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Sociedad|Viernes, 3 de marzo de 2006
OPINION

Perros ricos, hijos pobres

Por Maximiliano Montenegro

Más de un financista de la city y ejecutivo de empresa se horrorizó cuando vio el comedor comunitario que Raúl Castells armó en pleno Puerto Madero y se espantó con la leyenda del cartel colgado en la fachada del nuevo restaurante de la zona: “Luchamos por una Argentina donde los perros de los ricos dejen de estar mejor alimentados que los hijos de los pobres”. Algunos interpretaron la frase como una amenaza y otros hasta la tildaron de violenta en las radios porteñas.

Sin embargo, semejante definición no pertenece a Castells, sino que está inspirada en el gran economista norteamericano Arthur Okun. Hace tres décadas, en su libro Igualdad y eficiencia, la gran disyuntiva, Okun describía así la desigualdad inherente al capitalismo: “Nuestras instituciones otorgan premios que permiten a los ganadores alimentar a sus mascotas mejor que como los perdedores alimentan a sus hijos”.

A partir de ese trabajo seminal, la academia norteamericana empezó a elaborar distintos índices de desigualdad a nivel mundial del estilo: cuánto come un perro en Minnesota comparado con un niño en Ghana. Dicho sea de paso, el diario británico The Guardian acaba de publicar el dato que mantener un buen perro en Inglaterra cuesta unas 22.000 libras anuales: 120.000 pesos anuales, o 10.000 pesos mensuales.

Okun no era marxista, ni piquetero, ni nada que se le pareciera. Integró el Consejo de Asesores Económicos del presidente J. F. Kennedy y escribió una vasta literatura sobre economía aplicada, es decir, cuestiones que sirvieran a mejorar las políticas económicas dentro del capitalismo. Hasta una regla elemental de la economía lleva su nombre. La “ley de Okun” postula una regularidad empírica que vincula el crecimiento potencial de una economía con las tasas de desempleo. No tiene sentido ahondar en cuestiones técnicas aquí.

Sí vale la pena recorrer algunas de las ideas de este economista no casualmente poco leído y hasta olvidado en las aulas de las facultades de Economía argentinas. Okun defendía la transferencia de ingresos de los ricos a los pobres a través de políticas fiscales (gasto público o políticas tributarias). Era consciente de que en la intervención del Estado siempre podía haber corrupción –agujeros negros– y parte del dinero destinado a los pobres caer en otras manos. Pero aun así justificaba la intromisión estatal para compensar las enormes desigualdades del mercado. Si sólo el 20 por ciento de lo que les sacan a los ricos llega a los pobres hay que hacerlo, solía argumentar.

La sociedad norteamericana de los ’70 no era tan groseramente injusta como la Argentina de hoy. Y difícilmente Okun pudiera imaginarse a los chicos desnutridos del siglo XXI en Formosa, Chaco o Tucumán. Por eso escribía con moderación para el mercado editorial de Estados Unidos: “Al mercado se le permite legislar sobre la vida y la muerte, como lo prueban, por ejemplo, los índices de mortalidad infantil de los pobres, que son una vez y media más altos que los de los norteamericanos de ingresos medios”.

En Igualdad... hay un capítulo titulado “La violación de los derechos por el dinero” que parece una descripción perfecta de la democracia argentina de las última década: “El dinero puede comprar muchas cosas que nuestra democracia no considera vendibles... Lo económico viola virtualmente cada derecho: con dinero se compran servicios legales que pueden obtener tratamiento preferencial ante la ley; se compran estrados que dan a sus propietarios mayor peso en la libertad de palabra; se compran influencias sobre los funcionarios electos y así se compromete el principio de cada persona, un voto”.

La argentinidad al palo. Tal vez, si Okun se pusiera de moda, en Puerto Madero se convencerían de que Castells es fashion.

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