–En la segunda mitad del siglo XX, la caÃda del Muro de BerlÃn y el fracaso del modelo soviético arrastraron también el capital histórico de los comunistas españoles. Usted en la novela los deja muy bien. ¿Quiso restituirlo de algún modo?
–Voy a decir una cosa que igual suena muy pretenciosa, pero que es verdad: esta novela vuelve sobre un tema muy trillado, pero lo hace desde un punto de vista que, modestamente, creo que no es habitual. Intenté pegarme mucho a la experiencia de los personajes de la época, y creo que la novela se arriesga a contar las cosas como fueron de verdad. Hay muchas cosas escritas sobre aquella época desde la mentalidad de la transición, y por eso vemos a tantos republicanos que no militaban en ningún partido, algo rarÃsimo entonces, o que se situaban por encima del bien y del mal, cuando hasta en las memorias de Azaña, que era un hombre sumamente moderado, se aprecia que era imposible no radicalizarse. Creo que escribà una versión coherente de lo que fue la guerra en Madrid. Si hubiera escrito sobre otro lugar, tal vez habrÃa sido diferente, pero Madrid era un feudo socialista y el gran acontecimiento durante la guerra fue el crecimiento del Partido Comunista. La Guerra Civil fue una situación extrema, de mucha desesperación, y los comunistas cometieron excesos y errores como los demás, pero creo que fueron los más disciplinados, los que tenÃan claro lo que habÃa que hacer y lo hicieron. En ese sentido, el franquismo les dio la razón a NegrÃn y a los comunistas, en que cualquier esfuerzo habrÃa merecido la pena, pero entonces no era tan evidente. Una cosa muy conmovedora de la generación de la República es que muy pocos tenÃan idea de lo que se les venÃa encima. VenÃan de una tradición polÃtica en la que los golpes militares eran normales y muchos pensaron que la situación se normalizarÃa en poco tiempo. No podÃan imaginar que durarÃa tanto.
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