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Martes, 6 de mayo de 2014
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Obra reciente de Rómulo Macció en el Centro Cultural Recoleta

El “Repertorio” de un pintor

El artista presenta una treintena de pinturas de gran formato: principalmente rostros que sirven de pretexto para pintar con la libertad de siempre, con colores y formas potentes, y marcados contrastes.

Por Fabián Lebenglik
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La mirada de Leonardo y Descomposición, dos pinturas de Macció de 2013.

El Centro Cultural Recoleta presenta una muestra de una treintena de pinturas recientes de gran formato de Rómulo Macció (1931), realizadas en su mayoría en 2013 y 2014.

Asomarse a una muestra de Macció es sumergirse en una pintura libre de prejuicios. Colores y formas potentes, marcados contrastes, figuras fragmentadas en líneas y planos, diluidas en juegos de espejos y reflejos, formas que tanto pueden contener como ser contenidas por otras formas. Los contrastes de figuras y colores siempre resultan aventurados en su obra, porque elige no ir por lo seguro sino jugar y producir una tensión plástica y visual.

Las imágenes de Macció sorprenden porque, al ser pinturas en las que el artista ejerce plena libertad, tienen algo de impulsivas y juveniles; siempre el pintor expone nuevamente como por primera vez. La obra de Macció parece decir que sin expresión no hay arte; porque allí se juega claramente la necesidad de expresar. Desde esta perspectiva, la pintura debe tocar el ojo del espectador y comunicar algo.

La figuración en Macció es casi un pretexto para explayarse en lo puramente pictórico; sin embargo, en casi todos los cuadros de esta muestra se evocan rostros pintados con distintos tratamientos de la imagen. También pueden verse siluetas de cuerpos y algunas flores.

La exhibición lleva el título Repertorio, palabra fiel a la poética del artista, que para pintar todo lo que quiere no necesita demasiados elementos sino un repertorio limitado, que en sucesivas variaciones y tratamientos de la imagen generan la elocuencia buscada.

La figura es puramente expresiva y, en este sentido, el predominio de caras es el resultado de versiones deformantes, esquemáticas, fraccionadas, fundidas con otras figuras y entre colores; camufladas, duplicadas, multiplicadas, atravesadas por cortes, planos y simetrías; ejerciendo acciones o padeciendo reacciones. Tal multiplicación de rostros en distintos tamaños y escalas, como centro o como uno de los núcleos de cada obra, produce un efecto rítmico en el recorrido de la exposición, que tiene curaduría de Renato Rita.

Las diferentes aproximaciones a la imagen de un rostro también incluyen el tópico de las metamorfosis, no sólo de un modo lúdico sino también dramático.

Los títulos acompañan a veces literal, a veces metafóricamente las imágenes, junto con los que sólo indican “retrato”, hay los que suponen “vértigo”, “grieta”, “sueño”, “soplo” y los que remiten a gestos, anatomías y expresiones: “grito”, “risa”, “mirada”, “beso”. Una nomenclatura que tiene apoyo en el gesto de impulso y control de las imágenes.

La luz interna de las pinturas es un componente central y también muy expresivo, que está bien acompañado por la iluminación de la sala, generando climas, tanto con la luz ambiental como con los acentos y matices que se obtienen gracias a la iluminación puntual.

Si el estilo es un modo de dirigirse a los otros, puede pensarse también que es una manera de conectarse con el futuro. En Macció, esa instancia de futuro siempre se actualiza. Así lo comprobó cada vez que volvió a mostrar cuadros de décadas anteriores, porque renovó la mirada del espectador armando nuevos contextos, nuevas configuraciones, nuevos recorridos.

El pintor viene produciendo un enorme cuerpo de obra a lo largo de su vida y en tantas décadas de trabajo construyó también un espectador a la medida de su obra. En este punto, tal estilo propio es como un modo de mirar el mundo. Y en cualquier disciplina, el ideal del artista es crear una obra que genere sus propias maneras de ser vista (o leída, o escuchada).

A lo largo de casi sesenta años de producción, puede decirse que Macció es muchos pintores, no sólo sucesiva sino también simultáneamente, de un cuadro a otro, de una serie a otra. El artista pasó por el surrealismo, por la gestualidad informalista, por la neofiguración y el realismo. Gracias a estas variaciones y transformaciones, a veces parece romper con un lenguaje previo, pero luego lo retoma y reactualiza.

Además de haber ganado el Primer Premio Internacional del Di Tella, el Guggenheim y el Gran Premio de Honor del Salón Nacional, su nombre está ineludiblemente ligado a los de Noé, De la Vega y Deira, cuando juntos formaron la Otra Figuración, entre 1962 y 1965. Aquél fue uno de los momentos más relevantes de la historia de la pintura argentina moderna, tanto por la relación de sincronía con el arte internacional como por su conexión con los demás campos de la cultura.

Hace un tiempo, el pintor dijo que “admiraba el romanticismo de Caspar David Friederich, la extravagancia de Otto Dix, la pincelada lírica de Miguel Carlos Victorica, el punto de vista de Francis Bacon y la libertad de Matisse, Picasso y Klee”, y tales preferencias, para construir finalmente un pintura propia, se combinan con su definición de la creación artística: “A mi modo de ver, la creación artística parte de un oscuro núcleo; su falta de finalidad es su aventura, y su valor es incierto”.

Si bien la exposición continúa hasta el 28 de mayo, el Centro Cultural Recoleta (en Junín 1930) anuncia una segunda muestra de Macció, a partir del 19 de junio.

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