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Sociedad|Martes, 4 de octubre de 2016
Opinión

¿Las muertes violentas tienen color?

Por Rodrigo Codino *

Asistimos desde hace algunos años a un espectáculo que bien podría ser de ciencia ficción respecto a los homicidios intencionales. En América latina, la región más inequitativa del mundo, los muertos se cuentan de a miles todos los años como si se tratara de un paisaje habitual; un hormiguero que pierde parte de sus miembros naturalmente, pero a diferencia de las hormigas que se alarman con la destrucción de su tejido social, nuestra especie pareciera recorrer un camino irreversible hacia un destino trágico..

La muerte violenta de la población más joven y pobre es la característica que unifica en intensidad y cantidad pero en esta parte del mundo un dato no es menor: los muertos tienen color y no es precisamente el blanco.

Nuestro continente a través de la historia nos enseña que ha sido el escenario de los tratos más deshumanizantes. Nacimos como países independientes ignorando la aniquilación de pueblos originarios y la recepción de seres humanos desterrados, maltratados y violentados. La trata negrera, la esclavitud, la servidumbre y el sometimiento de los indígenas marcó nuestro destino a pesar de que nos consideremos herederos de revoluciones libertarias, igualitarias y fraternales.

El siglo XX como sabemos no es ejemplo de humanismo, comenzamos con genocidios y concluimos con ellos. Pero hoy, en el siglo XXI, el genocidio tiene otra forma y no se oculta, se lo llama por goteo o a cuenta gotas. Las muertes violentas contemporáneas en distintos países de nuestra América actualmente ni siquiera provocan el estupor del siglo pasado. Los negros, los mulatos y los mestizos mueren día a día en Brasil, en México y en EE.UU. como si fueran hormigas y parecen de especie distinta a la humana. Mas de 50 mil el último año, a título de ejemplo, en la República del orden y del progreso. A pesar de ello, en estos países, desde los movimientos populares y sociales ante el silencio vergonzante de la política, se denuncia un racismo institucionalizado y un genocidio del pueblo negro, mestizo o indígena.

La criminología, que no siempre es entendida como crítica a la totalidad del control social, se caracteriza por llegar tarde a la realidad porque se refugia en supuestas teorías asépticas o científicas o sea, no contaminadas políticamente. Estas son elaboradas en laboratorios o universidades y debatidas en congresos en donde los especialistas algunas veces se felicitan por sus brillantes exposiciones y otras, se transforman en portavoces del dolor ajeno, no escuchan realmente lo que tienen que decir las verdaderas víctimas y desconocen el territorio en donde ocurren estos hechos. En estas convenciones académicas raramente intervienen aquellos actores sociales que defienden los derechos de los vulnerables en el barro, se presupone que estos no pueden aportar demasiado a nuestra disciplina mientras que en realidad son los que entierran los cadáveres silenciosamente y siempre están en acción para cambiar la realidad.

En Argentina el color de piel no aparece en las estadísticas de muerte violenta por homicidio pero sospechamos la predominancia de la tez trigueña entre ellas.

El racismo argentino tiene sus particularidades y el estereotipo no aparece tan claro como el brasileño, el norteamericano o el mexicano. Se aduce la ausencia –errónea por cierto– de orígenes africanos o indígenas en la conformación de nuestro pueblo, pero se reemplaza el estereotipo del negro por otros que cumplen la misma función excluyente y victimal: “el cabeza “, el “grone”, el “bolita”, el “peruca”, el “paragua”, el “boliguayo”, etc. Estos tienen algo en común con aquellos: no son blancos.

Los índices de homicidios siguen siendo muy altos en poblaciones vulnerables por conflictos interpersonales entre sus mismos integrantes que son en su mayoría personas de color distinto. Podría sostenerse a fin de soslayar el color de piel de las víctimas diciendo que en última instancia la resolución de los conflictos es violenta pero ocurre entre “ellos” y por lo tanto no corresponde hablar de racismo en nuestro país. Si bien es cierto que los serios estudios internacionales explican que cuanto mayor es la inequidad aumenta la violencia, otra explicación también es satisfactoria. Desde Frantz Fanon hasta aquí sabemos que la violencia en los casos de homicidios en los guettos o en los bolsones de exclusión se manifiesta primariamente contra los amigos, parientes o íntimos y esto podría significar que la víctima de la opresión se halla dispuesta a atacar a otras víctimas, compañeros suyos, que arriesgarse en agredir al temido opresor.

Nuestra hipótesis es que la mayoría de las víctimas de la muerte violenta por homicidio intencional en nuestro continente americano tiene su color y nuestro país no es la excepción.

Podríamos refugiarnos en el poema de Lumumba, quien fue el mártir africano fusilado y diluido en ácido por ser negro y creer en la igualdad, y lamentarnos con él diciendo: Llora, ay negro bien amado... En cambio, pregonamos que la criminología integre en el debate a los movimientos sociales y a los movimientos populares en miras de llevar a cabo estrategias comunes a fin de prevenir la muerte irremediable de estas víctimas de color. La acción académica en el campo popular, a la que adherimos, lo requiere. Estos movimientos conocen de vida y de muerte mucho más que los criminólogos y pueden enseñarnos lo que no aparece en los libros. Ellos son, como dice el Papa latinoamericano, sembradores de cambio.

* Docente y coordinador del Programa de Investigación en Criminología de la Universidad Nacional de San Martín. Docente de posgrado en la Especialización de Derecho Penal y Criminología de la Universidad de Buenos Aires.

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