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Deportes|Domingo, 15 de noviembre de 2015
LAS CONSECUENCIAS DEL VIERNES QUE ESTREMECIO AL MUNDO

El fútbol como blanco posible

Los atentados en París dejan una certeza. Aun cuando las bombas no explotaron en el Stade de France, todo corre peligro. De Bin Laden al ISIS, la idea de atacar un estadio no es un delirio terrorista. Al contrario.

Por Gustavo Veiga
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La confusión provocada por un petardo que no es tal, que es más que una explosión, que es la confirmación de una serie de atentados simultáneos en París, ratifica que un estadio de fútbol, un espacio abierto donde se amontonan miles de personas, puede ser una trampa mortal e incluso quedar disimulada como una mina antipersonal. Cualquier experto en seguridad lo ratificaría. Una cancha poblada y de grandes proporciones es un blanco muy vulnerable. El Stade de France, en los suburbios del norte de la Ciudad Luz, era posiblemente un objetivo. El ataque no se produjo en su interior, pero llegó a sus puertas, con el presidente François Hollande como espectador en un palco. Lo tuvieron que evacuar mientras se cometía la masacre.

La red Al Qaida ya habría planificado algo semejante en 2007 contra el Stamford del Chelsea o el mítico Old Trafford del Manchester United. Pero no hubo ni una bomba de humo. Esta vez, en las inmediaciones del gran escenario parisino, se contaron cuatro muertos y tres explosiones. La próxima puede haber más. Francia y Rusia, organizadores de la Eurocopa 2016 y el Mundial de 2018, respectivamente, temen cosas peores. Un partido repleto de público es un objetivo fácil. Y además, garantiza la amplificación mediática de un posible ataque. Los kamikazes del Califato Islámico lo saben y es muy probable que vuelvan a intentarlo después de la próxima represalia que se anticipa contra sus bastiones en Irak y Siria.

La escena de los 20 minutos del primer tiempo, con el amistoso 0 a 0 y mientras la selección francesa se pasaba la pelota hacia atrás y la de Alemania esperaba en su campo, es una postal del tiempo que vivimos. Y se volvió viral. El sonido de la explosión en las inmediaciones del Stade de France parece el de una bomba de estruendo, pero no lo es. No lo provocó un fanático de la Blue y sí uno del ISIS, tal como parece hasta ahora, con los muertos y los heridos en una cuenta todavía no cerrada. Dos palabras, fútbol y terrorismo, irán más juntas que nunca a partir del viernes que estremeció al mundo.

Atentados masivos siempre hubo, antes y después del ataque a las Torres Gemelas. Pero si el 11 de septiembre de 2001 inauguró la era posterior de las guerras preventivas con George W. Bush como promotor, Bin Laden ya iba al fútbol en 1994 como un hincha más. Mientras vivía en Londres, donde pasó tres meses, frecuentó el estadio del Arsenal. Su simpatía quedaría comprobada un tiempo después. Un dato que tampoco escaparía a los hinchas del club. Porque le dedicaron un cantito: “Osama, oh, oh/ Osama, oh, oh, oh, oh/ He comes from Taliban/ He is an Arsenal fan”. Pablo Vignone lo contó en un artículo de este diario en junio de 2009: “Más o menos traducido quiere decir: ‘Osama, es un talibán, es un hincha del Arsenal’”, con la música de “Volare”, el tema del recordado Domenico Modugno.

Al líder de Al Qaida –cuenta la leyenda– lo vieron en la vieja cancha de Highbury durante algunos partidos del Arsenal en la Champions League. En ese barrio se fabrican armas de fuego y municiones desde hace siglos. ¿Acaso lo sabía Bin Laden? Ya famoso, en el club le prohibieron la entrada al estadio. Y en 2007 acusaron a su red terrorista de planificar ataques contra los escenarios del Chelsea y el Manchester United. Lo publicó el desaparecido diario News of the World de Rupert Murdoch, cerrado por su dueño en 2011 tras un escándalo con escuchas telefónicas del que no pudo recuperarse. Y eso que iba primero en ventas.

Esta vez, la amenaza se concretó a pasos de donde se jugaba un partido de fútbol. El presidente sirio Bashar al Assad dijo: “Francia conoció lo que vivimos en Siria desde hace cinco años”, según la cadena radial Europa 1. En su país, el fútbol no puede jugarse en todo el territorio desde que comenzó la guerra civil. Los partidos de la temporada 2013-14 se disputaron en las ciudades de Damasco y Latakia, que están bajo el control del gobierno. El último entrenador europeo de la selección siria, casualmente un francés, Claude Le Roy, duró apenas dos meses en el cargo. Había firmado su contrato en marzo de 2011 y se alejó en mayo de ese año.

Lo que ocurrió el viernes en París tiene que ver con lo que sucede en Siria y en buena parte de Medio Oriente. Cualquier analista internacional nos lo cuenta a repetición. Las bombas que matan no discriminan a nadie en la aldea global que planteó el filósofo canadiense Marshall McLuhan. Tras los atentados, la selección alemana durmió en el Stade de France. “No nos encontrábamos con ánimos para cruzar París”, dijo Oliver Bierhoff, el manager del plantel. El entrenador Joachim Löw comentó: “Todos estamos horrorizados y muy conmocionados por lo que pasó y por las noticias que nos llegaban desde afuera del estadio con los atentados. El partido se siguió jugando porque no sabíamos la magnitud de lo que sucedía”. El mismo día del amistoso, el hotel parisino donde se alojaba Alemania había sido desalojado durante varias horas por una amenaza de bomba.

La Eurocopa, que tendrá como sede de la final el mismo Stade de France en el que se escuchó el ruido de las bombas con nitidez, comienza el 10 de junio próximo. Estamos a menos de ocho meses del torneo y la sensación de zozobra que queda sobre cualquier espectáculo masivo es más que evidente. El fútbol es el de mayor convocatoria entre todos. Los terroristas del ISIS lo saben, más allá de que abjuren de lo que representa y lo prohíban en los territorios que controlan.

En enero de este año, trece adolescentes iraquíes fueron asesinados por miembros del grupo terrorista en el distrito de Yarmouk, en Mosul. Los habían detenido y los ejecutaron delante de todo el pueblo, incluidos sus padres, por “violar la ley islámica”. El delito del que se los acusó fue ver por televisión el partido de la Copa de Asia entre las selecciones de Irak y Jordania. Los verdugos anunciaron antes de la ejecución que la Sharia no permite ver el fútbol. La información fue difundida por una web de Raqqa, la capital del Califato Islámico en Siria, y reproducida después por el diario británico Daily Mirror.

Esas muertes rellenaron estadísticas, como tantas otras desde que comenzaron las guerras preventivas del clan Bush y sus socios, varios gobiernos europeos. Physicians for Social Responsibility (PSR), prestigiosa ONG con sede en Washington DC, publicó este año un estudio clave para entender el conflicto global que tuvo su último capítulo en la masacre a civiles indefensos de París. Según sus datos, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 hubo como mínimo 1,3 millón de muertos en sólo tres países. Para la ONG, la cuenta podría alcanzar incluso los dos millones de bajas civiles provocadas por las intervenciones antiterroristas contra Irak, Afganistán y Pakistán. El trabajo no incluye a los 250 mil muertos de Siria ni a sus 11 millones de refugiados. Y cuando va más para atrás, hasta la Guerra del Golfo, eleva la cifra de víctimas a cuatro millones. Es el fotograma de una película trágica que nunca termina y cuyo último capítulo se vivió en París.

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