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Domingo, 27 de marzo de 2005
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La literatura como religión

Por Guillermo Saccomanno

Los ensayos de La tierra elegida, que Juan define como relatos de ideas o suerte de ficciones-no ficciones, componen uno de los libros más literarios y más bellos que se han publicado en mucho tiempo. Como contándole de cerca cada historia al lector, en tono cómplice, de conversación entre pares, Juan afirma un estilo confidente, un modo personal de narrar y refiere la tristeza de la vida y la felicidad de la literatura. Con su resonancia esperanzada de una tierra prometida, La tierra elegida se plantea como un libro a la vez político y religioso. Político porque confía y apuesta a la lectura y al lector, a la solidaridad de la lectura. Y religioso porque su autor, aunque se define como agnóstico, a la manera de Kafka, asume que la literatura es su religión. (...)
Lo que vuelve apasionante la lectura de La tierra elegida es que, al indagar en una vida, lo que busca Juan, es explicar una obra. Y viceversa. Porque se trata también de demostrar que con sus miserias y virtudes, los creadores, sin demagogia, no son muy diferentes de quienes se acercan a sus obras. Lejos de parcializar la interpretación de una obra, creo que saber de la vida de su autor posibilita enfoques que van más allá de la mera textualidad. Cuando digo que este libro es confesional, intento traducir que los secretos y hallazgos que surgen como constantes en cada una de estas historias están diciendo algo que va más allá de la página. No hay revelación si no hay antes un secreto. Los distintos personajes de estas historias se callan en algún momento de sus vidas. Y, en más de un caso, no tienen siquiera con quién hablar. El silencio se les impone por causas externas o privadas. Asocio: después de su enfermedad Juan debió retirarse de una trayectoria editorial exitosa. Fue entonces cuando vino a recluirse en la costa. Un pueblo balneario como Villa Gesell es, con excepción de los tres meses de turismo, un vasto hotel vacío que se extiende a lo largo de un mar desierto embravecido por las sudestadas frecuentes. A este paisaje de silencio vino Juan.
Nunca pensé que el gran miedo de Juan pudiera pasar por el abandono de esa trayectoria editorial brillante, pero sí por renunciar a la escritura, es decir, el miedo a no contarla. Y no contarla era no contar su historia.
Los silencios que marcan el destino de Kawabata, Pessoa y Briante entre otros, pueden leerse, desde esta perspectiva, como proyección. Unicamente alguien que debe alejarse del mundanal ruido y encarar una vida retirada, casi secreta, está en condiciones de investigar de qué esta hecho este silencio. Las pistas que se encuentran para develar este secreto pueden estar en una valija olvidada o en un manuscrito que se daba por perdido. Si una virtud tienen cada uno de estos ensayos es que el descubrimiento es tan interesante como el rescate. Un rescate que divide la existencia de sus personajes en un antes y un después. A menudo se ha dicho que una buena novela es como un viaje que, al terminar, cambió no sólo a los personajes sino también al lector. Pero para que este requisito se cumpla, antes, su escritura debió cambiar al autor.

(Fragmentos del texto leído en la presentación de
La tierra elegida)

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