Si hay seres que dejan huella en cada tiempo histórico, y en los que toda sociedad puede mirarse, yo no sé por qué pero suelen ser los escritores. Y de entre ellos, algunos pocos funcionan como faros universales de su época. Ese es el caso de José Saramago, quien seguramente por su búsqueda incesante de Dios desde una conciencia marxista, quedará en la Historia –y no sólo literaria– como una luz de excepción, un modelo ético a seguir. Quien haya leÃdo El evangelio según Jesucristo lo sabe.
A esa pasión hay que agregarle –para disfrute de lectores– una escritura tersa y acompasada como fue la suya, con un preciosismo tÃpicamente portugués, facilitado para nosotros por estupendas traducciones al castellano (la mayorÃa a cargo de su esposa, Pilar del RÃo).
Tuve la fortuna de compartir con él un par de encuentros y una cena con amigos en Lisboa. Y atesoro también una larga mañana rosarina, durante el Congreso de la Lengua, en la que leÃmos y desarrollamos la común pasión por el fomento de la lectura ante centenares de adolescentes en una escuela de esa ciudad. Para mà también fue un enorme aprendizaje.
Hombre recio y de amistad difÃcil, riguroso en sus juicios e implacable lector, pienso que José Saramago finalmente descansa en paz. Se lo ganó bien, a pura literatura.
* Escritor.
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