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Viernes, 7 de enero de 2005
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Zapatillas

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No hace falta decir que el mundo sigue andando, cuando el peso de esa rueda inexorable, de pronto parece estar girando en falso, y sobre la cabeza de cada uno y cada una en Buenos Aires. Deberíamos entonces volver a las cosas, intentarlo, al menos, salpicar estas páginas con descansos como el que corresponde a este espacio en el que habitualmente nos dedicamos a los avatares de lo efímero y la apariencia. Y en eso estamos, aunque la dificultad, esa maestra, nos ponga zancadillas y una semana después apenas se pueda prescindir de los relatos que conectan con los que más sufren. ¿Pero qué mejor oportunidad que ésta para honrar a las tradicionales y adoradas zapatillas blancas? Ese objeto del que apenas se puede prescindir y ahora sirve como homenaje y recordatorio de un estilo particular, que recorta un universo adolescente de tantos otros. Cualquier chico o chica sabe que las Topper blancas o negras cubrirán los pies de quienes gozan del rocanrol y no de la cumbia, de quienes eligen los jeans por sobre cualquier otra prenda, bajitos, surcando apenas el límite de la pelvis. Zapatillas de modelo viejo, que se siguen fabricando como si se sostuviera en el aire una nota, igual que se reconocen “rolingas”, chicos y chicas que ni siquiera estaban en los planes de sus padres cuando los Rolling Stone empezaban a hacer historia y que ahora les prestan las dos palabras de su nombre para reconocerse entre sí, para saber que hablan el mismo idioma hecho de letras de canciones, de esquinas de barrio y cervezas compartidas, como si de ese único momento se tratara el cielo. ¿Por qué será que han sobrevivido al menos, a dos generaciones –casi tres– casi sin modificaciones en su estilo? ¿Por qué las seguirán eligiendo recurrentemente los chicos? ¿Será que hay algo en esa sencillez que los identifica igual que se identifican con acordes, que a veces, suenan apenas distintos de cantos de cancha, que se pueden corear a voz en cuello en una ceremonia que los acerca a lo sagrado? Vaya a saber. Lo cierto es que las zapatillas quedaron como único rastro de quienes les habían dado cuadras que patear, y ahí están, en el altar espontáneo, en el lugar donde la muerte pasó su guadaña recordando a los que no están y sin embargo, viven en la memoria.

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