Conocà a Rivero en el ’73 o el ’74, en casa de mi tÃo Luis Silva. Yo tenÃa 15 o 16 años, y veÃa al tango como algo espectral, siniestro y decadente –tal vez por los años que corrÃan–. El cantor llegó con su guitarra y me sorprendió con sus dotes de músico clásico, un aspecto de Rivero que hasta el dÃa de hoy es poco conocido. Esa noche su voz cavernosa me transmitió una cosa que fue cambiando con el tiempo, a medida que yo crecÃa.
A comienzos de los noventa, ya metido en el tango, fui haciendo una reescucha de su obra. Empecé a redescubrir a ese tipo enorme y trabajador, que poseÃa un registro único (podrÃa clasificarse como un bajo noble, el bajo más bajo de todos). Por otra parte, me di cuenta de la importancia de su búsqueda vinculada a la proyección de las posibilidades que podÃan abrirse alrededor del lunfardo del ’900. Hoy creo que Rivero es un imprescindible, porque acompañaba su capacidad expresiva con un rastreo muy profundo de su arte, en lo que él entendÃa como un ejercicio que le servÃa para hacerse a sà mismo.
* Cantante y compositor.
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