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El país|Viernes, 26 de septiembre de 2008
DOS REFLEXIONES SOBRE EL REPARTO DE LA RIQUEZA Y EL ROL DE CARTA ABIERTA

Los dilemas de la redistribución

Las consecuencias negativas del modelo extractivo de recursos naturales y la ausencia de un debate crítico entre académicos e intelectuales. La necesidad de democratizar los bienes culturales y simbólicos para desarticular el sentido común establecido.

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Por Norma Giarracca *

Desarrollo y drama social

La economía política sostiene que todo régimen de acumulación se corresponde con un modo de distribución de la riqueza. Desde esta tesis, resulta más claro comprender por qué le cuesta tanto a la economía argentina lograr formas de redistribución del ingreso más allá de las confusas políticas sociales que anuncia la ministra de Desarrollo Social, cuñada de la Presidenta. ¿Cuál es el régimen de acumulación de esta Argentina del siglo XXI? No soy economista, pero puedo sostener sin temor a equivocarme que el sector primario forma parte sustancial del modelo productivo del actual gobierno. Un modelo basado en los recursos naturales y, por lo tanto, donde las “rentas” (sobre-ganancias) juegan un factor fundamental: la “renta agraria”, la “renta petrolera” y la inestimable “renta minera”. Si bien en los primeros dos casos el Estado intercepta parte de esas rentas vía retenciones a las exportaciones, en el caso de la minería deja esas fabulosas riquezas monetarias en manos de las grandes y concentradas corporaciones.

Estas producciones, base del funcionamiento económico del mundo desarrollado, son contaminantes, depredadoras, extractivas por las características del proceso de producción mismo. Extraen lo que pueden de los recursos, los esquilman y dejan un escenario de contaminación, cambio de flora y fauna y grandes disturbios de los ecosistemas. Muchas voces del mundo se han alzado con críticas radicales contra este tipo de desarrollo que está en la base del llamado “progreso”.

La agricultura que se basa en el recurso “tierra”, con los cuidados del caso, hubiese podido proveer una producción sustentable a las futuras generaciones. No obstante, en las últimas décadas, esa posibilidad se va perdiendo. Después de una etapa razonable de modernización técnica aparecieron las grandes revoluciones tecnológicas ya comandadas por las transnacionales bioquímicas; primero la “revolución verde” y por último la revolución biotecnológica que vació al campo de personas e hizo uso y abuso de agrotóxicos que ponen en peligro la tierra, la fauna y flora así como la salud pública.

Agronegocios, expansión de la minería y agotamiento de los recursos derivados de fósiles al servicio del Norte rico son claves en el modelo económico argentino del siglo XXI. Con cada exportación del sector primario se fugan fertilidad de los suelos, recursos no renovables, un gran desperdicio de agua, minerales declarados y no declarados, gran cantidad de energía eléctrica, trabajo de compatriotas muy mal retribuido, yungas, montes nativos y se llevan también muchas dignas resistencias de poblaciones que cuidaron esos recursos y no se resignan a la depredación.

Un componente significativo de este verdadero drama actual reside en cierta complicidad de sectores de los que se esperaba otra actitud. En efecto, se percibe, por un lado, cierta celebración de este modelo “productivista” por parte de los aparatos de la tecnociencia universitaria y, por otro, una escandalosa “invisibilización” por parte de los intelectuales de Carta Abierta, que se han limitado a una crítica “setentista” a los sectores agrarios. En las universidades nacionales, sus laboratorios e institutos han sido colonizados por el discurso “productivista”, y en ese espacio que se autorrefiere como Carta Abierta se buscan derechas y responsables por la falta de distribución de la riqueza ignorando la construcción y responsabilidad gubernamental en un modelo que está preñado no sólo de polarización social, sino de saqueo, devastación y grandes sufrimientos sociales.

La política neoliberal en materia científica y universitaria condujo a los científicos a celebrar la noticia de la importancia de sus conocimientos en el entrelazamiento de fuerzas productivas. No se preguntaron por las consecuencias sociales de esta fusión entre tecnociencia y mercado. Para hacerlo, se necesitaba una densa interacción con otras disciplinas. Pero el drama se conforma, justamente, porque muchos referentes del pensamiento crítico de los años ’70, que aún dan batalla, no sólo no critican esta relación entre tecnociencia y mercado, sino que algunos han decidido convertirse en verdaderos guardianes intelectuales del Gobierno, que es un actor básico del modelo.

Tal vez, el desacuerdo reside en que el pensamiento crítico del ayer es improductivo y el nuevo pensamiento emancipatorio que circula soterradamente por Latinoamérica es de márgenes, de frontera, de poblaciones en lucha. Se trata de pensamientos, con raíces “de-coloniales” y que no hablan los lenguajes del poder. Por ello, estos nuevos pensamientos críticos son ignorados y vapuleados por una parte sustancial de los “intelectuales”, quienes buscan desarrollos (no importa a qué costo), autoridad y subordinación gubernamental (la obsesión del orden estatal) y derechas e izquierdas para dicotomizar la política como en las viejas épocas. Mientras tanto, unas poblaciones en lucha, otra ciencia y otros pensamientos críticos sobrevuelan nuestra desgarrada geografía.

* Profesora titular de Sociología Rural; investigadora del Instituto Gino Germani (Facultad de Ciencias Sociales-UBA).

Por Juano Villafañe *

Las políticas culturales

Pensar en las políticas culturales implica pensar la forma en que los bienes culturales se distribuyen en una sociedad. Para los argentinos, el reparto equitativo de la riqueza simbólica y artística sigue siendo una deuda pendiente.

Durante los años en que existió un Estado benefactor, un Estado contratista, el núcleo social de la cultura tuvo una relación clientelar y demandante hacia el propio Estado. Con el surgimiento del Estado neoliberal, se acentuaron las formas de gestión independientes o privadas. Hemos pasado en muy poco tiempo de la figura del artista o profesional “demandante” a la figura del artista o profesional “independiente” o “autogestivo”. Los artistas y profesionales de la cultura se han transformado en pequeñas “pymes” con diversas suertes económicas. Aparecen de esta forma en nuestro país posliberal nuevos sujetos culturales que carecen de atención por parte del Estado. Esta nueva condición pone de manifiesto la grave ausencia de una institucionalidad que permita contener nuevos sujetos en nuevos gobiernos democráticos de la cultura a nivel municipal, provincial o nacional. Existe un gran atraso en materia de legislación cultural. Además, el presupuesto nacional para la cultura es muy bajo.

Los protagonistas que deben acordar para resolver políticas culturales, nuevas institucionalidades, gobiernos democráticos de la cultura son fundamentalmente el Estado y el propio núcleo social de la cultura. Se trata entonces de considerar las propias deudas del Estado argentino, pero también las propias deudas de los intelectuales, profesionales y trabajadores de la cultura. Somos los propios artistas e intelectuales, en tanto productores de símbolos, metáforas, pensamientos, los que nos debemos una discusión que permita definir cómo deseamos que los bienes culturales circulen por la sociedad. Pensar en nuevas políticas culturales implica además pensar en nuevas culturas políticas, en nuevas críticas de la cultura e, incluso, en la forma en que las poéticas de nuestro mundo artístico impactan en la política. Se trata de discutir la producción simbólica repensando el sentido común de los valores de uso y de cambio entre los creadores, reproductores o consumidores. Se trata de pensar la política cultural en los nuevos tráficos de las metáforas, las imágenes y los sueños.

Debemos entonces pensar en una nueva crítica de la cultura que confronte con el sentido común establecido. La crítica establecida atiende únicamente las excelencias de los productos finales. Con la crítica a las excelencias de los productos finales recién comienza el acontecimiento crítico y debe desplazarse hacia la crítica de los modelos de producción y hacia la crítica de la reproducción y distribución de los bienes culturales. Por eso, la importancia del espacio Carta Abierta, espacio que se ha transformado desde su propia acción en un nuevo fenómeno político cultural que ha permitido producir discursos de excelencia intelectual en una dinámica de socialización asamblearia inédita en nuestro país. Carta Abierta permite prácticas donde se crean discursos teóricos de reapropiación de lo privado en dirección a lo público. Carta Abierta produce un movimiento de inversión del sentido común del modelo cultural neoliberal existente donde, además, los capitales simbólicos particulares de cada uno también se potencian en la multiplicación del trabajo asambleario.

El espacio Carta Abierta, además de haberse transformado en un nuevo fenómeno político, ha permitido en muy poco tiempo abordajes nuevos para discutir las políticas públicas. La participación de las nuevas generaciones también es una novedad. Jóvenes artistas, intelectuales, profesionales, trabajadores de la cultura se han autoconvocado para diseñar gobiernos de la cultura en las distintas disciplinas y profesiones en nuestra Capital. Dentro del marco territorial y regional quizá sea la ciudad de Buenos Aires el ejemplo más palpable de la ausencia de políticas culturales y de la total inequidad en la distribución y consumo de los bienes artísticos. El norte más rico y menos poblado de la ciudad consume el 80 por ciento de los bienes culturales y el sur más pobre y más poblado, el restante 20 por ciento. En barrios como La Boca o Barracas, el 90 por ciento de sus habitantes nunca asistió al teatro y sólo el 40 por ciento asiste alternativamente al cine. En las industrias culturales de la ciudad, trabajan 100 mil personas y generan un producto bruto regional muy significativo. Pero la Capital carece de gobiernos del libro, el cine o la música. No existe ningún tipo de institucionalidad que permita un gobierno democrático de las industrias culturales, con el protagonismo de sus creadores, gestores y distribuidores. Los porteños no pueden participar de la gestión cultural, decidir qué leer, qué escuchar o qué ver.

Pensar la institucionalidad en la cultura es pensar la posibilidad de redistribución de los bienes. No se trata ya de administrar únicamente las instituciones existentes porque ha cambiado el paisaje cultural, su territorio y sus habitantes. Se hace necesario producir nuevas leyes de la cultura, discutir las formas de gobierno y administración. Es muy importante el protagonismo de los trabajadores de la cultura y de todos los sectores que gestionan y producen. También es fundamental pensar el país que queremos y las políticas culturales para ese país. Así nos adelantamos a los futuros necesarios de emancipación desde estos presentes de reapropiación de las palabras y los bienes, desde los espíritus públicos y asamblearios, desde la duda sin jactancia, desde los actos modernos por la construcción inconclusa, desde la crítica que vitaliza las funciones intelectuales y creadoras.

* Escritor, director artístico del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

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