“No hay mejor cómplice que la músicaâ€, decÃa y pensaba Wilhelmine. Tal vez al interpretar el protagónico de Fidelio de Beethoven, disfrazada de hombre o de mujer, en tanto Wagner se deleitaba en la butaca y veÃa en la sensual Leonor “el prototipo de la actrizcantante†que interpretarÃa su Senta de “El holandés errante†y su Venus de “Tannhäuser†en 1843 y 1845, respectivamente. Esto sucedÃa en Dresden, centro cultural preferido por liberales y demócratas. Dresden, escenario de la insurrección anarquista de 1849. De la ópera romántica a las barricadas, la veremos a la Schröder leyendo en el Dresdner Zeitung los artÃculos de Mijail Bakunin, a quien acompañará en el levantamiento, y a Wagner fabricando granadas y escribiendo encendidos artÃculos incitando a la rebelión. Dresden será para la soprano la ciudad de un desarrollo profesional interrumpido por el destierro y mucho menos conocido que sus libertinas prácticas amatorias.
Porque si hay un legado femenino que pueda superar en impacto la legÃtima consagración profesional o aquella (menos glamorosa) de casamientos, divorcios e hijos, viajes y otras distracciones, es la audacia de vivir esas prácticas clandestinas como un acceso ineludible al autoconocimiento. Y vivir para contarlo.
Las Memorias secretas de una cantante aparecieron en 1958, dos años antes de la muerte de Wilhelmine. Esta primera edición, a diferencia de las que le siguieron hasta la actualidad, es anónima. Y los derroteros de la salida del anonimato suelen ser operÃsticos en el caso de un texto ni decoroso ni decorativo escrito por una mujer. Un poco porque, como dice ella, “la moral oficial que cimenta las leyes de la sociedad burguesa no puede ser quebrantada impunementeâ€, otro poco, tal vez, porque en sus confesiones no figuran ni Goethe ni Weber ni Schubert ni el atormentadÃsimo Beethoven, amigos de otras displicencias. No hay nombres rutilantes que hubieran hecho de estas confesiones un bestseller o que harÃan las delicias de los biógrafos de varones ilustres. Sà aparece Margarita, la gouvernante suiza, la “insigne viciosa†de su iniciación sexual inolvidable y lésbica o Rosa, una prostituta de Budapest tan entregada a la flagelación como a la celosa servidumbre. Tampoco se distrae con otros personajes que no sean los protagónicos de su experiencia erótica: nada de sus tres maridos (Karlo Devrient, Von Dörling y el Barón Von Bock), nada de pérdidas ni lamentos, alguna que otra mención a sus deberes de cantante y a las lecturas de Sade. Nada de orfandad. Apenas unos tÃos que la adoptan a la edad de 8 años y que, sin saberlo, despliegan entre biombos y espejos, “lo que hay que saber†sobre el origen de la vida a una sorprendida y excitada púber fisgona. Las referencias (Viena o Budapest, la aristocracia decadente, las orgÃas en los burdeles o los suplicios en las plazas) sirven para el despliegue insaciable de una curiosidad práctica. “Yo sitúo el amor, tal como lo práctico, entre las bellas artesâ€, afirma en los grandes y pequeños escenarios. Y agrega, para la imaginación, “mi norma en el amor fue siempre el más amplio eclecticismoâ€.
Para la edición francesa de 1913, Guillaume Apollinaire escribió un prólogo que inscribió las Memorias secretas de una cantante en el género, como uno de los libros más interesantes de la literatura erótica de todos los tiempos. Si bien pone en duda la autorÃa (“el estilo de las cartas de Wilhelmine Schröder Devrient no recuerda enteramente el de las ‘Memorias’ que se les atribuyenâ€), agrega que “encajan bastante bien en la atribulada existencia de la célebre cantanteâ€. En este sentido, resulta más confiable que la obra figure con tÃtulo y autora en El Ãndice de libros a ser prohibidos de Henry Spencer Ashbee, alias Pisanus Fraxi, el más importante coleccionista de literatura erótica y famoso, como Wilhelmine, en el arte de una doble vida. Sea como fuera, es altamente recomendable para nuestras atribuladas existencias escuchar una voz lÃrica que nos hable de los ingeniosos, clásicos y siempre renovados pecados de la práctica más antigua del mundo.
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