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Domingo, 28 de marzo de 2010
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> Los 4 jinetes de la poesía peruana

La vanguardia es así

Magda Portal y la economía política

Nació en el distrito de Barranco el 27 de junio de 1900 y murió en Lima, el 11 de julio de 1989. José Carlos Mariátegui la elogió, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, definiéndola como la “primera poetisa” de Perú. Efectivamente, es considerada una de las principales escritoras peruanas del siglo XX. Fue una de las fundadoras de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), por lo que también se la conoce como la primera mujer aprista. Poeta, ensayista y revolucionaria, a través de su obra escrita y su militancia en la izquierda latinoamericana, buscó la trasformación política y social de su país. Creía, además, que este cambio no se podía dar sin la incorporación intelectual, política y social de las mujeres, por lo que la mayoría de sus escritos y acciones políticas tenían como trasfondo esa lucha.

Durante su breve y obligada estadía en México, desde 1927 a 1928, además de fundar el APRA junto con Raúl Haya de la Torre y otros exiliados Portal escribió sobre la Revolución Mexicana. Y, si bien fue muy hermética a la hora de hablar de su vida sentimental, muchos de sus poemas dan alguna pista al respecto, aunque de manera vaga y subjetiva –sus poemas más autobiográficos son las compilaciones tituladas Vidrios de amor y Anima absorta, esta última destruida poco tiempo después por ella misma, aunque influenciada por Haya de la Torre, quien la convenció para que dejara los versos y estudiara economía política–. Sí es conocida la relación que tuvo con Federico Bolaños, con quien fundó la revista Flechas, además de tener a su hija Gloria, de quien se separó al poco tiempo a causa de la violencia ejercida por Bolaños en su contra.

Por eso tiene tanto valor su libro Una esperanza i el mar, el único poemario, según muchos críticos, de la vanguardia peruana escrito por una mujer, y en el que pone en permanente relación dos temas, en general, separados: la lucha proletaria por la transformación social y la temática amorosa. Una de la maneras en que lo hace es resignificando justamente elementos de larga data y gastados de cursilería como la luna, la noche y, especialmente, el mar; emblema al mismo tiempo de la mujer, de su esperanza y de lo nuevo; de la agitación y lo insondable, del camino abierto e incierto. La tierra, en contrapartida, parece ser el lugar aparentemente estable pero donde, no obstante, tiene lugar la explotación capitalista: “NO TENGO PROCEDENCIA/ amo la Tierra/ porque vengo del seno de la Tierra,/ pero tengo los brazos/ tendidos al mar/ abre sus rejas a la ciudad/ para los esclavos del hambre/ donde el hombre tatuado de tristeza/ muerde el pan cotidiano”; “i estoi aquí __ enorme Mar/humano Mar/ Mar mío/ tú__ el único libre bajo el cielo, tú que azotas las nubes/ con bandera de espuma que enrojece el /crepúsculo/ tú que me has enseñado/ la alegre tristeza del viaje”.

Martín Adán y la herejía

Ramón Rafael de la Fuente Benavides nació en el seno de una familia aristócrata en el centro de Lima el 27 de octubre de 1908 y falleció en Lima en 1985. Hacia 1931 compuso el mítico poema “Aloysius acker”, todavía no se sabe si extraviado o destruido, y del que sólo reconstruyó mucho tiempo después algunos fragmentos. A partir de los tempranos años ’60, luego de un tiempo prolongado de nomadismo urbano marcado por la ingesta etílica y la indigencia, se interna voluntariamente en un sanatorio privado, manteniendo en su retiro muy poca relación con el mundo externo, exceptuando el contacto con viejos amigos como el librero y editor Juan Mejía Baca y dedicándose a escribir su muy fértil obra de madurez, en la cual se destaca La mano desasida, poema de 200 páginas sobre Machu Picchu. Sus versos más célebres son: “Poesía no dice nada:/ Poesía se está, callada/ Escuchando su propia voz”.

En sus poemas de Underwood, la ciudad de Lima, por ese entonces en plena modernización, no está referida en términos realistas: ni siquiera es mencionada con nombre propio sino que aparece de manera fantasmática a partir de las expectativas de comodidad y supuesto progreso que despiertan automóviles, fábricas, balnearios y turistas; expectativas que Adán corroe con cinismo. Si bien no estaba demasiado interesado en lograr la revolución social a partir del vanguardismo poético, “su herejía evidente” despertó el entusiasmo de Mariátegui, quien lo consideró imprescindible en la lucha contra el burgués en tanto agitador intelectual. Tal vez de todos los poetas vanguardistas peruanos de esta época, Martín Adán sea, por lo tanto, el más clásico y, a la vez, el que menos envejece, tal como lo demuestra su poema “Gira”, de clara influencia francesa: “Los campos abren la boca como una O/ el teléfono de una sirena urge al destino/ sal vaquitas de ojos de Ileana leen el diario de la mañana/ y usted señora con su tul morado no sé qué me parece/ la estación comisaria va a detener á usted señora/ y va a fusilar en usted a la gran duquesa anastasia/ y sería una pena que se nos frustrara la gira/ ahora que el hotel nos guiña todas sus ventanas/ y usted señora con su tul morado sin pasaporte”.

Xavier Abril y la errancia

Nació en Lima en 1905 y falleció en Montevideo, Uruguay, el 1º de enero de 1990.

Según cuentan muchos biógrafos, fue sonámbulo de chico. Su obra más destacada es, sin lugar a dudas, Hollywood, gran poema en prosa en el que aprovecha hasta las últimas consecuencias la naturaleza híbrida y proteica de esa especie de antigénero, que va mechando cimas líricas con pequeñas postales narrativas, y que le resulta de gran utilidad para dar cuenta de la compleja y múltiple sensibilidad urbana y moderna de Lima. Hollywood es algo así como un libro de viajes, en ese sentido está muy próximo a Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), de Girondo. Un dinámico, elástico y frenético peregrinaje por escenarios tan cosmopolitas y exóticos como sensuales y sexuales; en el que el poeta devenido vagabundo se fascina no tanto con la modernidad sino más bien con las posibilidades que la modernidad le podría haber ofrecido al hombre: “El bulevar pasea tu elegancia en los automóviles. La cola de tu traje la lleva la muchedumbre. Te abanica el aire. Y aroman la curiosidad las notas de tus senos. Entre los más anónimos de los hombres hay uno que sabe de tu carne de melocotón en primavera. ¡Oh, bulevar, en que las mujeres fallecen de histerismo en las mejores tardes del placer y del lujo! Yo te canto, mujer de todos los hombres, porque toda la ciudad rueda hacia ti”. Aunque a partir de 1928 se declara surrealista, su obra abreva también en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna y el ultraísmo. En 1941 viajó hacia Chile, donde se hizo muy amigo de Huidobro, y después permaneció más de un año en Buenos Aires, donde frecuentó a Girondo, Molinari y Sabato. En 1948 volvería a nuestro país durante tres años, en los cuales recorrió íntegramente Argentina dando conferencias. En 1952 se radicó definitivamente en Uruguay, trabajando como agregado cultural en la embajada peruana. Entre 1965 y 1967 residió en Florencia, donde se hizo también muy amigo de Jorge Guillén. Aunque ganó en 1979 el Premio Nacional de ensayo y en 1986 el Premio Nacional de Literatura, su obra es poco conocida incluso en Perú, a tal punto que muchos de sus poemas y textos permanecen inéditos.

César Moro y la tranquilidad

Con seudónimo inspirado en un personaje de Gómez de la Serna, Alfredo Quíspez Asín nació en Lima el 19 de agosto de 1903. Escribía en un francés muy particular, tuvo largas permanencias en Francia y México, y si bien fue un claro exponente del surrealismo –a tal punto que podría considerarse uno de los máximos exponentes del surrealismo en español–, mucho más que Xavier Abril y que Martín Adán, reaccionó también a la homofobia declarada de Breton. Acuñó la frase “Lima, la horrible” que luego volvería emblema Salazar Bondy. Escribió poemas de amor abiertamente homosexual y publicaba ediciones de 50 ejemplares. En 1925 partió hacia París para dedicarse a la pintura y a la danza, además de trabajar como jardinero, profesor de idiomas, pintor de brocha gorda y partenaire de una bailarina de cabaret. En 1938 emigró hacia la ciudad de México. En 1949 escribe su último poema en castellano, que lleva como título “Viaje hacia la noche” y junto a la fecha pone, entonces, la célebre frase “Lima, la horrible”. Hacia el final de su vida, Moro sólo se comunicaba en francés con un reducido grupo de amigos.

Además de ser una de las cumbres de la vanguardia posterior a los años treinta, La tortuga ecuestre, que apareció recién en 1958, luego de su muerte, es el único poemario escrito en español de César Moro, quien además de expresar numerosas veces que “el arte empieza donde termina la tranquilidad”, poco después de llegar a París, en 1925, adoptó el idioma francés como lengua poética, tal vez como rechazo a la cultura criolla limeña. El libro fue escrito entre 1938 y 1940 durante su intensa relación amorosa con el joven militar Antonio Acosta Martínez. Se trata de un poemario de amor, pero de amor plagado de pasión desbordada, al borde de lo animal, la crueldad y el exceso; “amor hecatombe”, como dice uno de los poemas. Cada acercamiento con su objeto amado, cada referencia apunta a una entropía total, un derroche absoluto e irreversible de energías: “no renunciaré jamás al lujo insolente al desenfreno suntuoso de pelos como fasces finísimas colgadas de cuerdas y de sables”. Como si la crítica a la burguesía estuviera dada a partir de esa exuberancia sexual sin límites, una orgía perpetua que genera placer y sufrimiento, carnalidad y poesía, éxtasis y tristeza en partes iguales: “Tan pronto llegas y te fuiste/ y quieres poner a flote mi vida/ y sólo preparas mi muerte/ y la muerte de esperar/ y el morir de verte lejos/ y los silencios y el esperar el tiempo/ para vivir cuando llegas”.

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