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Martes, 26 de julio de 2016
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Ricardo Darín recibió el Platino de Honor por su trayectoria

“El cine cuenta historias que nos ayudan a vivir mejor”

El actor argentino fue galardonado en la ceremonia realizada el domingo en Punta del Este, que premia a lo mejor del cine iberoamericano. “Esto contribuye a nuestra unión, a nuestra confraternidad, y demuestra que por debajo nuestros lazos son muy fuertes”, aseguró.

Por Oscar Ranzani
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Además del Platino de Honor, Ricardo Darín se llevó el Premio del Público por su actuación en Truman.
Desde Punta del Este

El cariño por Ricardo Darín no conoce de fronteras: en una cálida ceremonia celebrada en el flamante Centro de Convenciones de la ciudad costera más famosa del Uruguay, el actor recibió el Premio Platino de Honor, una decisión de la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales (Egeda) –organizadora de estos galardones– que deja en claro la valorización tanto del cine argentino como de sus figuras. Antes del evento, Darín había sido anoticiado que había ganado el Premio del Público por su actuación en Truman, donde compone a un hombre que, enfermo y al borde la muerte, se preocupa por el futuro de su perro sin él, y recupera una amistad que parecía perdida. “Estoy muy contento de estar acá, me siento muy honrado, sobre todo por tener la posibilidad de estar apoyando y tratando de consolidar estos premios que hacen, sin lugar a dudas, a nuestra unión, a nuestra confraternidad, a poner en valor algo que viene ocurriendo desde hace muchísimo tiempo entre nosotros pero que ya iba siendo hora de que se notara claramente en la superficie: subcutáneamente, por debajo, nuestros lazos son muy fuertes”, expresó el actor argentino más requerido por el cine nacional en una conferencia de prensa de la que participó Página/12.

–¿Truman lo llevó a reflexionar de una manera que tal vez no había pensado sobre la muerte?

–Sí, el trámite de la realización de Truman, el camino de enlazarlo con la historia, discutir su guión que tan generosamente nos propuso Cesc Gay, su director, para afinar ese último tramo antes de iniciar el rodaje, inevitablemente nos hizo internarnos cada vez más no sólo en la historia escrita sobre el papel sino en la experiencia que cada uno de nosotros arrastró tristemente en nuestras vidas con respecto a situaciones parecidas. El estar en contacto permanente con ese nivel emocional nos llevó a ver cómo se para uno frente a la muerte, pero también es cierto (y siento que esa es la verdadera clave de esta historia) que intentamos averiguar cómo nos paramos frente a la vida antes de la muerte. Me parece que esa es la parte más interesante. De hecho, fue lo que nos propusimos: no dejarnos intoxicar demasiado en el trámite de la realización por lo que presuponía el hecho triste de la desaparición sino de valorar los momentos que teníamos por delante. Eso fue lo que nos rescató y nos permitió hacer la película, y con un nivel de energía elevado, que era lo complejo.

–¿A quién le dejaría algo que quiere mucho?

–Esa es la gran pregunta, porque a priori no hay nada establecido. Son cosas que, con suerte, se pueden ir descubriendo en ese triste tramo, pero creo que nuestra labor durante este camino, lo que dure nuestra vida, esté focalizada en eso, en saber cuáles son las relaciones, los lazos afectivos que establecemos y la forma en cómo nos comportamos con los demás. A lo mejor, ahí está la clave de dónde podríamos depositar nuestros tesoros.

–Usted ha trabajado dentro y fuera de su país. ¿Qué significado le da a un premio a una trayectoria? ¿Qué supone para las nuevas generaciones de actores y para el cine iberoamericano?

–Anoche me encontré con un par de actores mexicanos muy jóvenes, que me abrazaban emocionalmente con sus cuentos respecto de qué los motivaba de las distintas historias y qué los empujaba a encarar desafíos nuevos. Esa es la rueda de la vida: todo lo que vamos haciendo y lo que conseguimos, para bien o para mal, más allá de ver los resultados económicos o de taquilla. El cine nos ayuda a vivir mejor y hay historias que nos ayudan a caminar. La sensación que podemos sentir a la salida de la sala si vimos una buena película es maravillosa : nos hace sentir que todo es posible, que todo depende de nosotros, que nos empuja hacia adelante; en vez de aplastarnos, nos eleva. Si tenemos la oportunidad de derramar y repartir esas sensaciones a las generaciones nuevas, algo estaremos haciendo bien. Así que me siento muy orgulloso de este abrazo que me están haciendo con este premio.

–Uno de los objetivos de los premios Platino es entregar una marca al cine latinoamericano y que tenga una mejor distribución internacional. ¿Qué cree que le falta a la distribución del cine latinoamericano para que viaje mejor entre los países de habla hispana?

–Ojalá tuviera la respuesta precisa. Por lo menos, el planteo es muy interesante. A nosotros nos ocurrió tener una fluidez de intercambio en décadas anteriores con las cinematografías europeas, ya sean la española, la francesa o la inglesa. Estábamos acostumbrados a tener una posibilidad de intercambio cultural muchísimo más fluido que el que tenemos hoy en día. Probablemente la explicación a eso está en las distribuciones, pero creo que –y es innegable y tenemos que asumirlo de alguna forma– la industria estadounidense dispone de una dinámica y de un mecanismo realmente muy importante, y también se ha encargado de ir sacando lamentablemente de algunas plazas las posibilidades de que conozcamos nuestras historias. No pretendo hablar en contra de ellos porque sería una abstracción imposible de abarcar, pero es una pregunta que debemos hacernos y contestar cada uno de nosotros para adentro; es decir, hasta qué punto nos interesan las superproducciones y los efectos especiales, o las historias que tienen carne y hueso. Cada uno debe tener una respuesta íntima con respecto a esta pregunta, pero el tema es tratar de visualizar cuál podría ser una posible solución para reencauzar eso. Me encantaría poder seguir disfrutando de tantas otras cinematografías que quedaron un poco cercenadas por una cuestión de espacio y de ocupación frente al avasallamiento de las grandes producciones americanas y de las distribuidoras.

–¿Hay un método Darín para trabajar?

–Eso tiene que ver con la fama que ha construido Javier Cámara. Me anda gastando bromas todo el tiempo y dice que está en 1º año de “Darín” y que está por dar examen a fin de año (risas). Lo conozco en profundidad, ya me voy a vengar... No creo que haya un método. Sí necesitaríamos un método los actores en general, sobre todo los más jóvenes, porque el cine se aprende haciéndolo. Hasta el año ‘93 yo había hecho un montón de películas, de diversas calidades, algunas de ellas recordables y otras no. De todos modos, no me avergüenzo porque lo hacíamos con las mejores intenciones, lo que pasa es que las cosas a veces salen bien y otras no. En el ‘93 tuve la oportunidad de hacer con un gran amigo, Alberto Lecchi, su ópera prima, Perdido por perdido. Eramos muy jóvenes los dos, y él fue quien por primera vez se interesó y tuvo la generosidad de mostrarme cómo funcionaban las cosas detrás de cámara; es decir, no sólo la parte técnica sino cómo se veían las cosas detrás de cámara y hasta qué punto muchas veces los actores, por lo que es la metodología de trabajo aplicado al cine, perdemos energía entre una toma y la otra. Porque todos sabemos la cantidad de tiempo necesario para ubicar bien las cosas y que las tomas salgan cada vez mejor. Sucede que, cuando uno está doce o catorce horas en un set o en los exteriores, a veces de madrugada y con las inclemencias del tiempo, pierde mucha energía si no entiende la llave para poder economizar eso y poder aplicarlo en el momento en que la cámara esté funcionando. Por ejemplo, entre tantas otras cosas, él fue el que me abrió un poquito la puerta para mostrarme las posibilidades que se tienen en la medida en que uno conoce cómo funciona las cosas detrás. Se lo agradeceré toda mi vida porque, a partir de ahí, empecé a ver nuestro trabajo, el de los actores, desde otra perspectiva. Y realmente sentí que no sólo me servía a mí, que podía intentar hacer que las cosas salieran más enfocadas y más funcionales a la historia, sino que, por consiguiente, como nuestro oficio se nutre de la reciprocidad, eso mejoraba la relación entre todos los actores. Así no me alcanzará la vida para agradecerle.

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