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Domingo, 11 de diciembre de 2011
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Historias nómades

Laurent Gaudé es uno de los nuevos narradores franceses atento a uno de los temas más ásperos en su país: la inmigración y los cruces culturales que provoca. En los relatos de Una noche en Mozambique explora los mitos ancestrales aunque anclados en las relaciones humanas del presente.

Por Juan Pablo Bertazza
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En un pequeño pueblo de Portugal se está por celebrar una boda. Tras ajetreados e interminables días de preparación, todo está listo. Al acercarse la hora de la ceremonia, familiares y amigos –algunos de los cuales han viajado desde Lisboa– se encaminan hacia la Iglesia, ubicada en lo más alto del pueblo. Mientras el numeroso grupo asciende, el padre de la novia, de sesenta y dos años, muere fulminado por un ataque al corazón. Esa es una de las anécdotas que pueblan las jugosas charlas de un grupo de cuatro navegantes que se juntan, casi de forma espontánea, dos veces por año en un restaurante para comer, emborracharse y, sobre todo, contar historias de vida que los tienen como testigos privilegiados. Una de las tantas y maravillosas subtramas que pueblan el cuarto relato de Una noche en Mozambique, de Laurent Gaudé, uno de los escritores jóvenes más importantes de Francia: académico, dramaturgo y novelista nacido en 1972 en París y ganador del prestigioso Goncourt en 2004 por la sorprendente El sol de los Scorta, una exhaustiva saga familiar pero, también, una especie de visión por telescopio del pequeño pueblo de Montepuccio, en el sur de Italia.

La inmigración y las locaciones geográficas son algunas de las obsesiones más evidentes de este autor que es una especie de discípulo del último Nobel francés Le Clézio, no sólo por su conocimiento sobre diversos territorios del mundo sino también por su interés en la literatura norteamericana. Al igual que sucede en toda su obra, Gaudé ofrece en su segundo libro de relatos historias nómades de viajeros que sueñan con encontrar un lugar en el mundo, un lugar en el mundo que puede ser tan concreto y volátil como un barco, un hotel o un restaurante. Aunque las cuatro historias de este libro se extienden en un largo mapa que va desde Africa hasta Portugal pasando por Nueva York, tienen, de hecho, algunos elementos en común referidos, por ejemplo, a la relación entre negros y blancos y, sobre todo, a ciertos regresos que emprenden sus protagonistas a lugares donde fueron felices, sitios sagrados a los que vuelven devastados.

Una noche en Mozambique. Laurent Gaudé Salamandra 153 páginas

El primer relato se centra en un capitán de barco que sufre las trágicas consecuencias de una mala decisión vinculada con los esclavos africanos que tiene a bordo: no sólo la huida de cinco personas sino la tortura que infringe uno de ellos al mandarle macabras señales en cada rincón del mundo. El segundo relato sigue el itinerario de un poeta ya anciano decidido a volver a un hotel de Nueva York donde pasó la noche más feliz de su vida junto a su esposa. Nada lo disuade de su propósito, ni siquiera un ataque callejero que lo deja al borde de la muerte. La tercera historia podría ser tranquilamente el relato sobre el mítico viaje del todavía joven Rimbaud rumbo a Africa para traficar esclavos, si no fuera porque el Coronel Barbaque es un ex combatiente (presumiblemente de la guerra de Argelia) que reniega de su pasado, de su actuación en la trinchera y, sobre todo, de un compañero negro que le salvó su vida y del que para peor nadie se acordaría por contraer luego la gripe de España y, por lo tanto, no ser considerado un héroe de guerra. “No lloro por mi vida, sino por las vidas que no habré podido vivir y que han quedado sepultadas”, dice precisamente el protagonista de esta historia, y ese parecer se podría aplicar a muchos de los personajes de este libro que, a diferencia de la máxima borgeana, no perciben el momento definitorio acerca de quiénes son, sino más bien el instante en que empiezan a alejarse, de forma irremediable, del destino buscado, de la vida que esperaban.

Por último (pero en este caso se trata del mejor relato), Una noche en Mozambique podría servir simultáneamente de prólogo, conclusión y también de corazón del libro, ya que además de las múltiples anécdotas contadas aparece acá la instancia de la narración como gran historia: distintos códigos del relato, voces hipnóticas, comienzos apasionantes y finales interrumpidos confluyen en una mesa donde abunda el pescado frito y las bebidas espirituosas. En esa mesa, una de las historias que se cuentan es precisamente la del pomposo casamiento que termina interrumpido a causa de la repentina muerte del padre de la novia. Una interrupción de la cual se queja quien relata aquella historia: “¿por qué el corazón humano es incapaz de recibir y dejar que convivan en su interior dos sentimientos contradictorios? Ojalá fuésemos capaces de asumir esa locura de péndulo. Llorar todos los días de alegría y reír en los momentos de dolor. Es lo que deberíamos haber hecho aquella vez. Celebrar la boda, y así cada uno de nosotros podría haber bailado, bendecido a los novios y llorado a aquel al que la muerte acababa de llevarse”. Esa condición anfibia del ánimo es lo que detentan los protagonistas de estas cuatro historias poco antes de morir, y es lo que logró plasmar Gaudé en la atmósfera de estos relatos.

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