Imprimir|Regresar a la nota
Viernes, 22 de enero de 2010
logo las12
rescates

La novia del siglo

Anna Gould (Estados Unidos, 1878-1961) Fue la novia en una boda que los diarios de su época definieron como “La boda del siglo”. Mientras el casamiento por conveniencia tomaba nuevos bríos a comienzos del siglo XX, Anna supo hacer valer la opción del divorcio, una salida que todavía no estaba en el horizonte de la institución matrimonial.

Por Liliana Viola
/fotos/las12/20100122/notas_12/mmeg.jpg

Pasó a la historia como la más fea, la más rica y la que supo reír última. De atrapada se convirtió en vengadora. De esposa infeliz en señora casada con un mal menor.

Fue la novia de la boda que los diarios de su época titularon como “Boda del siglo” y la segunda persona, luego de Enrique VIII en insistir tanto para conseguir una anulación del contrato matrimonial ante la corte de la Iglesia Católica. La diferencia es que ella lo consiguió. Cuando hablaban de la boda del siglo, los diarios no hacían referencia al amor que unía a los contrayentes, sino a la fortuna que aportaba la dama para los derroches del marido, un snob certificado, el dandy más famoso de París.

En los albores de la decadencia europea, al menos la de las grandes fortunas, la salvación para los nobles arruinados llegaba vestida de blanco desde Norteamérica. Los muchachos con apellido podían aspirar a un casamiento de honor con alguna jovencita americana cuyos padres quisieran cambiar plata dulce por el brillo de los blasones. La chica aportaba modales rústicos y dinero; el novio, unos cuantos peldaños subidos de un brinco en la escala social.

En Historia del snobismo, libro que acaba de publicarse en castellano, Frédéric Rouvillois recuerda también que por entonces muchas mujeres se convirtieron en portadoras del apellido familiar reemplazando a los hombres en esa tarea, quienes alegremente se despojaban del propio para adoptar uno más acorde con las apariencias. Un muchacho adinerado viajaba desde la próspera América. Traía fortuna, contraía matrimonio y contraía también el apellido que le daba su señora. Era el tiempo de los “señores de tal” y el florecimiento de las bodas por conveniencia como vehículo legal de pescar fortunas.

Anne Gould, vista desde esta perspectiva, podía ser considerada un pez bien gordo. Gordo porque su padre era un magnate de los ferrocarriles en Estados Unidos y un pez porque juzgada según la malicia que se mantiene firme en todas las épocas, era muy fea. Demasiado flaca, demasiado parecida a un mono y sin esa coartada que presta la simpatía. La fortuna personal de 15 millones de dólares acentuaba su fealdad, pero la convertía en un buen partido. Pudo elegir aunque inspiró un juego de palabras que se hizo célebre: “Elle est surtout belle vue de dot” (“Es especialmente bella si se le mira la dote”, sería la traducción literal, a la que se le agrega que dote y espalda suenan en francés muy parecidas). Se casó con quien ella quería, el conde Boniface de Castellane, apodado familiarmente “Boni”, quien declaraba entonces que siendo pionero en estas estrategias de sobrevida, confiaba en que quienes lo emularan perfeccionarían el método. Dicho esto dilapidó la fortuna de su consorte en viajes, perfumes, mujeres, comidas exóticas y todas los ítem que un auténtico snob necesita para no derretirse por el frío o el calor.

El problema es que Anna se había casado por amor. Y el amor lleva a hacer cosas muy sensatas. Como por ejemplo haber firmado una cláusula por la cual si el matrimonio no funcionaba, ella podría quedarse con la fortuna que quedara sin gastar. Así fue que luego de unos años de derroche, con tres hijos en la casa y convencida de que el marido no sabía lo que era el ahorro ni la ternura, le exigió el divorcio y lo dejó en la calle. Anulación, escándalo y trámites varios mediante, en 1908 se casó con el primo de su ex marido, Hélie de Talleyrand-Périgord, duque de Sagan (1859-1937) también conocido como El Marqués de Talleyrand- Peérigord. Ni tan lindo como su primo, ni tan inteligente ni tan gastador. Una copia imperfecta pero muchísimo más amable. Dicen que fueron felices y comieron perdices. Como él murió casi 30 años antes que ella, se intuye que ella siguió aún más feliz y comiendo perdices hasta hartarse.

© 2000-2021 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.