A lo largo de la historia, los elementos básicos de la máquina de escribir fueron inventados varias veces –hay quien nombra hasta cincuenta antecedentes– antes de unificarse bajo la forma de un bien de consumo masivo. Para eso debieron combinarse varios factores. El más determinante fue que tras la Guerra Civil estadounidense (1861-1865) la empresa Remington se vio en problemas para seguir encajando rifles en el mercado. HabÃa que dar con un deus ex machina para vender en la misma cantidad y a precios equivalentes. Asà fue como Occidente empezó a teclear. Las consecuencias del cambio fueron de la literatura a los cenáculos legales; y de la música a la rutina de las comisarÃas. Hasta los cientÃficos se fascinaron con el tema, elaborando bizarreces como el Teorema Infinito de los Monos (Infinite Monkey Theorem). La incógnita que se plantearon en ese experimento fue el siguiente: si se pone un grupo de monos a tipear, ¿cuánto tardarÃan en escribir las obras de Shakespeare? El hecho de que la pregunta sea calculable no le quita estupidez, pero tampoco la hace menos entretenida. Dan Oliver, especialista en probabilidades, concluyó que si un grupo de animales insistÃa durante 42.162.500.000 billones de billones de años, uno de ellos iba a escribir los primeros diecinueve caracteres de Los dos hidalgos de Verona (Wershler-Henry, Darren; The iron whim: a fragmented history of the typewriting, Cornell University Press, 2007). Con el paso de las décadas el invento fue acumulando anécdotas –Les Luthiers con su dactilófono, las bromas de la Boston Typewriter Orchestra– y sobre todo mÃstica literaria. Mark Twain, Jack Kerouac y Ernest Hemingway son difÃciles de imaginar sin sus respectivas novias metálicas. Hubo incluso figuras que se emperraron en conservar sus Olivettis, Coronas y Brothers ante las circunstancias más hostiles. Uno de los obsesivos fue Frederick Forsyth, que se aferró a su compañera aun después de que se la rayara un balazo estando de corresponsal en Biafra, allá por los sesenta.
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