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Sábado, 23 de marzo de 2013
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A LOS 76 AÑOS MURIO GERARDO GANDINI, UNO DE LOS GRANDES DE LA ARGENTINA

Muchos músicos en un solo hombre

Compositor excepcional, fue pianista de Piazzolla y arreglador de Fito Páez. También dirigió el CETC, al que le dio el primer perfil, y enseñó a más de una generación de músicos.

Por Diego Fischerman
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Le gustaba estar con amigos y varios de sus proyectos más importantes los pensó para eso, para compartir el proceso de creación con quienes más quería. Se ocupó de enfatizar, cada vez que pudo, que la música clásica y la popular no eran lo mismo, e incluso que él no era el mismo cuando hacía una o la otra. Sin embargo, tal vez a su pesar, la tristeza que habitaba en sus sonatas para piano era la misma que atravesaba su versión del tango “Soledad”. Pianista excepcional, capaz de tocar en un solo concierto toda la obra de Arnold Schönberg para ese instrumento y, como dijo alguna vez un colega suyo, de leer la Biblia en arameo siempre y cuando se la pusieran sobre el atril, Gerardo Gandini fue muchos a la vez.

Fue el arreglador de Fito Páez y el pianista de Piazzolla; el que dirigió el CETC y le dio su primer perfil y el que enseñó a más de una generación de compositores; el que organizó conciertos donde estrenó obras propias y ajenas, el que improvisó sobre tangos sintiéndose más cerca de Martial Solal, Keith Jarrett y Bill Evans que de Cadícamo, y el que dirigió musicalmente a la Filarmónica de Buenos Aires. Fue un gran lector y un cinéfilo apasionado. Fue, qué duda cabe, uno de los compositores más importantes de la historia argentina y, con La ciudad ausente, en la que trabajó codo a codo con el escritor Ricardo Piglia, logró uno de los pocos ejemplos en el género en que teatralidad, interés literario y calidad musical marchaban a la par. Tenía 76 años y murió en Buenos Aires.

“Yo soy Zama, ‘el que envejeció sin crecer’. Así termina Zama, de Antonio Benedetto, y ese personaje soy yo”, decía Gandini en una entrevista publicada por este diario en 2009. Allí también aseguraba: “El Colón fue. Nunca volverá a ser lo que fue. Es más: no sé si volverá a ser. Y es que la política cultural del país, no sólo de la Ciudad, no es desastrosa; es inexistente. Soy muy pesimista. Teniendo en cuenta la historia desde que tengo veinte años, todo es cada vez peor. Y no sólo el Colón. El caso de la Sinfónica Nacional es igualmente malo. Tienen plata para pagarles los sueldos a los músicos, por ejemplo, pero no para pagar un lugar donde toquen. ¿Qué clase de proyecto es ése?”.

Su música muchas veces se asemeja a una cerradura, a un cuidadoso diseño que permite espiar, recortar, algunos sonidos. El tema de la cita, o las referencias a otras músicas, era para Gandini una cuestión central. No tanto porque estructurara su música sobre citas textuales –nunca lo hizo– como por su trabajo consciente con la historicidad del material sonoro. Alguna vez dijo que, después de Proust, era imposible mojar una madalena en el té sin hacer literatura. De la misma manera, el acorde inicial del Tristán será siempre, además de una particular relación de tensión entre sonidos, “el acorde inicial de Tristán”. Improvisar sobre tangos o, más bien, darles vuelta, cercarlos, a veces evitarlos, para dibujar sus contornos a partir del vacío, construirlos y desarmarlos, fue para él, también, trabajar con materiales históricos. Con señales. A veces, con conceptos casi literarios, como la mención de la Marcha nupcial en “Nunca tuvo novio” (mención, por otra parte, que a su vez menciona la de Troilo y Grela).

Sus obras clásicas suelen comentar, de manera velada, apenas reconocible, la historia. Sus improvisaciones populares, también. “Sin embargo –comentaba–, tocar una cosa y la otra es totalmente diferente. Por empezar, para tocar una obra clásica hay que estudiar como loco. Y para improvisar no estudio nunca. Yo en casa no toco estas improvisaciones, jamás practico, voy directamente al concierto y, en general, no decido hasta último momento qué es lo que voy a tocar. Keith Jarrett hace lo mismo. La música aparece cuando está el público. Hay mucho ida y vuelta en este asunto.” Sus improvisaciones sobre tangos y sus dúos con el pianista de jazz Ernesto Jodos marcaron, en todo caso, un espacio absolutamente nuevo en esa zona fronteriza en que pensamientos educados por la práctica académica se cruzan con materiales y protocolos provenientes de tradiciones populares. “Durante mucho tiempo fui el hermano del que tocaba trompeta”, decía. “O, después, el papá de Alina, que tocaba los teclados con Fito, o el pianista de Piazzolla. Nadie sabía que yo componía música dentro de esa esfera que se llama culta.” No obstante, para él había un nexo: el instrumento. “Soy pianista, y eso es algo que muchos compositores no son y que, indudablemente, me marca.”

El tango le llegó, como a otros porteños, con la distancia. Un día se encontró silbando tangos en una calle europea. Y otro día lo llamó Piazzolla: “Siempre me pareció muy raro cómo fue que Piazzolla me llamó. Después me dijo que fue porque había leído un reportaje, que yo no recuerdo ni recordaba entonces, donde decía que me gustaba la música popular. La verdad es que el tango me empezó a gustar después. Piazzolla sí me gustaba, pero el tango no, y supongo que era a causa de mi relación con mi padre. La cuestión es que suena el teléfono y me dice: ‘Gandini, soy Piazzolla, quiero que toques conmigo. Estoy en Japón. Tenés que estar pasado mañana en Tokio’. Yo no podía viajar en ese momento y le dije que no. Pensé que habría sido una calentura y que no volvería a tener noticias. Pero no. Después tuvo la operación de bypass y cuando se recuperó, volvió a llamarme”. Y concluía: “Piazzolla en el escenario era Dios”. En cuanto a la música de tradición académica, Gandini confesaba que primero se había imaginado como concertista de piano. “Famoso, por supuesto. Después fui dejando de lado esa imagen del concertista e interesándome más en la composición. Pero una cosa estaba ligada a la otra. No sería compositor si no fuera pianista. Es más, tengo una manía. Compongo música en el papel, pero no puedo hacerlo si no tengo el piano cerca.”

Director del Centro de Experimentación –entonces llamado CEOB, Centro de Experimentación en Opera y Ballet– a partir de 1991, cuando ese centro fue fundado por Sergio Renán, director musical del Teatro Colón en 1998, director musical de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires a partir de 2001 y compositor residente de ese teatro en 2003, Gerardo Gandini estudió composición con Alberto Ginastera y luego en la Academia Santa Cecilia de Roma con Goffredo Petrassi. Estudió piano con Pía Sebastiani, Roberto Caamaño e Ivonne Loriod. Compuso obras para piano, grupos de cámara y orquesta (y orquestó con una maestría infrecuente en la Argentina), además de tres óperas, La casa sin sosiego, con libreto de Griselda Gambaro (que se repuso el año pasado en el Centro Cultural Haroldo Conti); la citada La ciudad ausente, estrenada en el Colón y repuesta en el Argentino de La Plata; y Liederkreis, una ópera sobre Schumann, con libro de Alejandro Tantanian (estrenada en el Colón). Distinguido por el gobierno italiano en 1966 y ganador de la Beca Guggenheim en 1982, obtuvo el Premio Municipal de Composición (Buenos Aires, 1960) y el Premio Molière en 1977, otorgado por el gobierno francés por su música de escena. En 1998 ganó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia a la mejor música original por su trabajo para el film La nube, dirigido por Fernando Solanas, y en 2008 recibió el VIII Premio Iberoamericano Tomás Luis de Victoria. Fue profesor en la Juilliard School of Music, de Nueva York, el Instituto Di Tella (Buenos Aires) y el Conservatorio de La Plata, consejero del Fondo Nacional de las Artes y director del Centro de Estudios de Música Contemporánea de la Universidad Católica Argentina. Estuvo a cargo de los cursos de música contemporánea del Goethe-Institut de Buenos Aires por cuatro años y fue profesor de composición en la Escuela de Música de la Universidad Católica Argentina y en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de La Plata, además de dirigir el taller de música contemporánea de la Fundación San Telmo y conducir los talleres de composición de la Fundación Antorchas. Su labor al frente de los conciertos de la Fundación San Telmo y de la Sinfonieta de la Fundación Omega no sólo puso en circulación un repertorio poco o nada frecuentado en la Argentina sino que tuvo un efecto formidable tanto en la formación de intérpretes como de público.

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