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Jueves, 26 de diciembre de 2013
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Se publicó aquí la Sinfonía Fantástica, por la West-Eastern Divan Orchestra

Festejo con sentido simbólico

Daniel Barenboim celebró el décimo aniversario de la orquesta que creó junto a Edward Said con la obra fundante compuesta por Héctor Berlioz. En esta pieza no sólo era importante lo que sonaba, sino desde dónde sonaba y el efecto que esto causaba en el oyente.

Por Diego Fischerman
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Barenboim, con orquesta moderna, logró una versión notable.

Un grabado de Jean-Ignace Isidore (conocido como J. J.) Grandville ocupaba la portada de La vuelta al día en 80 mundos, de Julio Cortázar. Y el último disco de Queen con su formación original, Innuendo, utilizaba como ilustraciones una serie de dibujos de este caricaturista francés. Ni uno ni otros sabían, probablemente, que una de las obras de este artista, un grabado de 1846, era uno de los testimonios más importantes que existían acerca de la recepción de una composición musical tan delirante como genial, a la que la historia acabó confiriéndole el lugar de fundadora de la orquesta moderna. Allí aparecía Héctor Berlioz dirigiendo su Sinfonía Fantástica: una orquesta monstruosa donde convivía un ejército de tubas y contrabajos, un gigantesco ophicleide, un cañón y, claro, un público espantado.

El grabado original, en blanco y negro, sin el público y sin esa extraña invención llamada ophicleide, una especie de tuba que pronto caería en desuso, aunque sí con el cañón, se había publicado un año antes –al mismo tiempo que Berlioz terminaba de corregir la partitura de la obra estrenada en 1830–, en un diario parisino. La nueva versión, coloreada y con los agregados detallados, se utilizó como ilustración de una novela satírica de Louis Reybaud, Jérome Paturot a la recherche d’une position sociale. Estaba acompañada con un epígrafe: “Afortunadamente la sala era sólida”. Inspirada por las Confesiones de un opiómano inglés, de De Quincey, por su propia megalomanía y por la fascinación que le había producido la actriz inglesa Harriett Smithson, a quien había visto en el papel de Ophelia en una representación de Hamlet, de Shakespeare, la Fantástica llevaba, como subtítulo, la leyenda Episodios en la vida de un artista y, supuestamente, contaba la lucha entre el creador, con el amor de su lado, contra las fuerzas de la mediocridad reinante.

Por un lado, con su “idea fija” –un motivo que representaba a la amada y que aparece y reaparece a lo largo de la obra, transformado de diferentes maneras– anticipa una clase de forma musical que sería central para Wagner y la ópera de finales del siglo XIX. Por otro, literalmente, inventa una nueva orquesta, en la que, además de las cuestiones tímbricas –combinaciones de nuevas invenciones, como el citado ophicleide, con instrumentos obsoletos, como el serpent renacentista, o de trompetas naturales con cornetas a pistones– y de densidad –filas de bronces excepcionalmente pobladas–, aborda aspectos espaciales. En esta obra no sólo era importante lo que sonaba, sino desde dónde sonaba y el efecto que esto causaba en el oyente.

Que Daniel Barenboim, para festejar el décimo aniversario de la orquesta que creó junto a Edward Said, la West-Eastern Divan Orchestra, conformada por jóvenes instrumentistas nacidos en Israel y en diferentes países árabes, haya elegido esta obra fundante tiene, en todo caso, un inocultable sentido simbólico. Se trata, en última instancia, de la invención de una orquesta. Existen, desde ya, innumerables versiones de la Fantástica, algunas de ellas –Munch, Colin Davis– referencias inevitables. John Eliot Gardiner la registró hace veinte años reproduciendo las dimensiones y la instrumentación original y, más cerca, en 2008, Jos van Immerseel, al frente de la orquesta Anima Eterna Brugge, grabó una lectura radical, en la que se respetan al pie de la letra todas las indicaciones del compositor, incluso aquella en que aconseja, si no se consiguen campanas con la afinación requerida, usar dos pianos juntos para lograr ese efecto (en esa versión, publicada por el sello Zig Zag Territoires, se utilizan dos Érard del siglo XIX). Barenboim, con una orquesta moderna –tubas, trompetas, flautas de metal y campanas tubulares–, consigue una versión impactante, con la que colabora la suntuosa toma sonora de Decca. La grabación, realizada en vivo en los Proms de la BBC de 2009 –“una brillantez que corta el aliento”, escribió en su momento The Guardian-– incluye también una deslumbrante interpretación del poema sinfónico Los preludios, de Franz Liszt. Y el disco, con muy buena presentación, acaba de ser editado en la Argentina.

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