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Sábado, 25 de mayo de 2013
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EN SU CUARTA VISITA A BUENOS AIRES, CAT POWER PRESENTO SUN EN EL COLISEO

Un jaguar herido en busca de sanación

La cantante Chan Marshall expuso en el teatro porteño toda la vulnerabilidad y el dolor que muestra en su último álbum.

Por Roque Casciero
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Chan Marshall se amparó en las sombras de una puesta lumínica que parecía protegerla.

Se apagan las luces y lo que suena no es Cat Power, que es lo que las mil quinientas personas que están en el Coliseo fueron a ver, sino... Frank Ocean. Y suena una canción entera, hasta que de a uno los músicos toman el escenario. La guitarrista Adeline Fargier arranca con una intro que se hace larguísima y, finalmente, Chan Marshall, la dama detrás del alias Cat Power, se para en el centro y empieza a cantar “The greatest”, la canción que daba nombre a su álbum de hace siete años. Pero no es la misma mujer que vino a presentar ese discazo al Gran Rex. En lo exterior, pasó del largo cabello castaño y con flequillo al platinado corto y de una camisa verde y corbata suelta a campera de cuero. Pero eso es lo de menos. A Marshall se la ve tan herida como ella misma se retrata en las canciones de Sun, su último disco. Y su garganta, que era capaz de hechizar con esa suerte de lija envuelta en seda y humo de cigarrillo, ahora emite algo que sólo podría calificarse de voz si no se la hubiera escuchado antes. Cada tanto tose lejos del micrófono, amparada por las sombras de una puesta lumínica que en su escasez parece querer protegerla. Pero, ¿es sólo cuestión de un resfrío?

Entre su anterior visita –en el mismo lugar– y el presente, la cantante atravesó una separación que terminó de golpear su de por sí extrema sensibilidad, casi se queda en la ruina económica y tuvo que ir a visitar a varios profesionales de la salud. De todo eso, como buena artista acostumbrada a volcar sus angustias en canciones, emergió con Sun, un álbum en el que tocó todos los instrumentos. Allí se corrió del blues que transitó en The greatest y Jukebox, para apoyarse en sintetizadores mínimos, con líneas melódicas claras y bases sencillas. Y lo trasladó al escenario con una banda que arañaba la corrección, como mucho, en la que sólo sobrevivió de la anterior el tecladista y guitarrista Gregg Foreman (no casualmente, el más sólido del combo).

Tal vez sólo se haya tratado de una noche en la que las cosas no estaban bien, pero la primera parte del show pareció más hecha de manotazos que de certidumbre. La versión de “The greatest” fue irreconocible, pero Marshall ya tiene acostumbrados a eso a sus fans: las canciones suelen ir hacia donde las lleva su humor. Pero además costaba entenderle, porque su voz –como se dijo– estaba muy por debajo de su potencial. En “Cherokee”, “Silent machine”, “Manhattan” y “Human being”, primera seguidilla de canciones de Sun, se apoyó en la guitarrista, que cantó junto a ella todas las letras. Los movimientos de Marshall, que siempre parece estar bailando una melodía que sólo suena en su cabeza –lo que constituye un encanto extraño–, ahora se veían afectados por un caminar vacilante con algo de renguera. Tras “King Rides By” (What would the community think, de 1996), la flamante (e inédita) “Bully” la mostró en toda su vulnerabilidad, sólo acompañada por el piano. El punto más bajo del show fue la versión de “Angelitos negros”, el tema que popularizó Pedro Infante, en un espanglish aún más ininteligible que el de su visita anterior y con la banda sosteniendo un dramatismo pasado de rosca.

Pero como si haber tocado fondo la hubiera impulsado con fuerzas hacia arriba, Marshall empezó a encontrar su voz. Para “Always on my own”, “3,6,9” y “Nothing but time”, todas de Sun, había cambiado la campera de cuero por una de jean y ya no se escondía tanto de las luces, más segura –o todo lo que ella puede estarlo– de su performance. “I don’t blame you” (You are free, ’03) arrancó con el piano solo y blusero, pero luego entró la banda, que ató con piolines un crescendo artificioso. La cosa mejoró con “Metal heart” (Moon Pix, ’98) y con el extraño cruce de artistas australianos que propuso la cantante: “Never tear us apart”, de INXS, mezclada con “Shivers”, la canción sobre el suicidio de The Boys Next Door (la primera banda de Nick Cave). “Peace and love” y “Ruin”, también de Sun, marcaron el cenit del show, mientras Marshall agradecía al público con palabras trabadas y esos gestos amables pero incomprensibles tan típicos en ella. Y también fue el final –no hubo bises–, remarcado por hip hop saliendo de los parlantes y toda la banda arrojando púas y stickers al público. Y ella deshaciéndose en saludos, con el felino poder de un jaguar herido en busca de sanación.

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