humorística y el simple chiste, así como hay que diferenciar entre un buen relato y una simple anécdota. Lo que al chiste o a la anécdota les falta, por lo común, es una riqueza o profundidad de significados. El chiste y la anécdota no van más allá de lo que están diciendo explícitamente, mientras que la literatura se propone ofrecer otros niveles de significación.
–Mucho se discutió el año pasado sobre literatura argentina: el lugar de Cortázar, Borges, Walsh. ¿Por qué cuesta polemizar sobre lo que se está produciendo y editando, y desde ahí plantear las relaciones con las tradiciones literarias argentinas?
–No soy muy original si digo que contra la empresa de analizar la producción más cercana en el tiempo siempre suelen conspirar la falta de perspectiva histórica, además de los intereses extraliterarios. También me parece que muchas polémicas no son estimulantes o no nos enseñan nada porque parten de desplantes o de frases fuertes pero sin fundamento, o porque se limitan a meros gestos parricidas que hablan menos del supuesto “objeto” criticado que del autor de la crítica. Con esto no digo que no haya que reflexionar. Al contrario. Pero tal vez el desafío pasa por encontrar el tono justo para hacerlo. No horrorizarse cuando, por ejemplo, alguien afirma que prefiere al Borges narrador por sobre el poeta o al Cortázar cuentista por sobre el novelista. Pero tampoco presuponer que eso significa el punto de partida para armar una versión literaria de Polémica en el fútbol donde todos gritamos a ver quién dice la frase más impactante.

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