Los llamaban The Rat Pack, algo asĂ como “La jaurĂa de ratas”, aunque ellos, razonablemente, preferĂan apodarse El Clan o La Cumbre. En verdad, el Rat Pack original fue uno encabezado por Humphrey Bogart allá por los años ’40, del que Frank Sinatra formaba parte. Pero el nombre quedarĂa adosado para siempre a un grupo posterior, que hacia fines de los ’50 heredĂł el apelativo. Lo presidĂa, claro está, il Compare Sinatra, y completaban el pack Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford y Joey Bishop, tanto o más famosos por sus juergas y trasnochadas que por su condiciĂłn de actores, cantantes o comediantes. Dando un paso más allá de las festicholas, una serie de libros aparecidos en la Ăşltima dĂ©cada echĂł luz sobre los contactos del grupo con el clan Kennedy y con la mafia. Otro tanto hace un telefilm producido en su momento por la cadena HBO y emitido hace ya diez años, cuyo tĂtulo original es justamente The Rat Pack. En sincro con el vigĂ©simo aniversario de la muerte de su lĂder –cumplido la semana pasada–, AVH acaba de editarlo en DVD con el tĂtulo de El clan Sinatra, que es como siempre se conociĂł en la Argentina a estos autĂ©nticos buenos muchachos.
Con Ray Liotta como Sinatra, Joe Mantenga como Dean Martin y Don Cheadle en el papel de Sammy Davis, El clan Sinatra muestra al padrino del grupo como un verdadero conspirador, obsesionado casi hasta lo infantil con ganarse la confianza presidencial y utilizarla en su favor. La confianza de John Fitzgerald Kennedy, claro, a quien apoyĂł decidida y pĂşblicamente desde las internas, que JFK terminarĂa ganando en 1960. ÂżCĂłmo llegĂł Frankie a conocer a Johnny? A travĂ©s de Peter Lawford (encarnado aquĂ por el escocĂ©s Angus McFayden), mediocre actor inglĂ©s, pero esplĂ©ndida escalera al poder, que más o menos para esa Ă©poca contrajo enlace con Patricia Kennedy, hermana de John. Si Lawford le presentĂł a Marilyn al presi, Sinatra complace el famoso priapismo (equivalente masculino de la fiebre uterina) del primer mandatario sirviĂ©ndole en bandeja a Judy Campbell, actriz tambiĂ©n británica y mamá, a la sazĂłn, de Jane Birkin. Sucede que para la misma Ă©poca la señora Campbell solĂa visitar otro lecho: el de Sam “Momo” Giancana, el capomafia más allegado a Sinatra. ÂżY quiĂ©n tenĂa por entonces a Giancana entre ceja y ceja? Robert “Bobby” Kennedy, procurador general de la naciĂłn. A su vez, J. Edgar Hoover, director del FBI y facho viejo, se salĂa de la vaina por agarrar de las mechas al liberalote de JFK. Judy Campbell era esas mechas.
La historia es fascinante por donde se la mire. SĂşmese que el protagonista no canta mal, que Ă©l y sus amigos saben divertirse, que las bromas que suelen hacerse (en escena o fuera de ella) son verdaderamente graciosas. AgrĂ©guese que uno de ellos –que es negro, judĂo, feo, tuerto y petiso– acaba de anunciar su casamiento con una diosa blanca como de dos metros (la actriz sueca May Britt), en la AmĂ©rica pre-derechos civiles. Y se obtendrá un material que chorrea jugo por los cuatro costados. El clan Sinatra no llega a exprimirlo del todo, por varias razones. La primera es que, más que un telefilm de dos horas, la cosa daba para una miniserie de seis. Por lo cual el apuro, la compresiĂłn y el paneo rápido se hacen sentir. Más aun teniendo en cuenta que el director (Rob Cohen, en cuya foja se amuchan cosas como Daylight y Rápido y furioso) no se caracteriza por la incisiĂłn de su mirada.
Pero si hay un problema de fondo en El clan Sinatra es que ni Ray Liotta como Sinatra ni William Petersen como Kennedy tienen no ya el más remoto parecido fĂsico con sus modelos, sino algo más básico, de carácter casi hormonal. Llámesele carisma, grandeza o voluntad de poder, sin esa hormona uno y otro caen desde las cumbres del Mito hasta un llano en el que lo Ăşnico que se divisa es, simplemente, a dos actores mediocres, transpirando para dar un pinet que jamás podrán alcanzar. No sucede lo mismo, por suerte, con Mantenga, Cheadle y McFayden, que logran “ser” Martin, Davis & Lawford.
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