Mariana Baraj apenas eleva del piso sus ojos negros, profundos, y retiene una imagen: empezando el año viajĂł hacia un valle serrano que es casi una hermosa nada. Se llama Angastaco y queda en Salta, mucho más allá de Cafayate. La idea era mezclarse con copleras de verdad y, simplemente, hablar de lo que fuere. Lorena GarcĂa, la ideĂłloga del documental, se encargarĂa de darle una coherencia al relato... seguir el tránsito de la copla, desde donde nace hasta Buenos Aires y, desde aquĂ, hasta JapĂłn, donde la percusionista y cantante –hija de Bernardo– llevĂł hace un tiempo su delicado folklore y endulzĂł el paladar de los nipones. La pelĂcula, a punto de estrenarse, porta un tĂtulo exacto y conocido: “Esta cajita que toco tiene boca y sabe hablar”. Dos cosas. Una: cuesta poco imaginar a Mariana, con su paz intrĂnseca, su suavidad vocal y sus modos sutiles, involucrada en el tempo artĂstico-humano del norte, con su mĂstica y su gente. Dos: el tĂtulo del film –que remite a cierta copla anĂłnima– la define por completo: su instrumento tiene boca, sabe hablar y cuando lo hace, dice lo que Mariana quiere decir. La simbiosis persona-instrumento es indiscutible. “No tengo una explicaciĂłn racional –dice ella–; cuando escuchĂ© por primera vez una baguala, me puse a llorar, me conmoviĂł muchĂsimo. Son cosas que no se pueden explicar con palabras.”
Para más datos, está el disco recientemente editado por Los años luz. Se llama Margarita y Azucena, lo produjo Lisandro Aristimuño y está poblado de diez versiones, en su mayorĂa sobrevoladas por la estĂ©tica primal y profunda del NOA: “Tinkuman”, un canto tradicional boliviano, que se asienta en febrero, el mes del encuentro, del comienzo de la cosecha; dos recopilaciones de Leda Valladares (“Ay porque Dios me darĂa” y la que da nombre al disco), la bellĂsima canciĂłn de Gustavo Santaolalla (“El CardĂłn”) y un comienzo catártico, violento y radical de Violeta Parra: “Maldigo del alto cielo”. “QuerĂa abrir el disco con ese tema: la contundencia de Violeta Parra es tan radical que no hay con quĂ© darle... me pareciĂł que abrir con esta canciĂłn me corrĂa de eje. Las recopilaciones me abrieron un camino y siento que todavĂa tengo que transitarlo, explorarlo mucho más”, cuenta ella, con profundos silencios entre palabra y palabra, y anunciando que se presentará hoy en la sala Villa Villa del Centro Cultural Recoleta (JunĂn 1930).
–El disco abre con bronca y cierra con dulzura: “La gota de rocĂo”, de Silvio RodrĂguez, aparece como un oasis.
–Es como la contrapropuesta, como si dijera: “alguien que me abrace, por favor”. El tema me lo propuso Lisandro... yo nunca fui una escucha de Silvio. Es más, este tema no lo conocĂa. Me tomĂ© el tiempo necesario para abordarlo y, cuando me convencĂ, lo grabĂ©.
–A diferencia de sus anteriores discos (Lumbre y Deslumbre) éste parece contener un abordaje más “pop” o “moderno”. ¿Cuánto tuvo que ver el trabajo de Aristimuño?
–Lo de moderno es discutible. Creo que es muy distinto a los otros, sĂłlo por momentos. En los tres discos hay elementos en comĂşn, tanto como diferencias. Por un lado, podrĂa ser el trabajo de Lisandro y, por otro, mi momento personal. Es inevitable que cada disco tenga un color distinto... pero no sĂ© si más o menos moderno, es una cuestiĂłn de matices. Otra diferencia podrĂa ser la forma en que se grabĂł: mientras los primeros los hicimos todos juntos, en la misma sala, Ă©ste se grabĂł con muchas capas y muchas horas de estudio. Lo veo como un tránsito fugaz por una estĂ©tica más pop, pero tratando de mantener la esencia de lo que soy yo.
–¿Cuánto influyen los momentos personales a la hora de grabar un disco?
–Un montĂłn, hablo de mĂ. La mĂşsica es mi vida y en base a ella gira todo. La injerencia del estado de ánimo es total para el resultado.
–¿Y cuál era su estado anĂmico durante la grabaciĂłn?
–Un mix entre felicidad y melancolĂa.
Mariana tarda una enormidad en terminar el tĂ© con limĂłn. Cuenta que tiene una hija de 15 años, que se llama Alma y se autoflorea: “Soy muy mamá”. TambiĂ©n habla de su hermano, el baterista Marcelo Baraj, con quien están trabajando un proyecto en comĂşn, y de su padre. “Mucha mĂşsica que me encanta la incorporĂ© gracias a Ă©l”. Recuerda los momentos en que, de chica, recorrĂa teatros y clubes como parte de la troupe de Alma y Vida –la banda de jazz-rock de su padre– y la define como “un grupo que, en su momento, abriĂł mentes y corazones”. Pero se desmarca de los retornos. “No soy muy amante de los revivals... hay algo de ese concepto que no me termina de cerrar. No lo incorporo, no me motiva demasiado. Alma y Vida es un grupo que en su momento no pasĂł desapercibido, porque conceptualmente tuvo mucho peso... pero creo que su mejor momento ya pasĂł.”
–Todas las canciones del disco son ajenas. ¿No se anima a componer?
–SĂ... compongo. Tengo temas grabados, pero todo lleva un tiempo de madurez. Los mostrarĂ© cuando llegue el momento.
–¿Y qué le sale cuando se sienta a crear?
–Hay toda una veta que tiene que ver con la composiciĂłn, que yo ya vengo trabajando desde hace mucho tiempo. Tiene que ver con arreglar desde la percusiĂłn. Hay temas armados con calimbas, otros con piano, pero todavĂa no tienen una forma. Llegan con una influencia folklĂłrica, producto de una enorme gama de mĂşsicas que escucho y calculo que cuando salgan, dejarán al descubierto mi yo musical, que se nutre de folklore argentino más una enorme cantidad de mĂşsica que escucho de otras partes del planeta.
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