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El país|Domingo, 27 de abril de 2014
LA DISCUSION POR EL ACOSO VERBAL QUE A DIARIO SUFREN LAS MUJERES EN LA CALLE Y QUE EL JEFE DE GOBIERNO PORTEÑO DEFENDIO

La campaña contra los piropos que Macri ayudó a difundir

Verónica Lemi se impresionó cuando una amiga sufrió un acoso verbal y al comentarlo en Facebook la criticaron a ella. Allí nació su idea de militar contra esa clásica variante del machismo. Cómo logró instalar en la agenda un tema hasta ahora invisibilizado.

Por Mariana Carbajal
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Con creatividad y una campaña provocadora, un grupo de jóvenes logró poner en la agenda mediática el acoso verbal callejero que sufren miles de mujeres cotidianamente en el país, y que hasta ahora estaba invisibilizado. Y abrió un debate interesantísimo sobre la carga de violencia que encierran los comentarios sexualmente explícitos –mal llamados piropos– tan naturalizados en la cultura argentina. Su ideóloga es una joven de 25 años, Verónica Lemi, del barrio de Caballito, que cerró la semana muy sorprendida por el enorme impacto que generó la movida, llevada adelante con el lema “Si te incomoda leerlo, imaginate escucharlo, todos los días, cada vez que salís a la calle”. Y que consistió en una pegatina en distintas ciudades de afiches con esas típicas frases que irrumpen amenazantes en el oído de tantas mujeres –muchas adolescentes– cuando transitan por la vía pública, como: “Mami, si te agarro te hago otro hijo”, “Vení, morocha que te violamos”, “Gordita, te hago de todo menos upa” o “Qué culito, mi amor”, entre otras por el estilo. En una entrevista de Página/12, Lemi reveló cómo se gestó la campaña, a partir de la experiencia personal de una amiga y reflexionó sobre lo que dejó la discusión pública del tema.

Lemi todavía no puede creer el ruido que provocaron con la campaña que estuvo en las calles dos semanas atrás y que armaron en apenas un mes. Con una sonrisa irónica, le agradece al jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, por haber aportado su machismo explícito para avivar el fuego: para defender los piropos, dijo que a todas las mujeres les gustaban, incluso sin son groseros. “Aunque les digan qué lindo culo tenés”, ejemplificó. Después, trató de disculparse y fue peor: dijo que pedía perdón porque lo había retado su hija y aseguró que todo lo había hecho por “galantería”.

Esta joven, que vive en la Ciudad de Buenos Aires, es traductora free-lance y enseña español a extranjeros. “Me gustó ver que realmente se estaba dando una reflexión bastante generalizada sobre el tema, pero, sobre todo, que estaba habiendo una posibilidad para las mujeres de comunicar más abiertamente esto. Hay un estigma muy grande que pesa a la hora de aceptar públicamente que nos molesta. Con esto muchísima gente empezó a entender más y juzgar menos, y las mujeres pudieron empezar a hablar del tema. Ya eso para mí es un avance enorme, porque está cambiando el escenario finalmente y podemos plantearnos esto como una problemática social muy extendida”, dijo Lemi

a Página/12. La activista está convencida de que “mucha gente” se desayunó de que todas las mujeres que la rodean en su día a día “fueron, son o serán expuestas a que le pasen estas cosas y que la persona que les hace eso está amparada por el rol de ‘hombre’. Y es un shock bastante fuerte darte cuenta de que cada mujer que conocés sufre esto desde chica y vos no te habías enterado”, dice.

Cuenta Lemi que este tema, el del acoso callejero, la acercó al feminismo. En 2011 coordinó en el país la primera Marcha de las Putas, un movimiento que surgió en Canadá, ese mismo año –y se extendió internacionalmente– en protesta a los dichos de un oficial de la policía de Toronto que sugirió que “las mujeres deben evitar vestirse como putas” como medida preventiva contra las violaciones. Lemi había encontrado de casualidad la página de Atrévete –una red pionera en la lucha contra el acoso callejero, que surgió en Estados Unidos–, donde publicaron una noticia sobre la Marcha de las Putas o Slutwalk.

“En ese momento estaba empezando a leer sobre este tema porque volvía siempre sintiéndome mal, cargada de bronca por guardarme las respuestas a las cosas que me decían. Tengo la ‘maldición’ de tener cara de nena, que parece que despierta unos cuantos ratones en diversos hombres en la vía pública y en aquel entonces no me animaba a responder porque todavía tenía muy metido lo que nos enseñan socialmente de ‘bajá la mirada, seguí caminando, ignoralo’. Me encontré buscando información de si esto en algún lugar estaba siendo mencionado, con el feminismo y empecé a entender muchísimo más los porqué de las cosas que veía y sentía que estaban mal”, recuerda Lemi.

En esa época –dice– se dio cuenta de que le resultaría inevitable convertirse en activista “porque no podía quedarme al margen sabiendo que eso implicaba aceptar ese acoso diario y todas las otras formas de violencia que veía y me generaban angustia y bronca eran así y así iban a seguir siendo. Y decidí que tenía que ayudar de alguna manera a cambiar las cosas. Justo fue el momento en que se creó la Slutwalk y la versión acá estaba empezando a gestarse. Cuando me metí en el tema me llamó la atención porque, siendo traductora y amante de la lingüística, el tema de cómo socialmente fomentamos y justificamos la violencia hacia las mujeres desde el discurso me pareció clave para concientizar sobre el tema. Así que cuando me propusieron ser organizadora, obviamente dije que sí y así empecé en el activismo”.

La campaña que puso en primer plano el problema del acoso verbal callejero, reveló Lemi, surgió a raíz de una discusión que se armó en el muro de Facebook de una amiga que hizo un post contando una situación que había tenido en la calle: básicamente que un “tipo” le había dicho algo grosero, ella le respondió y el “tipo” la siguió agrediendo verbalmente con más virulencia y ella estaba cansada de tener que vivir esas situaciones.

–¿Qué sucedió en el muro? –preguntó este diario.

–Los comentarios de sus contactos fueron todos por la línea de: “Y, bueno, pero ponete contenta, sos relinda”, “¿Para qué le contestaste?”, “Te molesta porque vos dejás que te moleste, deberías ignorarlo y ya” y “No seas histérica, si te encanta que te digan que sos linda y subís fotos tuyas todo el tiempo”. Mi amiga es modelo y lesbiana, cabe aclarar, entonces fue como que al leer los comentarios pude ver una radiografía muy clara de cómo funciona socialmente el acoso callejero y todos esos lugares comunes, estos preconceptos establecidos, que aparecían claramente representados. Desde la generalización del absolutismo “a todas les gusta”. Cuando ella se quejó, ella, que se dedica a modelar porque es lo que decidió hacer profesionalmente –y es muy buena en lo que hace–, ella, que no se ve atraída por los hombres sino por las mujeres, ella era la que estaba “mal”, la que estaba en el banquillo.

–¿Y cómo siguió la cosa?

–Un muchacho se puso particularmente bardero y empezó a decirle cosas bastante feas, atacándola por quejarse, diciendo que era una histérica y que todas las que estábamos apoyándola éramos unas exageradas y unas enfermas paranoicas que nos tomábamos mal cualquier cosa. Y yo de repente hice click y le tiré una de esas que se me quedaron grabadas en la cabeza por el profundo asco que sentí cuando me la dijeron –y esa sensación de temor real por el grado de violencia–, en mayúsculas para aumentar el efecto: “TE ROMPERIA EL ORTO HASTA QUE SANGRES. Si te incomoda leerlo, imaginate escucharlo. Todos los días”.

El flaco siguió en su postura, pero el clima cambió, y hubo de repente verdadera comunicación, otras chicas pusieron también cosas así, algunos varones empezaron a preguntar sinceramente sobre las experiencias, y ahí se me ocurrió.

Del Facebook a la calle

Aquel episodio ocurrió el año pasado. Con ese impulso, Lemi diseñó los primeros carteles, que quedaron todos estos meses guardados en su casa. Y este año, la joven decidió pasar a la acción. “El gran problema con este tema es que es invisible: el acosador –o los acosadores– y la víctima son las únicas personas que se enteran y sucede tan rápido y tan por lo bajo que poca gente escucha estas frases. Entonces había que visibilizarlo. Lo único que hacía falta era recolectar varias de esas frases, armar carteles que obligaran al transeúnte a leer, que no le dieran la opción de ignorarlo. Como conozco a mucha gente que se interesa por el tema, propuse en mi muro armar un grupo. Lo llamé Acción Respeto, porque el objetivo es ése, activar para resaltar la importancia del respeto y cómo se ha ido perdiendo más y más en el caso de la mujer transitando la vía pública. Es algo cultural, dice la gente para justificar el acoso callejero, pero justamente por eso se puede cambiar, porque es cultural y la cultura se cambia con educación. Y si desde el Estado no se están tomando cartas en el asunto porque el problema está tan invisibilizado que se desconoce su existencia, salvo en contados espacios, la magnitud y la relevancia de esto en las vidas de las mujeres, entonces hay que hacer ruido. Así que nos organizamos en cosa de una semana, nos repartimos el trabajo previo, nos juntamos y salimos a pegar nuestros carteles que vociferan”, dice con entusiasmo. La primera pegatina la hicieron el 6 de abril, para que estuvieran los carteles pegados el primer día de la Semana Internacional contra el Acoso Callejero. Esa semana hicieron dos volanteadas y una pegatina más el 13 de abril en la zona del Obelisco y alrededor del Congreso. Después vendrían las declaraciones de Macri, que potenciaron el impacto de la campaña. La adhesión que tuvo la movida sorprendió a las organizadoras: “Cuando lanzamos la página, una semana antes de la pegatina, como para que circularan las imágenes a modo de preview, de repente todo estalló. Para la primera pegatina ya teníamos 10.000 seguidores y en menos de un mes tenemos más de 35.000. Una locura. La respuesta de los medios fue sorprendente, es la primera vez que veo que medios que no se especializan en género hablan de acoso callejero con seriedad –algunos más informados que otros–. Pero sobre todo lo que me sorprendió fue ver cómo el debate realmente se estaba instalando, ver a las panelistas de los programas responder visceralmente cuando los hombres generalizaban o se burlaban, ver a los hombres realmente sensibilizarse con sus colegas a partir de hablar del tema para preparar las notas”, se emociona Lemi.

Hubo también actividades en el sur, norte y oeste del conurbano, en La Plata y Tandil, en Córdoba, Catamarca, Chaco, Corrientes y Chubut, y ya se están empezando a armar otros grupos contra el acoso callejero en otros sitios como Rosario, Villa Carlos Paz, San Luis, Mendoza. La mayoría ronda los 20 años, un tercio de los activistas son varones, destacó la activista.

La campaña, explicaron en el FB, busca romper ese silencio y poner al espectador en el lugar de la mujer que recibe los comentarios. “El incremento de la violencia explícita y la cantidad de comentarios buscan reproducir el espectro de cosas a las que estamos expuestas, con la intención de explicar, a través de la experiencia, en qué consiste el acoso callejero y por qué hasta un simple ‘hola, bonita...’ puede resultar incómodo para una mujer hoy en día”, decía la invitación a sumarse a las acciones.

–¿Cómo analizás el hecho de que se haya podido instalar el tema en el debate público?

–Creo que en Argentina estamos en un momento bastante particular, donde están chocando dos tendencias muy claras, quienes siguen aferrándose a un sistema machista en el que se hace de cuenta que las mujeres tienen igualdad, pero se les hace pagar derecho de piso desde todos los flancos y se la usa y se la abusa y su cuerpo es propiedad pública, culpándola a ella por buscársela, y quienes creemos que eso es una construcción cultural que se puede modificar con educación y tomando noción de que realmente es responsabilidad de todos como sociedad. Los mensajes que bajamos a los chicos son los que fomentan y perpetúan estas formas de violencia, entonces tenemos que ser conscientes de lo que decimos y de que estamos atravesados por estos roles de género, incluso quienes estamos en el feminismo, porque somos parte de esta cultura. Estamos demasiado acostumbrados a que las cosas las haga otro. Tenemos que involucrarnos para poder tener la sociedad que queremos.

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