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Psicología|Jueves, 20 de octubre de 2005
“ENFERMEDAD, MUERTE Y TRANSFORMACION”

El fin de una eternidad

El caso de los enfermos terminales puede ser punto de partida para advertir que “el dolor y la muerte se experimentan como absurdos” y que “su sentido, antes que descubrirse, se construye”.

Por Leonardo Belderrain *
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A medida que los tratamientos contra el cáncer se tornan más eficaces para prolongar la sobrevida, ocurren fenómenos paradójicos. Entidades que eran rápidamente letales se vuelven crónicas, se consiguen remisiones completas –desaparición de toda evidencia de enfermedad– que no siempre corresponden a curación. Por lo tanto, a la angustia soportada durante el tratamiento se agrega la causada por la incertidumbre. En algunos casos durante mucho tiempo –cinco, diez o más años– el paciente no recibe el alta definitiva, ignora si se ha curado o si su enfermedad recaerá. El control periódico puede paliar la ansiedad o favorecer un sentimiento de seguridad, pero a veces tiene el efecto inverso.
Es difícil hacer planes para el futuro cuando no se sabe si se dispondrá de él. Aun cuando uno pretenda olvidarlo, el entorno social no lo hace. Quien ha tenido un cáncer encuentra más dificultades y costos para mantener una cobertura de salud, un seguro, un trabajo. Quien ha tenido un cáncer en su infancia y juventud debe sobrellevar efectos secundarios a largo plazo.
En añadidura, aunque el cáncer se comporte como una enfermedad crónica, el diagnóstico irrumpe en la vida del sujeto como algo repentino, inesperado, que lo desorganiza en todos sus aspectos. Los pacientes describen ese momento de manera muy gráfica: “Me cayó como una bomba”, suelen decir.
El diagnóstico de cáncer obliga a crear un nuevo equilibrio físico, psíquico y social, ya sea que uno vaya a morir o a curarse o a vivir con la incertidumbre de su pronóstico en los siguientes diez años. Ese equilibrio, en el caso de que se logre, no será igual al que el paciente habría construido antes de su enfermedad. Los testimonios que las personas dan de sí mismos en las distintas etapas de su dolencia son muy variados, dependiendo de su edad, su situación y su nivel cultural, pero casi siempre coinciden en que la enfermedad los ha cambiado; ahora son otros, ya no son los mismos o se toman las cosas de otra manera. Este proceso es comprendido desde un doble aspecto: como algo que a uno le pasa y como algo que uno construye; como un acontecimiento y como una tarea.
El sufrimiento psíquico que acompaña a esta evolución, sea como reacción normal ante una crisis vital de primera magnitud, sea como respuesta patológica, puede ser controlado y aliviado mediante intervención farmacológica o psicoterapéutica o por contacto humano empático. Pero a menudo los síntomas requieren algo más que ser aliviados y comprendidos empáticamente. Del mismo modo que muchos síntomas físicos merecen ser comprendidos en su finalidad.
Tanto los síntomas físicos como las manifestaciones de la psique inconsciente no sólo ocurren por algo, sino para algo. Esto se acepta con facilidad en el campo de la biología, pero parece más confuso cuando se aplica a la psique. Del mismo modo que un paciente que ha sangrado tiene palidez y taquicardia para algo (en este caso para asegurar flujo sanguíneo en áreas vitales), puede ocurrir que alguien sienta angustia o tenga pesadillas para lograr algo nuevo de sí mismo. O sea, los síntomas son más que el lenguaje que habla la enfermedad.
Es mérito de Carl Jung haber reconocido que los síntomas psíquicos tienen finalidad, que intentan compensar la actitud consciente y, de este modo, contienen el germen de la solución. El proceso no es voluntario. No es suficiente que yo me proponga conscientemente convertirme en alguien más integrado o profundo para superar una crisis; porque habitualmente el cambio tiene origen en zonas de la psique fuera del control de la conciencia y cuya actividad es autónoma respecto de ésta.
Es posible que la integración y crecimiento de la personalidad ocurran aun en el marco del deterioro físico y la evolución fatal. Jung afirmaba que la mayoría de los grandes problemas no tienen solución. La gente superior sencillamente los sobrepasa.
Pero Jung también se manifestaba contrario a prácticas superficiales ejercidas con el afán de lograr esa transformación. Se oponía al empleo de técnicas despojadas de su contexto cultural, al yoga y la meditación aplicados como si fueran una loción. No basta una actitud positiva para eliminar la angustia frente a la muerte. Tampoco basta una aceptación consciente de la necesidad de la muerte, porque la naturalidad de la muerte no evita el dolor de una vida experimentada como incompleta o no realizada.
Como todos saben, la vida tiene otras dimensiones aparte de su longitud. Hay distintas densidades, profundidades vitales. En los mitos, en el cine, en la literatura, hay metas que justifican la vida y minutos más ricos que los años que los precedieron. En la realidad también. Hagamos lo que hagamos –sea que dejemos de fumar o tomemos vitaminas–, aún podemos enfermar de cáncer y morir. Con nuestra actitud podemos disminuir el riesgo, pero no garantizar la salud. No podemos hacer nada con nuestra muerte, pero siempre podemos hacer algo con nuestra vida y nadie puede hacerlo en nuestro lugar.

Eternidad suspendida
Las manifestaciones del cambio personal pueden tener, vistas a la luz de la ideología dominante, un aspecto patológico. Muchos individuos que hoy son neuróticos o psicóticos habrían tenido un lugar valioso en otra civilización, decía Jung. La cultura dominante, que es unilateral e intelectualmente orientada, no favorece el proceso de individuación.
La “fase de negación”, que se describe como una etapa normal de adaptación psíquica a la enfermedad letal, es también un espejo de la actitud social ante la muerte y la enfermedad. Actitud cuya manifestación principal es el ocultamiento de la desgracia, soportada por la falacia: lo que no se ve no existe. Se encierra a los enfermos y se desvía la mirada ante un cortejo fúnebre, como si eso evitara la muerte; actitud idéntica a la que esconde la pobreza, la tortura, el fracaso.
Hemos visto que la incertidumbre y la fragilidad son catalizadores del proceso de transformación. La cultura dominante quiere reducir a un mínimo la incertidumbre y la posibilidad de la catástrofe, escondiendo bajo la alfombra su evidencia irrebatible. Esa actitud hace más difícil, al que sufre, confrontar su dolor. En algunos grupos de autoayuda se repiten postulados peligrosos, se refuerza la idea de que una actitud positiva puede vencerlo todo y que es una actitud negativa la que ha llevado al paciente al estado de enfermedad.
Esa ideología tiende a generar en el que recae, a pesar de sus esfuerzos, un sentimiento de culpa y exclusión. Cuando la enfermedad y la pobreza que uno debe soportar son ocultadas, además de su desgracia debe uno soportar el ser negado y aislado; una instancia aún más terrible que la desaparición física (la soledad, afirmaba John Donne, es un mal con el que ni siquiera el infierno amenaza).
En el otro extremo se encuentra la aceptación de la enfermedad, falsamente entendida como resignación. En verdad, si sólo nos resignáramos, nuestro sufrimiento no habría servido para nada.
El dolor y la muerte prematura no encierran en sí ningún sentido. Desde el punto de vista biológico, se trata de eventos normales, es decir corrientes (normal, para la biología, es lo que ocurre con mayor frecuencia). Desde el punto de vista humano, se experimentan como absurdos. Lo son. La construcción de sentido es una obra humana. El sentido se construye, antes que se descubre. Pero la única manera de darsentido a una crisis es reconociéndola. Por eso la aceptación no debería ser la etapa final del proceso de adaptación, sino el fin del principio.
De lo que podamos hacer con nosotros mismos depende en gran parte lo que podamos hacer en el mundo. Un cambio de actitud favoreció el desarrollo de la ciencia moderna y duplicó la expectativa de vida. Pero ahora la duración de la vida y la conservación de la juventud se han constituido en metas absorbentes. El éxito de la medicina y de las sociedades se mide con resultados cuantitativos. Los resultados de los tratamientos suelen compararse como records deportivos, los discursos políticos se centran en cuánto gana la gente y cuánto vive la gente, pero cómo y para qué son preguntas que pocos hacen. Tiempo y recursos gastados en mantenerse jóvenes podrían haberse empleado simplemente en vivir.
Esa ideología que aspira a una eternidad suspendida y sin contenido hace las cosas particularmente difíciles al que tiene que lidiar con la realidad de su fragilidad y buscar una solución cualitativamente distinta, ya no centrada en el objetivo de vivir más tiempo. Cambiar el paradigma dominante requiere primero un cambio de orientación en la psique individual. Desde este aspecto, lo que cada uno aprende y logra a partir de su dolor, lo hace también para todos.

* Autor de Psico-socio-oncología, CD-ROM, Ed. Data Visión, Buenos Aires, 2000. Fragmento del trabajo “Enfermedad, muerte y transformación. Una perspectiva junguiana”, que puede consultarse en www.psicoongologia.org

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