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Viernes, 7 de enero de 2005
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Nuestra frustración

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Por Elsa Drucaroff*

Vi por televisión a un enfermero que corría con el cuerpito de una niña en brazos. Me pregunté: “¿Qué hace una nena ahí?” A fines de los ‘70, principios de los ‘80, fui a recitales de rock. Si alguien me hubiera dicho que en un recital había guardería, hubiera lanzado una carcajada.
Ahora converso con una amiga treintañera, rockera vieja, y me entero de lo vieja que soy yo: los pibes van con sus chicos ya desde hace más de diez años, y se improvisan guarderías. Yo fui a alguno de los primeros recitales de los Redondos, alguno incluso clandestino en tiempos de milicos, con la Momia y Enrique Syms: no se precisaban guarderías; o a nadie se le ocurría ir con sus bebés, o nadie tenía, todavía, bebés. Eran tiempos donde los embarazos muy tempranos no llenaban de sentido la vida, más bien venían a obstaculizarle proyectos y sentidos.
También me cuenta mi amiga que casi todos los empresarios, no sólo Chabán y sus socios, ponen 4000 personas donde entran 1300, y que las puertas cerradas para que nadie se cuele son rutina. El milagro, dice, es que esto no haya ocurrido antes. Y me entero de más: ya no corre eso de mi época, cuando para entrar a Mau Mau había que tener 18 cumplidos. En los boliches donde circulan alcohol, éxtasis y merca, se mezclan muchachas y chicos de 13 años y de 35.
Tanta muerte y tanto horror tienen que servir para algo. Es hora de pensar las responsabilidades para que el horror no se repita. Están las evidentes: el empresario y las condiciones del local, el Gobierno de la Ciudad y la ausencia de inspecciones. De ésas se habla y son fundamentales. Pero yo quiero hablar de otras, que no niegan las anteriores. Quiero hablar de las que no tienen que ver exactamente con la política o la corrupción o con el hambre insaciable de ganancia del capitalismo. Podemos asombrarnos, horrorizarnos por la autodestructividad e irresponsabilidad de nuestros hijos, que arrojan bengalas hacia techos altamente inflamables y depositan bebés en los pisos de los baños para no perderse el recital, o podemos pensar qué dice eso de nosotros, los padres, qué de la sociedad argentina que supimos construir-les, que les hemos legado.
Las generaciones que parieron y criaron a los muertos que hoy lloramos anduvieron por Plaza Francia cantando rock nacional y por los cafés de Corrientes. Yo anduve por ahí, soy una de ellos. Algunos hicieron política cuando hacerlo, además de no dar dinero, costaba muy caro. Peleamos contra nuestros padres, nos reímos a carcajadas de que se hubieran casado vírgenes, o por lo menos de que trataran de hacérnoslo creer, de sus ingenuas advertencias, de su sexualidad pacata o hipócrita, de su filosofía conservadora. Peleamos ferozmente contra sus mentiras, sus rigideces, su terror a la crítica. Nos fue mal y nos fue bien, ocurrieron cosas tremendas pero sobre todo en la vida cotidiana, en las costumbres sexuales, en los derechos de los jóvenes, hubo logros importantes (siempre complejos y contradictorios, pero logros). Lo cierto es que ahora somos padres y hay otros adolescentes que dependen de nuestro cuidado. Pero además, ocupamos los puestos políticos, los puestos de inspección del gobierno de la ciudad, somos los dueños de boliches, los empresarios de sus recitales, los maestros y profesores de sus escuelas secundarias. Y aunque muchos queramos explicar a nuestros chicos que nuestra generación fue lo más, que como nosotros no hubo nadie, que nuestro idealismo y nuestras inquietudes y nuestra cultura y nuestra obra rebelde, y nuestra tragedia y dolor, son y serán inimitables, lo cierto es que demostramos ser incapaces de criarlos, de hacerlos crecer preparados para autoprotegerse, de enseñarles a respetarse, a confiar en que tienen algo que construir y que decir, y de transmitirles, en suma, una certeza completamente elemental: la importancia de vivir, de llegar a viejos.
Se dirá que nuestra generación también se puso en riesgo. Se repetirá que somos la generación masacrada. ¿Pero nuestros desaparecidos suman más que los muertos en vida (sin trabajo, sin educación, sin perspectivas) en que transformaron a nuestros jóvenes los gobiernos “democráticos” que sus padres eligieron mayoritariamente votar en los últimos veinte años? ¿Alguien contó el número exacto de chicos marginales que la policía mata por gatillo fácil o por supuestos o reales “enfrentamientos”, y se suman de a decenas, de a centenas, todas las semanas, todos los meses? ¿Y los chicos Bulacio, Bordón, Carrasco, María Soledad? ¿Y los muertos de Carmen de Patagones? ¿Y los 17 muertos del incendio impune de la disco Kheyvis, de Olivos, once años atrás? ¿Y los chicos secuestrados y asesinados? ¿Y los muertos del 20 de diciembre, qué edad promedio tenían?
Sí, nuestra generación se puso en riesgo. Pero equivocada o no, lo hizo porque trataba de mejorar el mundo; y si la mataron, supo cada vez por qué se ensañaban con ella. Se dirá que nuestros padres eran represores, reprimidos, y es cierto, pero hay que reconocer que en su mayoría asumieron su responsabilidad de cuidarnos y ejercieron una autoridad que era el marco necesario en el que experimentábamos cualquier transgresión. Prohibían a veces por ignorancia, o por miedo, pero en cada prohibición había otro mensaje, un mensaje del que no me reí ni me río: tu vida nos importa, vamos a protegerte incluso contra vos misma, entendamos o no, ignorantes o no, vamos a cuidarte porque tu vida vale. No fueron padres piolas, fueron padres.
No se trata de volver a la rígida ignorancia, ni de que nosotros, padres hoy, renunciemos a quiénes fuimos y transmitamos las hipocresías y mentiras que sustentaban el orden familiar de los años ‘50 y ‘60. Se trata de retomar el ejercicio de la ley y las responsabilidades que de ahí derivan. Sin duda, necesitamos un poder público que garantice a nuestros hijos y debemos reclamarlo. Pero con él no basta. La ley bien puede ser más razonable o comprensible, menos basada en hipocresías, pero antes que nada tiene que ser ley y como tal amenazar, imponer, exigir y merecer respeto.
Mi amiga rockera de treinta me dijo: “Yo conozco a esos chicos, son como éramos nosotros cuando adolescentes: creen que su vida no vale nada. Y lo peor es que tienen razón. ¿Para quién vale su vida? ¿Quién les da alguna perspectiva para que valga, o quién les da alguna señal de que merece cuidarse? Desde el padrepiolismo hasta la irresponsabilidad gubernamental, el filicidio es la práctica tan inconsciente como sistemática con que los adultos argentinos responden a su propia frustración, a su propia derrota.
*Escritora

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