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Espectáculos|Sábado, 28 de septiembre de 2002
“LAS AVENTURAS DE DIOS”, DE ELISEO SUBIELA

Un ejercicio de ombliguismo

Diálogos sentenciosos y pretendidamente literarios, iconografía de poster y ambiciones entre existenciales y metafísicas son las marcas de fábrica que reaparecen en otro film del director de “El lado oscuro del corazón”.

Por Horacio Bernades
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No faltan metáforas, como la paloma que levanta vuelo desde el vientre de una mujer desnuda.
Tras dos largos años de no conseguir distribuidor, Eliseo Subiela logra estrenar finalmente, en un circuito muy limitado, Las aventuras de Dios, que había filmado antes de El lado oscuro del corazón 2 y hasta ahora había dejado en un cajón. No es difícil adivinar las razones del rechazo por parte de distribuidores y exhibidores: la penúltima película de Subiela es lo que podría llamarse un film “experimental”, en tanto se plantea como un viaje por el mundo de los sueños e intenta desarrollar una lógica e imaginería oníricas, levemente dadaístas. Todo ello condimentado con lo que podrían denominarse “marcas autorales”: diálogos sentenciosos y pretendidamente literarios, iconografía de poster surrealista y ambiciones entre existenciales y metafísicas, que incluyen una nueva aparición de Cristo en el cine de Subiela. Como suele ocurrir, el potaje está siempre al borde del kitsch, la cursilería y el estereotipo.
Grabada en sistema digital y ampliada luego a 35 mm, Las aventuras de Dios aparece como una de esas películas que un cineasta filma casi de espaldas a un público que lo abandonó. Con Un perro andaluz como modelo, el penúltimo Subiela intenta copiar la forma de un sueño. Hasta determinado momento al menos, ya que se nota lo que el propio realizador confiesa en la gacetilla de prensa: a las 20 páginas de guión se asustó y decidió “negociar” consigo mismo, convirtiendo el experimento onirista en “una especie de thriller metafísico”. Con asistencia de sus alumnos de la Escuela Profesional de Cine, cameos de famosos (Lorenzo Quinteros, María Concepción César, Lalo Mir) y actuada por los hasta entonces semidesconocidos Pasta Dioguardi y Flor Sabatella, Las aventuras de Dios se mueve en dos tiempos y espacios bien delimitados. Por un lado, la vida diurna, que como es habitual en el realizador de Ultimas imágenes del naufragio es sinónimo de mediocridad, se presenta dominado por la clásica esposa desgreñada y está fotografiado en obvios tonos de gris.
Por otro lado está el mundo de lo imaginario, que es en colores y se asienta en un gigantesco hotel, entre semiabandonado y metafísico. Allí, el protagonista (que no tiene nombre) mantendrá una relación platónica con ese otro clásico de la casa, la mujer soñada, que esta vez recibe el nombre de Valerí. Como de costumbre, aunque el protagonista se siente atraído por ese mundo, no podrá romper del todo con los lastres de lo cotidiano. Ejercicio netamente ombliguista, la película se consume en circunloquios, lugares comunes y vulgatas. No faltan las habituales metáforas visuales (esa blanca paloma que levanta vuelo desde el vientre de una mujer desnuda), así como los aires de importancia y aforismos seudofilosóficos. Pero sería injusto no reconocer que Las aventuras de Dios tiene una ventaja por sobre sus hermanas mayores: tal vez por cansancio o resignación, la tendencia subieliana a utilizar el cine como púlpito aparece esta vez bastante sofrenada, tanto como las lecturas poéticas y los intentos de explicar el mundo en un par de frases. Eso no quiere decir que Las aventuras de Dios sea una buena película, pero sí, al menos, algo más tolerable que la media de su autor.

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