Ya, quince años. Enero. Sin despedirse. Miguel, el profundo, el buscador. Buscar respuestas para preguntas sin respuestas. Entonces, la mano abierta. El diálogo. La palabra amistad. Y de pronto, la nada, el vacÃo. La muerte. La muerte que es muerte pero no punto final. Las imágenes, los recuerdos, la nostalgia por el diálogo perdido. Por esa sabidurÃa sana, de campo, la llamo yo. Porque justamente me acuerdo de una larga charla en el café El Foro, de Corrientes y Uruguay, mi café preferido que todavÃa no tiene algún tango que lo recuerde. AhÃ, el paso de la gente apresurada y el diálogo sin prisa con Miguel y el Gordo Soriano. Un diálogo casi en voz baja. Los tres, casi gente de campo, por lo menos en sus orÃgenes. Gente del interior, por eso, más pausados. Briante nos hablaba de su caballo en General Belgrano (a Miguel le gustaba decir mejor que habÃa nacido en Manuel Belgrano, no lo querÃa general al generoso de la azul y blanca). Yo relataba sobre mis largas cabalgatas por Naré y Humboldt, allá, en la pampa gringa santafesina. El gordo Soriano nos hablaba, en cambio, de guanacos, y, como siempre, le creÃamos la mitad pero lo acelerábamos para ver cómo su imaginación se transformaba en fantasÃa. Literatura pura.
Cuando nos adentrábamos en el campo salÃa la discusión del idioma, de ese idioma; Briante se endulzaba con Benito Lynch, el olvidado; Soriano con José Hernández, el indiscutible, y yo, distante, les aconsejaba al intocable Hudson de Allá lejos y hace tiempo. Donde el idioma es el paisaje y ahÃ, les decÃa casi levantándome de la silla, ahà está el verdadero idioma. Pero después nos unÃamos en algo que nos unÃa hasta el fanatismo. SÃ, empecemos primero por Chéjov. Ahà está el idioma de la melancolÃa, el idioma del silencio, de la nostalgia, el idioma del paisaje sin horizontes y con caminos vacÃos. Y para personajes, Dostoievski, está todo dicho. Ahà estábamos los tres de acuerdo. Esa melancolÃa era la esencia de la vida, lo único a lo cual se podÃa esperar. La única oración: la melancolÃa del recordar. Es esa melancolÃa que me invade cuando observo el lugar que ocupaba El Foro, que no existe más. ¿A dónde fueron a parar las sombras que se movÃan constantemente en él, a dónde las palabras que se pronunciaban sin parar, las carcajadas súbitas que rompÃan el equilibrio de los sonidos de motores, los bocinazos de antes y los gritos repentinos? Los dos, Miguel y el Gordo se fueron –uno un poco antes que el otro– justamente en este enero del calor y los vacÃos. De pronto, asÃ, se quebró el diálogo. Queda, sÃ, la nostalgia. La nostalgia del diálogo, de las imágenes, el humo. Algún diálogo. La melancolÃa. Bella.
–La mejor bebida del escritor es el whisky, lo único que han hecho bien los ingleses –nos explicó Briante, con gesto definitivo.
–Los escoceses –corrigió Soriano.
–SÃ, el whisky –lo corregà yo–, pero un vaso sólo; el segundo, te mata células, las ideas.
–Y te paraliza la lengua –agregó el Gordo.
Miguel me miró como desarmado e incomprendido. Es como si de pronto lo hubiéramos dejado solo.
Briante. Quince años ya. La búsqueda constante de él. El querer comprender desde la experiencia. Justo esa generación que ya fue apareciendo en el ’82, poco a poco. Nueva, queriendo saber todo, explicarse todo. Frente a generaciones que no querÃan saber nada ni de lo pasado ni de búsquedas. No querÃan desaparecidos en su historia. Y los exiliados que regresaban ante un silencio que querÃan olvidar todo. Y esa nueva generación de buscadores desde sus nuevas publicaciones que querÃa saber lo que habÃa pasado. Qué habÃan hecho los argentinos con la Argentina. En esa búsqueda estuvo Miguel Briante. De pronto, su final. Nada más injusto. Necesitamos un Chéjov para describir la melancolÃa que despierta su ausencia. Pero están sus libros. Un testimonio válido para definirlo. El ya no está para darnos la mano. Pero sÃ, sus libros, para leerlo y encontrarlo siempre.
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